Hay edades que no deberían apresurarse. La infancia, con su manera propia de nombrar el mundo, de asombrarse y de habitar el tiempo, es una de ellas. En En la era de los niños cosa (Lengua de Trapo), el filósofo Santiago Gerchunoff se pregunta qué lugar la hemos dejado dentro de una sociedad empeñada en organizarla, medirla y anticiparla. Su ensayo sirve también para mirar hacia dentro: hacia esa edad breve en la que se aprende a nombrar el mundo, a aburrirse, a imaginar y a construir una memoria propia.
Una de las cuestiones que siempre he defendido, con especial firmeza, durante la crianza de mi hija, ha sido su mirada infantil sobre el mundo. He procurado, durante todos estos años, preservar su curiosidad e ingenuidad, preservar ese léxico único que es la infancia y que, ante un mundo cada vez más poblado por adultos infantilizados, se presenta como una suerte de llama que no cesa ante la oscuridad que nos asola.
En la infancia se conforma la dimensión humana del adulto. Por eso debe ser un territorio fértil y bien nutrido, un paisaje diáfano y bien ventilado. Volver a los lugares donde se ha vivido permite comprender los itinerarios personales, dejar que la infancia de mi hija sea justamente eso, infancia. Es concederle una memoria sólida a partir de la cual pueda (re)construir un mundo al que poder pertenecer y en el que la preocupación por lo común tenga especial trascendencia. Ser ese lugar seguro al que ella pueda volver cuando la línea de tiempo avance.
«En la infancia se conforma la dimensión humana del adulto, por eso debe ser un territorio fértil y bien nutrido, un paisaje diáfano y bien ventilado»
De entre todas las cosas hermosas que me ha concedido mi hija, sin lugar a dudas, destacaría el hecho de ayudarme a ver el mundo a través de los ojos de una niña. Su ternura desmesurada, la convivencia con lo que nos hace profundamente vulnerable y que, por ello, requiere de la confianza total en otro; el paisaje que se abre y se hace ancho gracias a la presencia de la compasión; el descubrimiento de la generosidad como cinturón que traduce la geografía de talla individual a lo común, ceder la comodidad del espacio propio a un territorio nuevo, compartido, que viene sin mapas ni hoja de ruta, y que sólo se puede habitar desde el amor más desconsiderado.
La infancia es todo un contrapoder frente al mundo individualista que nos imponen. Quizá, por este motivo, los niños y niñas están siendo asediados y arrinconados. Quizá nos recuerden que hay otras vidas posibles más dignas y plenas, pero que, para estar en ellas, hace falta dejar de simular estar en la vida. Quizá el problema radique en lo que hemos hecho, los adultos, con la infancia.
El filósofo Santiago Gerchunoff acaba de publicar un ensayo excelente y altamente necesario, En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento (Lengua de trapo), con el que reivindica la importancia de la infancia y ofrece un retrato amplio y eléctrico sobre el lugar que la contemporaneidad ha construido para la infancia, un retrato determinado por las vidas mediadas por pantallas y las variables de un tiempo obsesionado por aquello que pueda ser alcanzado por la cultura de la sobreproducción. Tal como señala el autor, el contexto siempre importa, por ello, conviene recordar la corta vida de la infancia tal como la conocemos en la actualidad, con sus derechos propios, un estadio histórico de apenas tres siglos que ha pasado por distintas formas hasta llegar al presente.
Parte del músculo de la mencionada contemporaneidad se basa en llevar a los niños y niñas al galope, ocupar su tiempo con tareas que jibarizan su curiosidad y que los precipitan a edades en las que todavía siquiera deben pensar. Pasa por criar niños ansiosos e insomnes. Niños hechos a imagen y semejanza de sus padres y madres. Niños que deben atender los fracasos y complejos de los adultos.
Una contemporaneidad que también pone buena parte de su empeño en llevar a esos niños y niñas allí donde no molesten ni puedan ser vistos, niños llevados a una esquina del mundo en la que puedan ser reducidos a simple mobiliario y en la que, tremenda paradoja, compiten con adultos por ver quién debe quedarse con la franquicia de la infancia. Sin olvidar, como bien señala el autor, esa extraña equiparación de las mascotas con los niños. «La diferencia está clarísima: los niños son personas y las mascotas, no».
Un mundo adults only donde los niños ven asediado el suceder de sus días desde las ventanas de sus habitaciones pantalla, allí donde imaginan otras vidas; habitaciones pantalla en las que existe (tremenda paradoja también) esa posibilidad de huida que Gerchunoff describe. Una vida alejada de los mecanismos de control de la sociedad y de una educación escolar basada en los dispositivos digitales que merma toda mirada crítica. Si el sistema te acorrala, sé el sistema.
«A un niño no se le puede responsabilizar de la vida propia, tampoco se le debe responsabilizar del peso del mundo»
Pero esa esquina del mundo no debería existir. Siquiera debería haber estado en nuestros planes. A un niño no se le puede responsabilizar de la vida propia, tampoco se le debe responsabilizar del peso del mundo. A un niño hay que dejarle ser niño. Así que, la próxima vez que dudemos entre llenar las agendas de nuestros hijos con tareas que aseguren su éxito en el mañana, dejemos que el aburrimiento se apodere de ellos.
No sé si esto asegura que mi hija dirija una empresa en el eje Pacífico, pero sí me asegura la limpieza de su sonrisa antes de apagar la luz esta noche.


