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Del tabú a llenar teatros: el principio del fin del estigma de la salud mental

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Más de dos millones y medio de personas consumen psicofármacos a diario en nuestro país. Con estas cifras, España ostenta el triste honor de ser el líder europeo en consumo de ansiolíticos. Sin embargo, apenas hay seis psicólogos por cada 100.000 habitantes. La visibilización de los problemas en salud mental en los medios de comunicación y en las redes se ha incrementado exponencialmente en los últimos años, pero los profesionales alertan de que aún falta mucho para garantizar una sociedad sana en la que la atención esté al alcance de todo el mundo.


Aunque parece que fuera hace mucho tiempo, hace apenas año y medio de una escena dantesca vivida en la casa de todos, el Congreso de los Diputados, mientras Íñigo Errejón hacía un discurso sobre la importancia de proteger la salud mental, desde un escaño una voz le gritó un imperativo «¡vete al médico!». No era un consejo y tampoco una orden: era un comentario desafortunado que venía a ridiculizar la situación de miles de personas que se vieron interpeladas por el comentario. Si hace unos años habría quedado en una mera anécdota, en 2021 se convirtió en una reivindicación para todas aquellas personas que querían ir al médico a hablar de lo que les pasaba, pero no podían permitírselo.

Desde ese mes de marzo, se convirtió en un grito de guerra estuvo presente en camisetas, en carteles y en telediarios, programas de televisión y radio. La confirmación definitiva de que no había vuelta atrás y que la salud mental iba a estar en el foco institucional y mediático, igual que llegaron para quedarse hace unos años los cuidados. Hace ahora un año, el Gobierno presentaba el Plan de Acción 2021-2024 Salud Mental y COVID-19 para atender al impacto psicológico provocado por la pandemia, un documento para complementar con una dotación de cien millones de euros la Estrategia de Salud Mental aprobada en el año 2006 en un momento excepcionalmente complejo.  

Según los datos con los que contaron para elaborar el documento y sus encuestas, casi el 11% respondieron que había tomado tranquilizantes, relajantes o somníferos y más del 4% antidepresivos. «Hemos pasado del silencio al debate, y del debate tenemos que pasar a la acción. Debemos dar respuesta inmediata a quienes tienen problemas de salud mental, pero también debemos abrir un debate social sobre las causas profundas y prolongadas que están en el origen de los trastornos de salud mental», sostenía Pedro Sánchez en el acto de presentación del Plan.

Una de las principales reivindicaciones al hablar de salud mental pasa, precisamente, por el fortalecimiento del sistema de salud. El Defensor del Pueblo ya lo denunciaba poco antes de la llegada del coronavirus: en la sanidad pública hay seis psicólogos por cada 100.000 habitantes; en Europa, de media, hay 18. Según el INE, en 2020 los profesionales colegiados en esta rama apenas superaban los 33.000 en todo el territorio nacional.

La escasez de profesionales en el sistema sanitario de salud hace que, con frecuencia, quien necesite ayuda psicológica que no pueda esperar meses acabe en una consulta privada. Eso, a su vez, agranda la brecha económica en esta materia o, dicho de otro modo, solo tiene acceso a las soluciones quien puede permitírselo. Los datos del CIS –que, por primera vez, hizo un barómetro de salud mental en febrero de 2021–, eran bastante claros al respecto: mientras un 22% de los que se sitúan en la clase alta o media-alta dijeron asistir a un profesional, en la clase trabajadora apenas lo hacía un 16%; sin embargo, un 18,5% de los pobres declararon haberse sentido «decaído, deprimido, sin esperanza» muchos días, frente al 6,2% de los ricos. 

«En España la atención psicológica, en una gran mayoría, solo la recibe quien puede pagarse la consulta privada. En la sanidad pública esa atención escasea supliéndose con la prescripción de fármacos, en ocasiones, de manera excesiva y perjudicial. De hecho, ostentamos el récord de ser uno de los países con mayor consumo de psicofármacos del mundo», denuncian desde el Consejo General de la Psicología de España. El dato descarnado asusta: más de 2,5 millones de personas consumen psicofármacos a diario en nuestro país y somos el país de Europa que más ansiolíticos consume.

Desde la institución reclaman medidas como que se triplique el número de psicólogos clínicos en el Sistema Nacional de Salud para alcanzar la media europea, se amplíen las plazas PIR y se incorpore la figura del psicólogo clínico a los Centros de Atención Primaria. «Es prioritario recordar que sin salud mental no hay salud, pero sin recursos, económicos y humanos, tampoco hay posibilidad de atender, con las debidas garantías, la salud mental», recuerdan.

