buenos vecinos

Así sí hay quien viva

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Todos quisimos tener una relación tan ideal con nuestros vecinos como la que tenían en Friends, pero lo más probable es que nuestra comunidad se pareciese más a la de Aquí no hay quien viva o, en el peor de los casos, a la que habitaba Carmen Maura en la película de Álex de la Iglesia. Aunque la convivencia no siempre es fácil, tener una relación cordial con quienes tenemos cerca ayuda a paliar males tan comunes como la soledad y la ansiedad. Llega la hora de los buenos vecinos.


Quien no se haya acordado del árbol genealógico de su vecino en alguna ocasión que tire la primera piedra. La vida en comunidad son historias de muebles que se arrastran, aspiradoras encendidas a deshoras y mascotas haciendo ruido escandalosamente pronto. Pero también son vivencias con vecinos que pasan a ver a la anciana que vive sola en el 3ºA, que se riegan las plantas y que le dan de comer al gato cuando no hay nadie en casa.

«Vivimos en una época convulsa que favorece el aislamiento. La precariedad económica deriva en precariedad afectiva porque el trabajo consume la mayor parte de nuestra vida y, sin tiempo para socializar, la salud mental se resiente», apunta Marina Pinilla, psicóloga. Para ella, tejer redes con quienes tenemos más cerca, con nuestros vecinos, es un primer paso para solucionarlo. «No son lazos tremendamente íntimos o fuertes como la familia, los amigos o la pareja, pero ayudan muchísimo a rebajar la ansiedad general. Nuestro ritmo de vida favorece el consumo rápido, nos quita esos pequeños momentos de socialización, como ir a una tienda y que te conozcan, por ejemplo. Incluso nosotros mismos a veces los evitamos porque lo sentimos como una pérdida de tiempo, como una molestia», añade. ¿Cuántas veces tocamos el botón a toda prisa para subir sin compañía en el ascensor y evitar las preguntas del vecino?

Los tiempos hiperacelerados no ayudan. «Antes la gente solía vivir en un barrio toda su vida y, como se conocían todos, era más fácil ayudar porque las redes eran más sólidas. Como sociedad hemos cambiado y esa vida no va a volver, pero sí se puede facilitar la creación de nuevos vínculos», expone Sonia Alonso. Para hacerlo, en 2018 creó ¿Tienes sal?, una red social de cercanía que pone en contacto a los vecinos del mismo barrio para actividades que van desde dar un paseo a aprender cerámica o vender muebles. Funciona en ciudades como Madrid, Barcelona y Valencia —y sus respectivas periferias— y cuenta casi con 100.000 usuarios.

Si quieres acercarte a tus vecinos, la primera barrera a superar es el miedo al qué dirán. «La gente tiene ganas de hacer cosas, pero es como si hubiéramos desaprendido a hablar con los que nos rodean. Hace años era normal llamar a la puerta del vecino, pero ahora lo vemos como un gesto incluso invasivo para ambas partes. Con una aplicación es más fácil», cuenta Alonso. Pinilla coincide: «Nadie va a pensar mal si te presentas diciendo que acabas de mudarte, tampoco si le propones tomar algo porque no conoces gente en la ciudad y quieres gente para hacer planes. Quizá a alguien le parezca raro porque es cierto que hemos perdido esa costumbre, pero es que realmente es así como nacen las relaciones: superando el vértigo a mostrarnos vulnerables».

Ante la crisis global, unión local

Como en otros tantos sentidos, la pandemia también fue un punto de inflexión en nuestro comportamiento vecinal. Algo que nació de forma espontánea como el aplauso de las ocho sirvió para ponerle rostro a lo que antes eran simples ventanas. Aquellas caras desconocidas se convirtieron, de repente, en las únicas que veíamos a diario durante meses, tanto que incluso nos preocupábamos si los habituales faltaban un par de tardes. La explosión de solidaridad no se limitó a los carteles en el portal ofreciendo ayuda para hacer los recados a las personas más vulnerables. Según el informe anual del Observatorio del Voluntariado, más de dos millones de personas que no formaban parte de la red habitual se activaron de forma puntual o durante unos meses con tareas presenciales o telemáticas. Las redes y asociaciones vecinales, que siempre habían estado ahí, fueron el nexo para ayudar donde las instituciones, desbordadas, no llegaban. Solo en Madrid, se estima que medio centenar de redes creadas desde colectivos de barrio atendieron a más de 20.000 personas con recursos propios durante los primeros momentos de la pandemia.

«La gente se volcó en ayudar porque, además, el nuestro era ya un entorno online. Empezamos con mensajes para hacer la compra o bajar la basura a los mayores y terminamos haciendo charlas de diferentes cosas, quedadas virtuales para que la gente no se sintiese sola…», cuenta Alonso. Y, ahora que lo peor ha pasado, algo queda. «Seguimos siendo individualistas, pero creo que esta experiencia ha cambiado la imagen que teníamos de los vecinos como unos pesados. Ahora valoramos más el ente de la vecindad en sí, el mantener buenas relaciones con la gente del barrio».

