Bedroom

Alejandro Pérez Paredes: «Nuestra casa, que es también el mundo, se crea y recrea cada día y nunca puede ser definitiva»

Carlos Madrid

«Es algo extremadamente maravilloso que podamos estar aquí, tomando un vaso de agua», dice el escritor, profesor e investigador Alejandro Pérez-Paredes. Y quién puede estar en contra de ello. Pero también, cuántas veces se nos olvida. Las grandes palabras, los grandes adjetivos, pareciera que pertenecen solo a lo que está fuera de la rutina. Sin embargo, si observamos un poquito más profundo, quizá podamos reencantarnos con la vida cotidiana, es decir, dejar de entenderla como algo monótono y aburrido y pasar a verla como una travesía mágica de inmersión sensorial. Eso es lo que ha intentado al menos él en Bedroom safari (La Caja Books), un ensayo en el que expande la idea de casa hasta abarcar la totalidad del cosmos. Y, al hacerlo, pareciera que nace una mirada antropológica nueva, una que exige pensar la vida humana como una muesca más dentro del gran ecosistema que compartimos con objetos, fantasías, símbolos y plantas.


Bedroom safari es un libro que se sostiene sobre el término oikeiôsis, ¿podrías explicarlo?

Sí, claro. Oikeiôsis es una palabra griega que tiene unos 2.300 años de antigüedad. Según la tradición, su uso más temprano se remonta a Zenón de Citio. Significa —literalmente— hacer casa, atravesar y ser atravesado, cohabitar, y puede considerarse un antecedente directo de la deep ecology. Se trata de un concepto que me ha permitido pensar las interacciones entre los seres humanos y no humanos que cada día crean el entorno que habitamos.

Digamos, además, que es el nombre que los antiguos encontraron para referirse a lo que hoy podríamos denominar auto-organización de la materia viva. En efecto, toda vida crea un flujo metabólico inter-especie y, al crearlo, transforma la materia llamada inorgánica en un espacio habitable. O sea, en una casa. Esta casa, que es también el mundo, se crea y recrea cada día, y nunca puede ser definitiva. (Por ejemplo: la atmósfera, que necesita ser reconstruida una y otra vez).En el contexto tecnológico-doméstico humano sucede lo mismo. Hacer casa es, por lo tanto, un proceso mediante el cual hacemos del espacio un lugar familiar. Esta práctica involucra la materia inorgánica, los seres vivos y sus objetos técnicos. Por objeto técnico entiendo tanto una lámpara o una escoba como la presa de unos castores. Pensemos en dormir. Dormir cómodo requiere: conocer el cultivo del algodón, del lino o de alguna planta que sirva como tejido, poder fabricar colchones, climatizar la estancia, etcétera. Recoger, ordenar, limpiar o decorar la casa son tareas no exclusivamente humanas que son fundamentales para estar cómodos. ¿Y qué es estar cómodo? Estar cómodo es estar adecuadamente acoplado —mediante la técnica o la tecnología— con el espacio, con los objetos y con cuantos seres que contribuyen a nuestra existencia. Hacer casa es el conjunto de técnicas de cuidado sensorial que articulan la rutina de todos los seres.

De esta forma, ¿es imposible separarnos de nuestro entorno?

Es imposible. Ni siquiera tiene sentido plantear tal “separación” más que como una convención científica que arrastramos de una época pasada. No creo que esta distinción sobreviva en la inteligencia del futuro.

Muestra de ello es nuestra voz, que creemos personal, pero que es un adentro y un afuera.

He tratado de insistir en esta visión holística del mundo, así como en sus manifestaciones cotidianas. Una de ellas es la voz: hablar no quiere decir pronunciar un discurso —un dis-curso, esto es, aquello que interrumpe el curso— sino crear una pequeña escultura aérea con los órganos del aparato fonador. Se podría decir que la voz es un micro-fenómeno atmosférico, un pequeño viento. Además, impone una comunicación redundante, que fuerza al hablante a escucharse todo el rato y hace de uno mismo un interlocutor. Esta condición evolutiva re-flexiva de la voz y del sonido está a la base de la capacidad que los seres humanos tenemos para desidentificarnos de nosotros mismos. En consecuencia, la voz es fundamental para el desarrollo de la conciencia; pues la conciencia es un re-flejo. De hecho, la conciencia se suele tematizar como una voz interior. Sin embargo, esta voz interior no es “interior”, pues está hecha de todas las voces que nos rodean, de pensamientos intrusivos y demás ruidos. Es como una gran red de todo lo que hemos escuchado.