Hablar, hablar, hablar

Al hablar de salud mental uno de los cambios más evidentes –y profundos– vistos en los últimos años ha sido, precisamente, la ruptura del estigma al hablar de ella. Si antes reconocer que se iba al psicólogo era considerado socialmente un motivo de vergüenza, hoy ha dejado de serlo. Al contrario: no ir a terapia es incluso una red flag.   

El pasado mes de mayo, en varias ciudades, los activistas de la salud mental convocaron el denominado Orgullo Loco, una serie de concentraciones y manifestaciones para reclamar mayores atenciones y mejoras en el trato a las personas psiquiatrizadas. Apropiándose del término loco al igual que lo hizo la comunidad gay con el maricón, las manifestaciones lograron convocar a miles de personas bajo el lema Contra las violencias psiquiátricas para protestar por las violencias sufridas por las personas institucionalizadas, la sobremedicación y la situación de discriminación que sufren.   

Más allá de las manifestaciones, en la era de las redes sociales, a romper el estigma de la salud mental en todas sus formas ha contribuido algo simple que, en estos temas, no lo era tanto: hablar de ello entre nosotros, en prensa, en Twitter o Instagram, pero también normalizarlo en los productos culturales que consumimos. Películas –la más reciente, Los renglones torcidos de Dios, la adaptación de la novela homónima de Luca de Tena ahora mismo en cartelera–, ilustradores, podcast…

Este último formato, quizá por la intimidad y la naturalidad de las charlas que suelen generarse en ellos, es uno de los que más han recogido la bandera de la salud mental. El llenaestadios Estirando el chicle ya tituló con un rotundo Id al psicólogo, chiquis uno de sus episodios en la primera temporada del programa, una reivindicación que ha sido constante desde entonces. Isabel Calderón y Lucía Lijtmaer también han convertido la salud mental en un tema recurrente en su Deforme semanal, por lo que fueron de hecho invitadas por Pedro Sánchez a la presentación del Plan de Acción mencionado antes. En el discurso les agradeció personalmente a ellos y a compañeros de podcast como Entiende tu mente o ¿Puedo hablar! su labor en la concienciación colectiva. «Yo quiero deciros a todos y a todas que vuestra labor es encomiable y os lo agradezco de corazón porque al final lo que hacéis es convertir vuestras experiencias en mensajes de concienciación social, de compromiso y de superación», subrayaba.

El podcast ¿Puedo hablar! conducido por Beatriz Cepeda y Enrique Aparicio es quizá uno de los que más ha explorado y reivindicado la salud mental en los más de 130 programas que acumulan ya. En ellos han hablado de ansiedad, de depresión, de adicción al alcohol o a la comida, de frustración, de culpabilidad, de suicidio… «La verdad está de moda. Antes lo estaba el postureo, ser artificial y jugar con ello. Así es como se conecta realmente con los demás. La gente descubre que su secreto es algo que le pasa a más personas», reconocía Cepeda hace unos meses en El País en una entrevista en la que hablaban precisamente de cómo mantener el podcast había afectado a su salud mental. Sin embargo, no piensan parar de reivindicarlo: acaban de estrenar Mal de la olla, un espectáculo teatral que lo aborda, como ellos, desde el chascarrillo; y están preparando ya un libro sobre el tema para todos los fieles del programa.

«Hablemos de que de poco servirá hablar de salud mental si acabamos banalizando esta problemática, si no se acaban haciendo medidas económicas sociales o sanitarias que tengan un impacto positivo en la sociedad», escribía hace unos días en Instagram el psicólogo Pablo R. Coca (más conocido por su faceta como ilustrador con el nombre de @occimorons) a tenor precisamente del Día Mundial de la Salud Mental. Hace poco más de un año publicaba Esas cosas que nos pesan, una novela gráfica en la que pone en valor el autocuidado y la necesidad de acudir al psicólogo cuando sea necesario, sin estigmas, hablando de las cosas que nos pasan y nos acaban pesando.

«La psicología no debe consistir en ‘arreglar’ personas para devolverlas a un sistema que, de por sí, no cuida para nada nuestra salud mental», concluía Coca en una entrevista reciente con 20minutos. Más inversión pública, menos estigma, más cuidado y apoyo mutuo son las claves de un cambio sistémico imprescindible para poner en el centro la salud mental. O, lo que es lo mismo, para que el bienestar de las personas sea una prioridad y consigamos, como sociedad, darle la vuelta a las cifras aterradoras cada día, no solo en el día mundial que marque el calendario.

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