En un mundo con la salud mental en crisis, cuantificar algo tan abstracto como lo que sentimos se ha convertido en una herramienta fundamental para tomar mejores decisiones, ya sea utilizando aplicaciones o diarios emocionales. ¿Corremos el riesgo de obsesionarnos con la felicidad?
A Emokine cada vez se le escapan menos detalles. No tiene ojos y no le hacen falta: le basta con sus 17 sensores para identificar los movimientos de una persona y saber qué es lo que está sintiendo. A partir de ahí, genera una ristra de información que le permite analizar a gran escala patrones emocionales relevantes.
El software lo pusieron a prueba la neuropsicóloga cognitiva Julia Christensen y su equipo para probar que las secuencias de movimientos ayudan a avanzar en la investigación de las emociones. En otras palabras: que los ojos ya no son los únicos espejos del alma y que también lo es el lenguaje corporal. Así lo demostró este equipo de científicos del Instituto Max Planck de Estética Empírica de Alemania de la mano de una bailarina profesional, que se enfundó el traje para probar qué podía adivinar Emokine.
Este es uno de los múltiples avances nacidos gracias a la evolución de la tecnología y el afán de entender por qué sentimos lo qué sentimos y cómo podemos gestionarlo. Desde herramientas de reconocimiento facial hasta el deep learning, el procesamiento de lenguaje natural y el big data, la neurociencia tiene a su disposición más herramientas que nunca para hacer un seguimiento de lo que ocurre en nuestro cerebro.
En los niños y adolescentes hay un impacto significativo del uso de las pantallas y la disminución del ejercicio físico
Iris Pérez-Bonaventura. Psicóloga clínica.
Algunas ya están llegando a nuestras manos: es el caso de How we feel, una aplicación que permite registrar nuestras emociones en tiempo real e identificar patrones. Como ella hay otras tantas que se suman a los propios sistemas operativos iOS y Android, que ya cuentan con su interfaz para registrar lo que sentimos a lo largo del día y practicar el journaling, una técnica que implica escribir sobre lo que sentimos para liberar nuestra mente.
Todo ello bebe de una herramienta cada vez más utilizada en terapia: el diario emocional, un registro de las situaciones que hayan provocado cambios en nuestro estado anímico para ser conscientes de lo que sentimos y trabajar nuestro diálogo interno, esa vocecilla que suele ser más crítica que amable con lo que hacemos. Teniendo en cuenta que, según la ciencia, hay hasta 27 categorías distintas de emociones y que el estado de la salud mental a nivel global todavía está lejos de ser óptimo –la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que al menos 280 millones de personas padecen depresión, un 18% más que hace una década–, hay mucho en lo que mejorar.
Universos infinitos
Hasta hace poco, existió una galaxia multicolor que se expandió alimentándose de las emociones de millones de personas. Una representación artística de datos online que representaba la complejidad de los sentimientos humanos ideada por los científicos computacionales Sep Kamvar y Jonathan Harris en 2005. La página web We feel fine, mostró al mundo durante años las emociones humanas que encontraba en internet.
Cada cinco minutos, el sistema rastreaba entradas en miles de blogs con las frases «I am feel» o «I am feeling» («me siento»), llegando a registrar hasta 20.000 sentimientos por día. Después, identificaba la emoción expresada en las frases –triste, feliz, alegre, enfadado– y extraía información demográfica como el género, la edad y la ubicación de los autores de la frase. Con cada registro, se enviaba una pequeña partícula a esa gran galaxia explorable por los usuarios que permitía descubrir, entre cientos de patrones, cuáles eran las emociones más comunes, cómo variaban entre hombres y mujeres o de qué manera el contexto del país influía en el bienestar emocional.
La página ya no está activa. Si lo hubiera estado a lo largo de estos últimos años, especialmente desde la pandemia, este almanaque de emociones hubiese permitido entender visualmente cómo la salud mental ha ido empeorando en las últimas décadas y cuáles han sido sus causas, sobre todo en las generaciones más jóvenes: según una investigación publicada en 2024 por la consultora Oliver Wyman, el 42% de los jóvenes nacidos entre finales de los 90 y principios de la década de los 2010 sufre ansiedad, un 19% más que la media.

«La evidencia sigue demostrando que no solo ha habido un empeoramiento general de la salud mental, sino que se ha acelerado mucho en los últimos años», explica Iris Pérez-Bonaventura, psicóloga clínica y miembro de la Asociación Americana de Psicología especializada en el tratamiento de problemas emocionales en niños, adolescentes y jóvenes. «Son factores que van más allá de la pandemia. Hay un impacto significativo del uso de las pantallas y, sin duda, la disminución del ejercicio físico».
La psicóloga, que ha publicado recientemente el libro Ansiedad: a mí también me pasa (Penguin), dirigido a menores a partir de nueve años, destaca dos problemas que afectan de manera directa a los más jóvenes: la autoestima y la dificultad para gestionar la frustración. «Tienen muchísimas más dificultades para aceptar los obstáculos que surgen a lo largo de la vida porque están más acostumbrados a la gratificación inmediata de las pantallas y eso influye también en su autoestima: se sienten incapaces», explica. «Necesitamos entender que la autoestima es dinámica y que a lo largo de toda la vida nos vamos a sentir bien y mal con nosotros mismos».
