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Body neutrality: aceptar la piel que habitamos

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Quienes más sufren la presión estética por ajustarse a unos cánones de belleza cambiantes son las mujeres. Si hace años cogió fuerza el movimiento del body positive que abogaba por amar tu cuerpo con sus virtudes y sus defectos, hoy coge fuerza el body neutrality que pide simplemente aceptarlo como es sin colocarlo en el centro de nuestra vida.


Vivimos en una sociedad que cuestiona el cuerpo propio y el ajeno. Si a las personas delgadas más de una vez les han dicho aquello de que «les falta un cocido», a las que tienen sobrepeso también les suena ese reproche de «a ver si empiezas a cuidarte». Otras veces son otro tipo de comentarios –no siempre con mala intención– de lo mal que se te ve, cómo se te notan las Navidades o el gimnasio. Todas ellas se pueden enmarcar dentro de lo que en inglés se conoce como body shaming, el comentario negativo y destructivo que nadie ha pedido hacia el cuerpo de los demás.

Los cánones de belleza cambian a lo largo de los años al igual que cambian las sociedades en las que se desarrollan. Quienes más sufren la presión estética por ajustarse a ellos son las mujeres: por ejemplo, de las casi 400.000 operaciones de cirugía estética que se realizan al año en España según la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (SECPRE) el 83% se realizan a mujeres y el 17% a hombres –aunque esta cifra ha crecido cuatro puntos en los últimos años–.

Contra ello, diversos colectivos promueven desde hace tiempo acciones encaminadas a la aceptación para explicar, sobre todo a las más jóvenes, que no hay un único cuerpo válido y aceptable. Por ejemplo, desde la Conselleria de Igualdad de la Generalitat catalana han lanzado un Plan de acción para combatir la presión estética para sensibilizar acerca de cuestiones como el abuso de los retoques fotográficos y los filtros, vigilar el cumplimiento de la normativa en materia de tallas de ropa o incluir campañas de publicidad y educación en los centros escolares.

Al mismo tiempo, en plena era de la salud mental y las redes sociales, diversos colectivos han dado visibilidad a la importancia de dejar de cuestionar el cuerpo de los demás. Si hace años cogió fuerza el movimiento del body positive, hoy coge fuerza el body neutrality. Ambos comparten mensaje de aceptación del propio cuerpo, pero difieren en el cómo hacerlo.

Body positive o el abrazo de la diversidad

El body positive surgió como una manera de reivindicar la belleza de todos los cuerpos de todas las personas, independientemente de su tamaño, color, forma o grado de discapacidad. Aunque no fue hasta ya bien avanzado el nuevo milenio cuando el término empezó a popularizarse –sobre todo entre usuarios de las denominadas tallas grandes y a raíz de campañas como la icónica por la belleza real lanzada por la marca Dove en el año 2004 – ya a mediados de los años noventa comenzaron a surgir organizaciones como The body Positive, fundada en 1996 por un grupo de mujeres supervivientes de trastornos alimenticios.

Además de alertar de los peligros que la era de la información y el uso generalizado de internet tenían en la percepción de nuestra propia imagen, el mensaje principal del movimiento es el de aceptación del cuerpo más allá de los estándares fijados por la sociedad. En lugar de pelear por alcanzar un ideal inalcanzable, se centra en abrazar la belleza de la diversidad humana y reivindicar la presencia de cuerpos diferentes que se salgan del estereotipo. Por eso, el movimiento es especialmente crítico con los medios de comunicación y con el sector publicitario, habituado a mostrar un físico normativo que influye negativamente en el imaginario colectivo y deja fuera a quien no puede verse reflejado en él, como si por no encajar fuera menos válido.

Desde aquella campaña de Dove, el movimiento ha ido cogiendo fuerza y no puede ser desligado de algunos hechos como, por ejemplo, la ampliación de tallaje en algunas de las cadenas más representativas de la fast fashion en los últimos años. El trabajo de activismo de modelos consideradas de tallas grandes –por ejemplo, Ashley Graham, que fue la primera modelo curvy en aparecer en la portada de un número de trajes de baño de la revista Sports Illustrated en el año 2016– e influencers que siguen reivindicando el movimiento.

«El amor propio es un viaje que puede durar toda la vida. He tenido tres hijos en dos años, y lo que me ha ayudado en este tiempo son las afirmaciones que me he estado repitiendo desde que tenía veinte años: ‘Soy audaz, brillante y hermosa y tengo que recordar que soy más que mi cuerpo, soy más que mi cuerpo posparto‘. Creo que si estás dispuesto a hacer ese trabajo y te llenas de amor a ti mismo, puedes transitar por este camino de amor propio con éxito», decía Graham en una entrevista en Cosmopolitan.

