Hay grupos que encajan a la perfección en el panorama musical. Y luego está Alcalá Norte, la banda que ha hecho de su canción, La vida cañón, un himno inesperado de la buena vida. Con un segundo disco en el cajón y el Movistar Arena en el horizonte de 2027, el proyecto del que forma parte Álvaro Rivas (1995) lleva siete años moviéndose en ese territorio donde el indie se roza con el pop, donde una letra puede empezar cantando sobre el barrio y acabar hablando de los pitagóricos sin que chirríe lo más mínimo. Hablamos con el cantante sobre la extraña velocidad del éxito, el valor de escribir desde un lugar propio y esa manera tan suya de crear canciones que parecen venir de otro sitio, pero hablan exactamente de este tiempo.
Todo el mundo habla ya de la vida cañón como concepto para describir esos momentos que molan. Pero tú has contado también lo que no entra ahí. ¿Cuándo sientes que sí está siendo todo cañón?
La mayoría de días salgo de la cama más tarde que mi mujer, eso ya es bastante cañón. Puedo hacer deporte cuando los gimnasios no están llenos, con lo cual estoy muy agradecido. Y luego… siempre he tenido bastantes luchas de tipo psicológico con respecto al papel del saber, del conocimiento, de su utilidad y su cabida en un mundo tan tecnificado. Desde que me dedico a hacer canciones, las cosas que llaman mi curiosidad de manera casi natural acaban volcadas en mi obra. Siempre hay un hilo entre esas preguntas últimas y el mundo en el que vivo. No sé si es una resolución sana de mis traumas, pero al menos me permite tirar para adelante.
Vuestro nombre remite a Alcalá Norte, un centro comercial muy particular y muy propio de Ciudad Lineal, de donde venís. ¿Qué relación tienes ahora con el barrio y cuánto ha marcado la identidad de la banda?
Mira, todo empezó naturalmente, casi como una broma. No nos reunimos y dijimos «tío, vamos a honrar nuestro barrio». Esencialmente elegimos un nombre porque los tres éramos del mismo sitio. Pero una vez dentro de esa broma, sí que hemos preferido hacer más fuerte ese vínculo tan local, y creo que ha salido bien. Yo sé que hay mucha gente de nuestro barrio que nos tiene cariño aunque no nos escuche, solo por ser de aquí. Eso es impagable. No te va a hacer famoso, pero sí te hace un ciudadano feliz saber que tus vecinos más inmediatos te guardan cariño y se identifican con tus vivencias. Y, por otro lado, tenemos la suerte de que nuestro barrio tiene unahistoria muy rica, muy loca, muy divertida, que también nos sirve para diseñar nuestro universo y los personajes que entran en nuestras canciones. Arturo Soria como profeta de nuestro mensaje, nuestro logo inspirado en una estatua que hay frente al centro comercial…todo eso es muy enriquecedor porque lo vemos como parte de la identidad de la banda. Es un regalo.
«Te hace un ciudadano feliz saber
que tus vecinos más inmediatos se identifican con tus vivencias»
Vuestras letras mezclan filosofía, historia, religión… ¿Te interesa más que se entiendan o que funcionen como un lenguaje propio para quien quiera entrar?
Al final las letras de la banda son las que son porque dependen de mí. Los demás tienen feedback, y sé que algunos estarían felices con que yo no volviera a hablar de filosofía ni de Arturo Soria. Pero en el fondo sé que también les vale. Lo que importa es que hable de esas cosas con palabras que resuenen, que la gente las sienta como propias y pueda cantarlas con facilidad. Muchas veces me lo traducen como accesibilidad. Accesibilidad a mi mundo.

¿Os veis capaces de conectar con todas las generaciones? O se escapa alguna.
Tenemos mucha suerte porque nuestra música le gusta a gente de todas las edades. Los que más han tardado en llegar han sido los jovenzuelos, los que están entre los 15 y los 25, pero van entrando a su ritmo. Antes nos preguntábamos cómo podíamos alcanzarles y, mientras tanto, nos consolábamos con que los que ya estaban dentro eran los de más de 40; es decir, los que tienen dinero.
«Los que más han tardado en llegar a nosotros han sido
los jovenzuelos, pero van entrando a su ritmo»
¿Tus canciones nacen más de lo que te pasa o de lo que consumes: libros, ideas, referencias?
Aparte de escribir letras, escribo muchas chorradas en mi libreta. Lo extraño es cuando una chorrada encaja de repente en mi mundo lírico. Barbosa, el batería, es el que suele dejar fuera las cosas más relacionadas con mis propias experiencias y vivencias. Le gustan más las que parten de anécdotas históricas, literarias o filosóficas. Aunque quizá lo más curioso es que, cuando aparece una imagen que viene de un sueño, también suele gustarle.