La experta incide en la necesidad de hablar sobre cómo nos sentimos y aprender a identificar las emociones. Registrarlas en nuestro móvil o en un diario puede ayudar a entender qué es lo que nos hace sentir bien o mal, pero sin pasarse. «Sobreanalizarlo y darle vueltas a cada emoción es contraproducente: hay que estar conectados con nuestra realidad, pero sin caer en la obsesión», advierte.
En busca de la ¿felicidad?
En 1972, Jigme Singye Wangchuck, rey de Bután –un país minúsculo en el Himalaya en el que viven alrededor de 740.000 personas– instauró el Índice de Felicidad Nacional Bruta (FNB) en plena crisis económica. Si bien fue una respuesta a las críticas recibidas sobre la gestión de la pobreza, lo cierto es que este dato ha servido en las últimas décadas para detectar múltiples carencias en sus habitantes.
¿Quién responde en una app a alguien que lleva meses registrando que está desesperanzado? Tiene que haber un profesional al otro lado
David López. Psiquiatra.
El primero se midió oficialmente en 2010. ¿Cómo? Datificando las respuestas a 150 preguntas a los butaneses con hasta 33 indicadores como el uso del tiempo, educación, cultura, resiliencia ecológica, salud, nivel de vida, gobierno, vitalidad de la comunidad y, por supuesto, el bienestar psicológico.
«Hay que preguntarse para qué medimos el PIB: el centro de las agendas de desarrollo tiene que ser la felicidad y el bienestar de la gente», aseguraba el primer ministro de Bután, Tsherig Tobgay, en una entrevista publicada en El País. «El crecimiento y el progreso material son importantes, pero deben equilibrarse con el progreso social: necesitamos saber si el tiempo invertido en el ámbito laboral y el personal está bien repartido, si la gente duerme lo suficiente o si las mujeres son menos felices que los hombres».
En el fondo, es una forma de poner en práctica el deseo humano de alcanzar un bienestar pleno. Y es que la felicidad, precisamente, no se trata de una emoción, sino de un conjunto de sentimientos y factores que van más allá de nuestro control y permiten un equilibrio entre la salud física y la emocional. Por eso, en 2022, la OMS instó a las instituciones públicas a trabajar en profundidad sobre el vínculo indisoluble entre la salud mental y la salud pública, los derechos humanos y el desarrollo económico con políticas más sólidas.
Los datos están sobre la mesa: el último informe del World Happiness Report, que hace evaluaciones anuales sobre la percepción de la felicidad en todo el mundo, advirtió cómo en los países en los que la satisfacción media con la vida es muy alta –con España en el puesto 36 y Finlandia en la primera posición– existía una correlación con la capacidad fiscal, colectiva y legal de los gobiernos, además de con sus esfuerzos por evitar enfrentamientos bélicos y la represión.
Este dato se relaciona con el consumo de psicofármacos, especialmente las benzodiacepinas, que han situado a España como el segundo país de Europa con mayor uso: 58 dosis diarias por cada 1.000 habitantes. En su último libro, Hablemos de los psicofármacos (Arpa), el psiquiatra David López aborda esta situación haciendo del libro una guía para aprender sobre el uso de este tipo de medicación. «El hecho de que seamos el segundo país que más benzodiacepinas prescribe tiene que ver con muchísimos factores que salen de la consulta de la psiquiatría. Somos responsables todos los médicos y las agencias reguladoras, que no limitan el número de benzodiacepinas disponibles en cada caja», asegura.
En 2022, la OMS instó a las instituciones públicas a reforzar el vínculo indisoluble entre la salud mental y la salud pública.
«También es importante entender que el uso vigilado y bien gestionado de otros psicofármacos es una herramienta más para superar una enfermedad mental: no es lo mismo estar triste con tu vida cotidiana que sufrir una depresión que no solamente se puede tratar con un cambio de hábitos». Cada vez hay más estudios que demuestran, defiende el experto, que la depresión es una de las enfermedades de salud mental más comunes. El ejercicio físico y la dieta mediterránea tienen un efecto similar al de un antidepresivo para combatirla, pero «no a todo el mundo le vale y, en este sentido, la polarización que se hace de estos fármacos puede ser muy peligrosa».
¿Sirve entonces cuantificar las emociones en todos los contextos de las enfermedades mentales? A nivel de Estado, la evidencia demuestra que contar con estadísticas detalladas y actualizadas sobre la satisfacción de los habitantes es un paso importante para diseñar mejores políticas. Para nuestro uso individual, desde el punto de vista del psiquiatra, es clave la presencia de un profesional que ayude a hacer un reflejo empático de lo que estamos sintiendo. «¿Quién responde en una app a alguien que lleva meses registrando que está desesperanzado o teniendo ideas suicidas? Es fundamental ayudar al paciente a ver qué hay detrás de la rabia o la agresividad e identificar patrones de descompensación emocional». Porque, aunque la tecnología nos ayude, el sentir es una cosa humana: en el universo de las emociones siempre es mejor viajar acompañado.