La irrupción del body neutrality

Pese a todo ello, el movimiento del body positive también ha sido objeto de críticas, sobre todo entre los propios activistas que lo ven como un nuevo oportunismo de las marcas para alcanzar nuevos nichos de mercado o quienes sostienen que, tras el mensaje de aceptación corporal, lo que promueve son hábitos de vida poco saludables.

Para quienes no se sienten cómodas con el término, hace apenas unos años comenzó a generalizarse el término body neutrality. En él se enmarcan las personas que no creen que haya que amar el propio cuerpo, sino aceptarlo, es decir, asumiendo nuestra corporalidad sin que eso implique necesariamente amar todas las partes que lo forman.

Con él, se quiere aliviar cierta presión que iba implícita con el movimiento en positivo: tras años de mensajes para cambiar el cuerpo y que encajase con el estándar aceptado, para algunas personas tampoco era fácil pasar a un amor incondicional a lo que les habían enseñado a leer como imperfecciones, como las estrías, las marcas de acné o la celulitis.

Frente a ello, el body neutrality aboga por la simple aceptación: habitamos un cuerpo que es capaz de mantenernos con vida, pero lo que somos va mucho más allá del tamaño y forma de nuestro cuerpo.

Una de las grandes abanderadas del movimiento en España es Tania Llasera, que en sus redes recibe cada día cientos de comentarios comparando su físico actual con el que tenía hace unos años. De hecho, ella ha reconocido en sí misma los avances que supuso la filosofía del body positive, pero también la presión que negativa que la necesidad de quererse incondicionalmente ponía en ella. «No me gusta estar obligada a gustarme a cada segundo. No todo mi cuerpo me gusta. No toda mi personalidad me flipa. Hay ratos que no me aguanto ni yo. Hay momentos que me siento una diosa y momentos que me detesto», explicaba en Instagram. Hoy, dice sentirse más cómoda hablando de esa neutralidad. «Mi cuerpo funciona, me ha dado muchas alegrías y dos hijos maravilllosos. Soy feliz en todos mis cuerpos», defiende en sus redes.

A nivel internacional, una de las voces más importantes es la de la actriz y activista Jameela Jamil que, a través del podcast i_weigh, ha construido un espacio en el que habla normalmente de esa neutralidad corporal. Al igual que hace en sus redes, habla abiertamente de su dismorfia corporal y de lo importante que ha sido su proceso de aceptación de su cuerpo para su autoestima.

«El tiempo que paso amando u odiando mi cuerpo es tiempo que dedico a pensar en lo que el patriarcado quiere que piense, y yo quiero ser libre, estar liberada, así que no lo pienso en absoluto la mayoría de los días. Me miro en el espejo por la mañana una vez, y por la noche otra para quitarme el eyeliner, y me voy a dormir. Estoy decidida a dejar de negociar con mi apariencia», explicaba en una entrevista a la revista Vogue en la que denunciaba precisamente la toxicidad de mantenerse siempre positivo.

«La neutralidad es un paso intermedio sano y accesible en el camino hacia el amor. No quiero que nadie se sienta como un fracasado solo por no haber logrado el estado de amor con su cuerpo. Es muy difícil amar algo que la sociedad te dice que odies, y no quiero provocar la trampa para una nueva sensación de fracaso. Creo que nuestra generación ha sido a veces expuesta a una positividad tóxica, a una presión por decir que adoras algo cuando todavía no lo haces. Invité a una neurocientífica a mi podcast para explicar que esto en realidad no es efectivo: al decir que amas algo, cuando tu cerebro no lo cree, lo fuerzas a enfrentarse a la mentira que acabas de contarte a ti misma. Yo escojo no prestarle tanta importancia, considerar mi cuerpo como si fuera mi coche, un vehículo que me lleva de un punto a otro, un dispositivo de transporte. A veces es un dispositivo para el placer, otras uno para expresarme a través de la ropa, pero es ante todo forma, no tiene poder sobre mí de la forma que lo hacía cuando era más joven», mantenía en la conversación.

@i_weigh

En un momento en el que un gran porcentaje de las mujeres no se siente a gusto con su cuerpo –por ejemplo, un estudio llevado a cabo en Chile reveló que las mujeres entre 14 y 45 años invierten 3,6 horas al día pensando en su cuerpo y más del 90% creen que su imagen tiene relación con la satisfacción que sienten en su vida–, llevar a cabo los aprendizajes y desaprendizajes de ambos movimientos no es sencillo, pero es necesario. Analizar la forma en la que nos hablamos delante del espejo, mejorar los mensajes que nos mandamos o buscar ayuda profesional si es necesario es una manera de empezar a ser conscientes de la piel que habitamos para mejorar nuestro bienestar físico y mental.

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