De la seguridad a los cuidados

Una situación de emergencia que puso sobre la mesa que a lo mejor no estábamos tan bien como creíamos a nivel individual y colectivo también dejó patente, por si alguien no lo sabía, que los demás juegan un papel determinante en nuestro bienestar.

«Uno de los factores que más amortiguan el estrés es el apoyo social percibido, que no necesariamente tiene por qué ser real: no es lo mismo que tengas muchos amigos a que sientas que tienes a tu alrededor a personas que se preocupan por ti. Notar que hay gente a la que puedes pedirle un pequeño favor o que te van a avisar si pasa algo en tu casa te da sensación de seguridad no tanto porque verdaderamente sea así, sino porque tú sientes que esa red está ahí», cuenta Pinilla.

De hecho, el propio sector de la seguridad, tradicionalmente enfocado en la protección física del hogar, también está ampliando la mirada hacia esos vínculos de cercanía y redes locales, entendiendo que los barrios más cohesionados también son más seguros y prósperos. Hace ahora un año, en Securitas Direct lanzaron #CuidamosLoNuestro, un proyecto orientado hacia la reactivación económica vinculada al turismo, clave para la economía local de muchas zonas de España. «Buscábamos invitar a una reflexión sobre la necesidad de cuidar a nuestros vecinos, nuestros hogares, negocios, pueblos y ciudades. En definitiva, de cuidarnos unos a otros», apunta Laura Gonzalvo, directora de comunicación de la compañía.

Al final, los lugares que saben cuidarse acogen mejor a quienes los visitan y habitan. «Las personas que nos rodean, nuestro entorno más cercano, son fundamentales para la seguridad y el bienestar que queremos en nuestros hogares. A nuestro alrededor hay personas que necesitan ayuda y nosotros queremos estar ahí no solo para aportarles seguridad, sino, sobre todo, cercanía», explica.

Una vacuna contra la soledad

Igual que no puedes pretender que una planta florezca si no la riegas y la cuidas, los afectos cotidianos tampoco aparecen por arte de magia. «Es necesario hacer un esfuerzo consciente para crearlos y mantenerlos, y eso requiere trabajo. Si ir a la frutería te va a robar diez minutos de charla porque te pregunta qué tal te va todo, puedes decidir no hacerlo porque crees que da igual, pero, si lo piensas, sabes que a medio o largo plazo sí te aporta. Hoy es muy cómodo comprar online y el mundo nos fuerza a vivir deprisa, pero no podemos olvidar a los demás en la medida que nos veamos capacitados, respetando nuestros tiempos», concluye Pinilla.

El propio ritmo frenético a menudo esconde problemas emocionales tan graves como la soledad, ya definida como uno de los grandes males del siglo XIX. En España, casi cinco millones de personas viven solas y, según un estudio de la Universidad Pontificia de Comillas, más del 21% de la población siente aislamiento social. Un 11% padece, además, soledad grave. Los perfiles afectados son muy diversos: ancianos con la familia lejos, jóvenes que llegan a una ciudad nueva por trabajo, personas que regresan a su lugar de origen y ya no tienen cerca de sus amigos, problemas personales…

«Tener una comunidad fuerte ayuda a estar más felices y activos. En el caso de las personas mayores que se encuentran solas, la diferencia cuando empiezan a relacionarse con los demás es abismal», reconoce Iglesias. Pone como ejemplo a un grupo de mujeres jubiladas de Coslada que se conocieron por la aplicación y ahora se reúnen todas las semanas para pasear, hacer ganchillo o tomar un café. Se hacen llamar Las salerosas.

Tras la II Guerra Mundial, el psiquiatra y filósofo Víctor Frankl estudió cómo el conflicto había afectado psicológicamente a la población judía. Tras pasar por un campo de concentración —lo narra en El hombre en busca de sentido—, acuñó el término neurosis noógena para referirse a las patologías que desarrollan las personas que precisamente no encuentran el sentido a su vida. Sostenía que, si sabías para qué estás en el mundo, no te volvías un neurótico. «Salvando las distancias, creo que lo que hemos vivido en la pandemia nos ha hecho buscarlo. Si Frankl hablaba del poder de la cultura para recuperar la esperanza, yo creo que hoy la clave está en la sensación de pertenencia, el formar parte de una comunidad que te arropa», concluye Pinilla, que pone como ejemplos las estas de los barrios o las manifestaciones del 8-M. «Sientes que allí, con los demás, no puede pasarte nada malo y, si pasa, te cuidarán. Es una sensación de seguridad muy fuerte y agradable. Ahora el reto es intentar que no sea algo concreto y esporádico: podemos crear este tipo de redes a nivel local, a nivel vecinal, si nos esforzamos por recuperar los vínculos».

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