Alex Avello

Álex Avello: «Sabemos más de la Luna que del océano»

Cuando algo nos mueve de verdad, hacemos lo que sea con tal de mantenerlo en nuestra vida para siempre. Eso es lo que ha conectado de una manera tan especial a Álex Avello (Oviedo, 1991), uno de los etólogos y divulgadores de mayor prestigio de nuestro país, con las olas. Con tan solo 33 años, su pasión por el mar y la gran capacidad para plasmarla en fotografías y letras le convierten en una de las voces más interesantes y autorizadas para hablar de la biodiversidad marina y la importancia de su conservación. Una visión tan pulcra como transparente de un mundo que se encuentra en un punto crítico a nivel medioambiental.


Fotografías: Álex Avello, Sandra Suárez y Rocio García


¿De dónde sale ese vínculo tan fuerte con el océano?

Nací en Asturias y pasé mis primeros años en un pueblo costero, así que la playa fue mi patio de recreo: empecé pronto con el surf y no tardé en enamorarme del océano. Al mismo tiempo, en casa había estanterías repletas de tomos de National Geographic y atlas de animales. Era inevitable: tenían que gustarme el mar y la fauna.

Aunque te formaste en Psicología y Educación.

Pero en cuanto acabé le dije a mi madre: «Toma, aquí tienes el título, ahora me voy a dedicar a lo que de verdad me apasiona». Me especialicé en fauna salvaje, concretamente en mamíferos marinos, y a los 22 años comencé a recorrer el mundo: Azores, Maldivas, la Patagonia argentina… Fue allí, en Península Valdés, donde descubrí la etología. Vi a una familia de once orcas en la que solo cuatro de ellas tenían una técnica de caza única en el mundo. Eso me voló la cabeza. Pensé: ¿cómo puede ser que unas hagan esto, otras, como las del Estrecho, ataquen veleros y las de Nueva Zelanda cacen rayas? Ahí entendí (y me fascinó) que el comportamiento animal depende del entorno, así que me lancé a por la etología.

Y no te quedaste ahí, sino que diste un paso más fundando Oceavida, una organización sin ánimo de lucro para proteger ecosistemas amenazados mediante la cooperación internacional.

Me faltaba algo, un propósito mayor. Y era la conservación. Así que fundé Oceavida con un enfoque internacional, también porque me encanta moverme. Nuestro primer proyecto fue en Puerto Rico trabajando con crías de manatíes huérfanas, donde implementamos una nueva metodología de alimentación. Conseguimos que una de ellas sobreviviera y fuera reintroducida al ecosistema meses después.

Debe de ser emocionante ver cómo tu trabajo se traduce en vida.

Totalmente. Entrar cada día en aquel centro de conservación era brutal. Los profesionales eran increíbles, escribían artículos científicos constantemente. Aprendí muchísimo.

¿Cuándo empezaste a divulgar exactamente? ¿Fue también con 22 años?

Sí. De hecho, con esa edad publiqué mi primer libro. Desde pequeño ya escribía cuentos sobre animales. Mi madre siempre dice que se los vendía para conseguir la paga.

Tienes una forma de comunicar muy cercana, emocional, que ayuda a conectar con la causa. ¿Con eso se nace o se hace?

Creo que es natural porque me encanta traducir conocimientos científicos a un lenguaje accesible. Recuerdo que, en mis primeras charlas en centros de buceo, alguien me dijo: «explicas cosas complicadas sin hacernos sentir tontos» (ríe). 

¿De ahí también tu proyecto Peques por el mar?

Es un proyecto para colegios. No es conservación con una parte educativa, sino educación pura sobre los océanos. Queríamos sembrar la semilla de la conciencia ambiental en los más pequeños, así que hicimos una fase piloto en ocho colegios, gustó mucho y conseguimos financiación. Solo este año hemos visitado 30 colegios, 14 localidades y llegado a más de 2.500 niños. La idea es expandirlo a todo el país con educadores en cada comunidad. De hecho, acabamos de entrar en el Programa Europeo de Escuelas Azules que acoge a esos centros impulsores de la responsabilidad por los océanos. 