¿Quién es la primera persona a la que le enseñas una canción cuando la terminas?
Llega un momento en el que la suelto en el local, cuando ya hay una rutina de composición. Pero cuando escribo una canción, muchas veces estoy muy emocionado y la repito mucho en mi cabeza. Ya en el pasado aprendí que eso es molesto para los demás: ni mi mujer ni mis amigos quieren que esté dándoles la turra. Entonces me lo guardo para mí hasta que hay que darle un acompañamiento musical. Ahora me estoy forzando a tocar instrumentos, aunque no lo disfrute especialmente. Pero, si consigo darle cierta forma de canción con unos acordes por mi cuenta, la saco de ese lugar tan etéreo que tiene en mi cabeza y la materializo un poco. También lo probé el año pasado con herramientas de IA musical y la verdad es que cumplen ese papel: les canturreo la melodía, les digo el estilo, el tipo de acompañamiento, y me devuelven algo parecido a lo que estoy buscando.
Hace no tanto, Alcalá Norte se movía en una escena muy concreta de conciertos pequeños y salas. Ahora estáis en festivales de gran calibre, tocasteis en las fiestas del 2 de mayo junto a Judeline y, el 20 de febrero de 2027, tocaréis en el Movistar Arena. ¿Qué parte de ese salto a la fama se te hace más rara?
Que a veces me reconozcan por la calle y me pidan una foto. Pero, al final, es algo muy anecdótico: te das un paseo por Madrid y te paran dos personas; es casi como encontrarte a alguien en el pueblo. La verdad es que la fama no ha modificado en nada cómo me relaciono con el espacio público ni con la gente. Las reglas básicas que absorbí siendo un ciudadano anónimo siguen siendo las mismas.
Cuando se habla de la nueva escena musical española, ¿tú ves una escena de verdad o simplemente muchas bandas coincidiendo en el mismo momento?
Nosotros pertenecíamos a una escena en nuestros comienzos, una muy concreta de bandas pospunk y oscuretas en Madrid. Ahí sí había comunidad: ibas a los conciertos aunque fuera en el bar de José, repartías flyers de tus propios conciertos… Eso lo recuerdo con mucho cariño. Pero ya pasó. Ahora, mediáticamente, a los promotores les interesa que la gente vea una continuidad entre Carolina Durante, Niña Polaca, nosotros… Y me encanta que se vea esa relación, porque cuando Niña Polaca y Carolina Durante tocan juntos en las Fiestas de Mayo de Madrid, hay clics en los cerebros de los que mandan y, de alguna manera, te meten también en ese canal. Lo celebro, pero la realidad es que yo miro a la banda y no tenemos nada que ver con eso. Me da igual como cosa propia, aunque me interese como carta de presentación de cara a la galería.
Si tuvieras que definir de dónde nace el nuevo disco en tres palabras…
Los llamados pitagóricos.
¿Y cómo bajas tú del ruido? ¿Cómo encuentras el momento presente?
Mi profesión me mantiene bastante al margen de los ritmos de la sociedad. Yo soy ese entretenedor que, los sábados por la noche, cuando la gente está borracha, da un espectáculo. En ese sentido, estoy claramente marcado por ritmos antisociales, pero curiosamente lo agradezco. El resto de la semana estoy bastante tranquilo, en mi mundo. Lo que a veces me afecta es cuando pasa algo concreto. Por ejemplo, que se anuncie que tocas el 2 de mayo y haya gente que se enfade porque es un concierto con entrada gratuita y empiece a acusarte de enchufado. Ahí sí llega el ruido. Al principio era difícil: quieres leerlo, no quieres que nadie te insulte sin enterarte. Pero al final lo que terminas haciendo es callarte. Tengo la suerte, además, de que Pablo, el bajista de la banda, se encarga de las redes sociales y disfruta llevando la cuenta de los comentarios y riéndose de ellos. A mí me da igual, pero siempre me los acaba enviando, y yo ya sé que lo mejor es dejarlo estar.
La pregunta con la que empezamos también va a cerrar esta conversación. Con todo lo que está pasando en el mundo—la desesperanza, la bronca, el ruido constante—, ¿qué margen queda para vivir la vida cañón?
Un consejo que dé y que sea creíble tiene que partir de algo que yo haya hecho. En mi caso, mi mujer es brasileña, así que, de alguna manera, me aseguro la posibilidad de huir a otro bloque político si el nuestro se ceba demasiado. Tener esa vía de escape, de momento, me parece bastante cañón.