Igual que comer, acto que difumina la frontera entre dentro / fuera y que rompe la idea de la naturaleza como algo escindido del individuo.

Comer es una circulación de nutrientes —de materia, energía o calorías— dada a escala planetaria. Se puede ir más allá, y situar el origen de toda comida en la luz solar que las especies vegetales traducen en hortalizas, legumbres, verduras o granos. Especies que, como recuerda Platón en el Timeo, han sido modificadas genéticamente por los agricultores humanos desde hace miles de años. Por eso digo que la oikeiôsis involucra a muchos tipos de seres: técnica, materia orgánica y vida constituyen un solo continuum. A partir de ahí, la alimentación humana se llena de símbolos, rituales, fantasías y manierismos, porque los humanos necesitamos que nuestra vida esté mullida por la imaginación, es decir, por la magia. Comer es una forma ritual-nutritiva de entrar en contacto con el circuito trófico planetario-colectivo de las especies. Por eso comer solo es tan humillante.

Alejandro Pérez

Algo similar sucede con el agua.

Con pequeñas variaciones, la Tierra siempre ha albergado la misma cantidad de agua. Esto significa que un velociraptor pudo orinar, hace millones de años, alguna de las moléculas de agua que se funden en nuestro gin-tonic. Es una imagen hiperbólica, pero es posible. Hemos de entender el ciclo hidrológico como un gran filtro cósmico, y no perturbarlo con microplásticos y otros residuos no biodegradables. Lo que sucede es que todas estas experiencias cotidianas, que aparentemente son tan anodinas, forman parte de la oikeiôsis del actor colectivo que es la vida en su interacción con la materia inorgánica. Beber es un fenómeno que subraya la interdependencia constante de todo con todo.

¿Qué papel juega el jardín en todo esto?

En algún punto de su historia, todos los pueblos crearon sus jardines. Son, también, laboratorios de botánica. Señalan la arbitrariedad de la distinción entre artificial-humano y natural-no-humano. Los jardines —el jardín a la francesa, el japonés o el andaluz— representan también la imagen del cosmos que tiene cada civilización, tal y como se expresa mediante la posición relativa que ocupan las plantas con respecto al caminante. Para nosotros, los jardines son espacios sagrados.

¿Y la casa?, ¿cuál es ese concierto doméstico al que haces alusión en el libro?

Entre otras muchas cosas, una casa es una forma de envolverse en un ecosistema sonoro. Con las repeticiones de los sonidos domésticos —la lavadora, el frigorífico, la tele, las alarmas y pitidos que pautan la rutina— el habitante crea una piel-sonora que lo recoge como a un gusano en su capullo. Que el sentirse como en casa esté tan vinculado al sonido se nota especialmente en lo molestos que son los gritos de los vecinos o las sirenas de las ambulancias que se nos cuelan en casa. Una casa es una frontera de sonidos.

La palabra mudanza, que asociamos a los cambios de casa, ¿cuánto peso tiene aquí?

Hacer una mudanza es hacer un duelo. No es solo un traslado. Cada vez que nos mudamos de casa, mudamos también todo el repertorio sensorial que nos envolvía, como las serpientes que dejan su piel. Es radical. Cambiar de casa es un gesto de reinvención, pero también de pérdida. Nos damos cuenta de que los objetos nos han habitado tanto como nosotros a ellos. En psicoanálisis, la palabra que se emplea es introyectar. Guardar las cosas en la imaginación o en la experiencia sensible es introyectarlas. Bedroom Safari comienza, en realidad, en una mudanza: en el momento en que todo parece desordenado, extraño, y necesitamos volver a aprender a crear una casa.

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