También publicas en noviembre un libro infantil sobre conversación marina con Bluewave Alliance. Has confesado en varias ocasiones que te parece surrealista todo lo que estás viviendo: te ha fichado National Geographic, has conocido a Jane Goodall…

Jane Goodall es un pilar para mí, la admiro profundamente; no solo por sus descubrimientos, sino por su incansable activismo. Su lema de convertir la esperanza en acción me acompaña siempre. Pero si tengo que elegir un referente es David Attenborough: me crié con sus documentales y que ahora me comparen con él por el proyecto de documental que estamos desarrollando es una locura.

¿Cómo va a ser?

Es una serie de tres episodios sobre el mar Mediterráneo, su conservación y su cultura. Una productora contactó conmigo para ser la cara y la voz del proyecto y empezamos a grabar en junio, así que esperamos que acabe en grandes plataformas. También publico en noviembre un libro infantil sobre conservación marina con Bluewave Alliance.

Volviendo a ese encuentro con Jane Goodall. En Igluu nos encanta. ¿Cómo fue?

Absolutamente emocionante. El Instituto Jane Goodall, con el que ya había colaborado antes, me invitó a un evento en Málaga donde ella iba a estar presente. Tenía un viaje a Maldivas planificado y lo reorganicé todo para poder estar allí: era una oportunidad única. Me pareció increíble poder conocerla y agradecerle todo lo que ha hecho. 

Y entre todas tus experiencias con la biodiversidad marina, ¿recuerdas algún momento que te pusiera la piel de gallina?

Ver orcas en Azores. Fui a ver ballenas jorobadas, mi animal favorito, pero no aparecieron. Al día siguiente llegaron las orcas y se quedaron toda la semana. Desde entonces me las encuentro en casi todos mis viajes. Son como una aparición. El logo de Oceavida es una orca, de hecho.

Como viajero y científico, ¿qué te parece el compromiso con la conservación en España comparado con otros países?

Falta mucho por hacer. En California hay centros de rescate cada 50 kilómetros. Aquí, en el Cantábrico por ejemplo, no hay prácticamente nada. Necesitamos proyectos de monitorización, educación e investigación. Solo conservamos lo que conocemos y del océano apenas es un 5%.

¿Somos realmente conscientes de lo poco que sabemos?

No. Sabemos más de la Luna que del océano y, a pesar de que seguimos descubriendo especies nuevas, mucha gente no tiene ni idea.

Además de aprender, ¿qué podemos hacer para cuidar los los entornos marinos?

Varias cosas. Reducir el consumo de pescado de especies en peligro, como el cazón, que es un tiburón. Evitar el plástico, desde las bolsas hasta los envases absurdos. Ser responsables con el turismo -si vas a nadar con tiburones ballena, asegúrate de que sea un lugar que respete al animal-. Y movernos más a pie o en transporte público.

Eres muy joven para el mundo de la etología. ¿Qué podéis aportar las nuevas generaciones a la conservación marina?

Podemos ser referentes más cercanos para los jóvenes. Para conectar con ellos necesitas a alguien que hable su mismo idioma. Hay personas como Olivia Mandle, con 17 años, que ya lideran campañas enormes. No somos muchos, pero estamos.

También escribes. ¿Cómo has trasladado esa emoción a la escritura en tu última novela, A corazón abierto (Círculo Rojo)?

Me gusta narrar desde la experiencia, en primera persona. La transparencia y la sinceridad son claves. La gente conecta más cuando hay una historia detrás. No sé escribir de otra manera.

En plena crisis medioambiental, ¿qué consejo le darías a alguien que quiera dedicarse a la conservación marina?

Pasión, esperanza y determinación. Hay que ser constante y no rendirse. Y entender que la esperanza no se trata solo de esperar, sino también hacer. Todos somos comunicadores, cada uno desde su esfera. Y todos podemos sumar.


Álex Avello (Instagram: @alexavellop) es uno de los etólogos y divulgadores de mayor prestigio de nuestro país. Con tan solo 33 años, su pasión por el mar y la gran capacidad para plasmarla en fotografías y letras le convierten en una de las voces más interesantes y autorizadas para hablar de la biodiversidad marina y la importancia de su conservación.

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