La música cristiana se ha convertido en un fenómeno global que atrae a multitudes, no en templos, sino en festivales y conciertos.
“¡Viva la música electrónica y católica!”. El vítor lo gritó con todas sus fuerzas la actriz Carmen Machi en 2024. No se trataba de una escena de película, sino de una de las jornadas del Primavera Sound, el festival que cada año transforma Barcelona en un carnaval de turistas y locales envueltos en purpurina, entregados al frenesí de ritmos espasmódicos.
Machi, vestida con un camisón blanco y entronizada por encima de las cabezas de miles de asistentes, comenzó a convulsionar. Tras el desconcierto inicial el público estalló en aplausos. No era ella misma, sino Montserrat Baró, su personaje en La Mesías, una serie sobre una familia numerosa y fundamentalista cristiana creada por los Javis. En la pantalla, sus seis hijas forman Stella Maris, un grupo de música pop cristiana con una misión mesiánica: salvar al mundo de su condena a través del canto.
El espectáculo fue, en realidad, un teatro musical. Un show en toda regla, más que un concierto al uso, que muchos criticaron por banalizar la religión. Pero lo cierto es que de una manera u otra, desde la ironía, reflejaba un fenómeno de masas que poco tiene de ficción y mucho de realidad: el auge imparable de la música cristiana. Porque, al fin y al cabo, ¿quién dijo que el Ave Maria no puede sonar sobre una base de techno?
Esa fue, precisamente, la propuesta con la que el padre Guilherme Peixoto hizo vibrar a más de 100.000 jóvenes este verano en el Medusa Festival de Cullera, en Valencia. Y, sin embargo, no ha sido su actuación más multitudinaria. La fama le llegó en 2023, cuando este sacerdote portugués de 48 años pinchó ante un millón y medio de personas durante la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Lisboa. Una auténtica rave litúrgica, con el beneplácito —y la presencia— del propio Papa Francisco.
En aquella ocasión, ya consagrado con el apodo de “el cura DJ”, Peixoto defendió su apuesta con convicción. “La música es un vehículo muy potente para transmitir mensajes de paz, de tolerancia, contra la xenofobia y la discriminación”, dijo en una entrevista en la que aclaró que “no se trata solo de música; es una forma de oración”.
Pero más allá del mensaje, lo importante es a quién se dirige. Y es que las iglesias cristianas parecen haber encontrado en la música un excelente medio de conexión con sus feligreses más jóvenes.
“A lo largo de sus 2.000 años de historia, la Iglesia ha intentado actualizar la forma en la que presenta el Evangelio para que sea comprendido por los hombres y mujeres de cada época”, explica Antonio Moreno, periodista de la Diócesis de Málaga, a Igluu. “En este inicio del tercer milenio, marcado por una profunda transformación social, esa actualización se vuelve aún más urgente. Así, la música, la estética y el arte en general forman parte del camino por el que el arte conduce a la verdad de la fe, a Cristo mismo”, añade.
Y es que la tradición cristiana en Occidente también se ha expresado —y transformado— a través de la música. Desde la música sacra, como los réquiems o los villancicos, hasta la litúrgica, como los salmos, sin olvidar la música religiosa no necesariamente ligada al culto, como el gospel, característico de las comunidades afroamericanas. La música cristiana no es algo nuevo; lo novedoso es que, en sus formas más contemporáneas —techno, indie, rock o pop—, ha pasado de los templos a los festivales. Parece haberse convertido en un auténtico fenómeno de masas.
Según Luminate, una reconocida empresa de análisis de datos de la industria del entretenimiento, la música religiosa fue uno de los cinco géneros de mayor crecimiento en Estados Unidos durante la primera mitad de 2024. Su ritmo de expansión fue más del doble que el promedio de la industria. En 2025, la tendencia se mantenía al alza, impulsada principalmente por las redes sociales y las plataformas de streaming.
“La mayoría de los intérpretes de música cristiana están presentes de manera activa en las redes sociales. Estas permiten a los artistas mostrar su trabajo y crear vínculos con sus seguidores y otros artistas”
En este contexto, Rogelio Martínez Cárdenas, profesor investigador del Departamento de Estudios Organizacionales y especialista en turismo religioso de la Universidad de Guadalajara, explicaba en un artículo para The Conversation que parte de este éxito radica en la presencia de la música cristiana contemporánea en las grandes plataformas de streaming, que han permitido la masificación del consumo de música y vídeos a nivel global. Sobre todo después de la pandemia.
