Cines de verano: por qué seguimos reuniéndonos bajo las estrellas

Atemporal, como un recuerdo de la infancia o un momento de alivio en mitad del agosto acalorado. El cine de verano sigue permaneciendo como un lugar de encuentro que resiste impasible a los vaivenes culturales de nuestro tiempo. Algunos dicen que no tiene siquiera que ver con el cine, sino con nosotros mismos. Con la forma en la que, desde el principio de los tiempos, estamos siempre preparados para reunirnos bajo el cielo, la noche y las historias.


«Mi idea del cine siempre estuvo ligada a las brisas de las noches de verano. Sólo veíamos cine en verano. Las películas se proyectaban sobre un muro enorme en calabre blanco. . . El cine de mi infancia siempre huele a pis. Y a jazmín. Y a brisa de verano». Al otro lado del teléfono, ya al final de la entrevista, Jesús Ángel Sánchez, Catedrático de la Universidad de Compostela, recuerda la cita de Almodóvar. Esa que declama Asier Etxeandía en Dolor y Gloria, y que explica, con una frase, lo que significa el cine para generaciones enteras en España. 

Lo que ocurre en un cine de verano es un hecho cultural tan antiguo como el propio cine. Incluso antes de que existieran salas propiamente dedicadas a ello. «Cuando se producen las primeras exhibiciones, pronto se dan cuenta de que además de teatros, también se pueden usar plazas, sitios al aire libre, ferias». Comenta Sánchez que la primera vez que se llevó a cabo en nuestro país una proyección al aire libre en una playa fue hace más de un siglo, en 1907, en Cádiz.

El impulso de sacar la nueva pantalla hacia el exterior era lo natural. «Tirar un cable, poner una sábana atada a dos postes o a un muro blanco. Todo era muy precario, claro. No estaban sujetas a normativa, era mucho más libre y rentable. No había que construir un recinto y, sobre todo, se atenía a las circunstancia que lo movía todo, que era el calor».

Más de un siglo después, el cine al aire libre sobrevive. Aquellas estructuras precarias conforman una mitología histórica, una forma de comprender el verano y la experiencia del espectador. Una que se puede retrotraer en un arco desde la posguerra hasta la llegada de las multisalas, pero que aún a día de hoy,  mientras la industria intenta comprender las nuevas formas de consumo, cuando se convoca el cine de verano en cualquier localidad del país, sigue calando.

Fotograma de la película Cinema Paradiso.

«Es curioso que algo que viene de los orígenes del cine como espectáculo público siga sobreviviendo. Sí, es más fácil de organizar, las sillas plegables, la ausencia de infraestructura. Pero quizás hay que tener en cuenta esa sensación de libertad. En un cine de verano puede correr una brisa, ese fresco del final del día, el ambiente más relajado. Las condiciones son distintas, singulares y especiales. Sabes que lo único que hay encima es el cielo y las estrellas. Explica por qué, incluso en ciudad, como tantas en Madrid, se construyeron tantas terrazas de cine sobre cines. Es una cuestión casi antropológica. Es la experiencia en sí lo que nos sigue atrayendo», resume Sánchez.

Una experiencia común

Alberto Corona, crítico de cine en medios como Infolibre o Eldiario.es, millenial y fuera de esa mitología del siglo XX, insiste en esa misma visión. «Si pienso en mi experiencia con el cine de verano siento que es tan necesaria como emancipatoria. Lo precioso que tiene el cine para mí es el asunto comunitario. Compartir la experiencia con gente que no conoces y que en base a gestos tan involuntarios, como las risas espontáneas o la emoción sobrevenida, te sientas en compañía. Es una definición de lo que para mí debería ser el cine», explica. 

Corona palpa el meollo del cine de verano: la memoria. Hecha de momentos concretos, en comunidad, que por alguna razón son siempre más fácilmente memorables y profundos que la experiencia individual en el salón de casa. No tiene que ver, señala el crítico, siquiera con la calidad de la película. Es, como decía Almodóvar, sensitivo, avasallador desde cuestiones que apenas se relacionan con el intelecto. «Mis recuerdos del cine de verano son en mi pueblo, en la plaza del Ayuntamiento de Torrijos, en Toledo. Lo recuerdo con mucho cariño, como un cine mucho más casual. Juntarme con mis amigos, mis padres. Normalmente cuando vas a ver una película, vas porque hay algo de interés. Pero no vas buscando eso aquí. Mi recuerdo más concreto es ir a ver Mi gran boda griega y pienso en cómo nos estábamos riendo, no si era una gran película», rememora. 

De alguna manera, el cine de verano seguía y sigue siendo un bastión atemporal por su propia idiosincrasia, señala el crítico. «No había grandes estrenos, claro. Son películas que se proyectan en cines convencionales un año antes como mínimo. Lo que mola es el escenario como tal y la película se convierte en una pequeña parte de esa experiencia». En cierto modo, dependemos de los otros para que esa experiencia tenga sentido.

Foto: GoToVan / Vía @Flickr

Es el ritual, la gente, lo que da suelo a un cine de verano: la previa, no pensarlo mucho, hacer unos bocatas para la cena, la bolsa con latas, llevar hasta tu propio asiento al sitio y acomodarte allí, incluso un buen rato antes de que se encienda el proyector. El cuchicheo, las risas de las que habla el crítico. Y el aplauso final a la pantalla, como si los actores y personajes pudiesen escucharlo. Una práctica casi en desuso, que parece ya en peligro de extinción, pero que sigue repitiéndose en estos espacios abiertos. 

«Es algo que ahora mismo solo pasa en el cine convencional con películas concretas. Pasó con Barbie. Yo mismo fui vestido de rosa con mis amigos a verla. En Vengadores: Endgame, se celebraba cuando salían los superhéroes. Creo que la gente sigue queriendo eso. Pienso cuando fui a ver Bohemian Rhapsody, que acaba con el concierto de Queen, y recuerdo a una pareja abrazándose en el momento en que entona Freddy Mercury. Hablamos de sensaciones universales y muchas veces es esperar a la peli indicada». El cine de verano, sin embargo, parece haber caído en la «marmita» de esa experiencia universal. 

Conservar lo perdido

«Para mí es una operación de nostalgia», apunta Salvador Perpiñá, guionista y escritor. Autor del guión del reciente éxito en Prime Video, Reina Roja, el escritor recuerda exactamente la primera imagen en movimiento que se le viene a la memoria, precisamente en un cine de verano. «Viendo el Ladrón de Bagdad, la caída de un caballo con alas en un cielo azul. En la parte de arriba de aquel cine de verano». 

De aquel recuerdo saca una conclusión muy parecida a la de Sánchez y Corona: «Es cierto que ves gente joven en los cines de verano, y de alguna manera me estropea la teoría, pero estaremos de acuerdo en que hay algo especial, que suena a antiguo, en eso de vivir dos lugares mágicos al mismo tiempo: las estrellas sobre tu cabeza y lo que ocurre en la pantalla enfrente». 

En ese sentido, y como cinéfilo que vive el sector por dentro, Perpiñá destaca: «Las plataformas han cambiado la forma de ver el cine. Es muy difícil que te salgas de ver una película en una sala, pero, sin embargo, a los 20 minutos puedes dejar de verla en tu casa y poner otra. Esa especie de pacto que había con la película se ha perdido. Nos hemos vuelto niños caprichosos. De algún modo, el cine de verano conserva ese pacto». 

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