“La mayoría de los intérpretes de música cristiana están presentes de manera activa en las redes sociales. Estas permiten a los artistas mostrar su trabajo y crear vínculos con sus seguidores y otros artistas”, escribe el experto.
El fenómeno tiene una dimensión global. Tanto es así que la música cristiana cuenta con su propia categoría en los premios Grammy, los prestigiosos galardones otorgados por la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación de Estados Unidos para reconocer la excelencia en la industria musical.

En España, la expresión más representativa de este movimiento es Hakuna Group Music. Un grupo de pop cristiano surgido del movimiento religioso Hakuna, fundado en 2013 por el sacerdote José Pedro Manglano, quien en 2020 se desvinculó del Opus Dei para impulsar esta nueva corriente.
En Spotify, el grupo, que es más bien una asociación de jóvenes, cuenta con 464.200 oyentes mensuales. En YouTube, su canal oficial reúne aproximadamente 164.000 suscriptores y supera los 72 millones de visualizaciones. En TikTok, sus vídeos suman casi 400.000 «me gusta» y han sido compartidos millones de veces. ¿La clave de su éxito? Han sabido dirigirse a una juventud que intenta combinar la diversión con sus valores.
En 2021, el mercado global de música cristiana alcanzó aproximadamente 1.350 millones de dólares
Sin embargo, lo que realmente distingue a este grupo musical religioso, compuesto mayoritariamente por jóvenes, es su extraordinaria capacidad de movilización. “Vivimos lo que cantamos y cantamos lo que vivimos” es su lema, y sus letras explícitas sobre Dios, Cristo y la fe cristiana los llevaron, el pasado 6 de enero, al WiZink Center de Madrid, donde congregaron a más de 15.000 personas en una multitudinaria misa. En varias ocasiones han agotado entradas en cuestión de minutos y, actualmente, cuentan con una gira internacional.
Más allá de la espiritualidad y el mensaje evangelizador, detrás de la música religiosa también existe un negocio considerable. En 2021, el mercado global de música cristiana alcanzó aproximadamente 1.350 millones de dólares, según datos de la empresa independiente de investigación de mercado Gitnux. Se estima que esta cifra podría crecer hasta los 2.500 millones de dólares en 2025.
No suena a gusto de todos
Dentro de la comunidad cristiana, algunos sectores más conservadores cuestionan la incorporación de géneros como el pop, el rap, el reggaetón o el metal en el repertorio religioso. Argumentan que estos estilos —vinculados a lo secular o a lo comercial— diluyen el mensaje que debería acompañar la expresión musical de la fe.
En ese sentido, la cantante dominicana Lilly Goodman, una de las voces más reconocidas de la música cristiana mundial, denunciaba en una entrevista en su país que “se ha comercializado la fe y se ha perdido el enfoque. Debemos dejar atrás las apariencias y volver a lo esencial: una relación auténtica con Dios, sin máscaras ni estructuras vacías”. Una búsqueda rápida en redes sociales lleva a numerosos comentarios que califican a la música religiosa contemporánea como “superficial” o “demasiado enfocada en el espectáculo y el mercado”.
En esta línea, Antonio Moreno, periodista de la Diócesis de Málaga, coincide en que no todo vale: “Hay formas y formas de celebrar. Se puede banalizar ofreciendo espectáculos vacíos que, aunque atraigan al principio, luego se desinflen como un suflé por falta de contenido”.
Sin embargo, Moreno también subraya que la tradición cristiana “es fiestera por naturaleza” y “¡cómo no festejar la mayor de las noticias jamás contada: que la muerte ha sido vencida!”, exclama. Advierte, no obstante, que “también analizamos cuando, por un exceso de sobriedad, hacemos perder el sentido de celebración comunitaria. Se banaliza cada vez que nuestras formas alejan a los jóvenes de Dios”.
Así, el verdadero reto que enfrenta la comunidad cristiana es encontrar un equilibrio: un ritmo que atraiga a las nuevas generaciones, sin diluir la esencia espiritual ni convertir la fe en un simple show.


