The dog days of summer: la historia de Sirio, el perro que le da nombre al calor de agosto

Icíar Fernández

Estamos en ese momento del verano en el que es imposible que los muslos no se te queden pegados a la silla, ya sea la del bar de abajo de tu casa o la del chiringuito. Ojalá sea esta última. En las ciudades, el núcleo del verano es un poco la versión beta del apocalipsis: calles por las que podría pasar flotando una bola de paja en cualquier momento, el tubo del pingüino con el que te tropiezas cada mañana en el pasillo, que vestirte sea lo más cercano posible a no vestirte para tolerar el calor. No me extraña que en inglés los llamen días de perro, literalmente the dog days of summer. En español tenemos nuestra propia versión casi calcada: la canícula, que también viene del latín.


Un perro en el cielo

Aunque me gustaría, no estoy hablando de ponerte a buscar formas en las nubes. El perro protagonista de estos días nació en el cielo nocturno: es Sirio, la estrella más brillante que vemos desde la Tierra, que forma parte de la constelación Canis Major (el Can Mayor). Por eso los romanos lo llamaban dies caniculares, o sea, días de perro. Pero la cosa ya venía de antes.

Los egipcios se dieron cuenta de que la salida de Sirio —el momento en que la estrella vuelve a hacerse visible justo antes del amanecer, tras semanas de estar «escondida» por el resplandor del Sol— coincidía con la crecida anual del Nilo y con el pico de calor del año.

Más tarde, los griegos y los romanos no se quedaron contentos con la observación, y le buscaron explicación. Creían que el brillo de Sirio se sumaba literalmente al del Sol, y que esa combinación traía fiebres, sequías, tormentas repentinas y hasta perros rabiosos (lo que decíamos, una preview del apocalipsis). Hesíodo, en Los trabajos y los días, decía que en esos días “las cabras están más gordas, el vino sabe mejor, y los hombres están más débiles”. Homero también menciona a Sirio en la Ilíada y la describe como una estrella que trae fiebre y desgracia a los mortales.

Las estrellas y el termómetro

Hoy sabemos que Sirio está a 8,6 años luz de nosotros y que no tiene ningún efecto sobre el clima terrestre. El calor de agosto es cosa del sol, de la inclinación del eje de la Tierra, y del cambio climático, claro, pero nos quedamos con la referencia aún después de que la ciencia lo desmintiera. Además, lo del calor afectando a nuestra capacidad cognitiva que insinuaban a su manera los griegos, sí que es verdad. Así que si en pleno agosto sientes el cerebro más espeso de lo normal, no es cosa tuya: es literalmente más difícil pensar con calor.

Si en pleno agosto sientes el cerebro más espeso de lo normal, no es cosa tuya: es literalmente más difícil pensar con calor

¿Cuándo es entonces exactamente la canícula? Pues es que aunque antes era cierto que coincidía con la salida por el horizonte de Sirio, las fechas se han ido desplazando a causa de la precesión de los equinoccios.

Como una peonza que va perdiendo fuerza, el eje terrestre se bambolea muy lentamente, y tarda unos 25.800 años en completar un ciclo completo. En consecuencia, la posición de las estrellas respecto a nuestro calendario se va desplazando poco a poco, siglo tras siglo. Ahora mismo Sirio aparece por el horizonte en los primeros días de julio, mientras que en España se suele acotar la canícula entre mediados de julio a mediados de agosto, por ser la ventana en la que estadísticamente se concentran las temperaturas más altas del año.

Cuando no pasa nada, y por eso pasa de todo

El verano se ha ganado internacionalmente la fama de ser una época sin noticias. En inglés se le llama silly season (la temporada tonta) desde 1895: sin Parlamento, sin tribunales y con media Europa de vacaciones, los periódicos rellenaban páginas con lo que fuera.

En alemán es el Sommerloch (agujero de verano); en francés, la morte-saison (la temporada muerta) o la saison des marronniers, la temporada de los castaños, porque los mismos temas «florecen» cada año como el árbol. En holandés y buena parte de Europa del Este directamente se llama temporada de pepinillos (komkommertijd), por la cosecha de pepino que coincidía con esas fechas. Y es precisamente esa sequía de noticias “serias” la que abre la veda a las más disparatadas: monstruos marinos, tortugas gigantes escapadas de algún zoo, fotos de paparazzis de famosos en la playa, sucesos en pueblos de 200 habitantes donde nunca pasa nada.

En inglés lo llaman silly season, en alemán Sommerloch, en francés la morte-saison y en holandés, directamente, temporada de pepinillos.

De los pepinillos al cine

A la vez, este calor que todo lo espesa también ha sido el germen de muchas referencias culturales. La canción Dog Days Are Over, de Florence and the Machine; el libro y película del mismo nombre El diario de Greg 3: Días de perros (en inglés, Diary of a Wimpy Kid: Dog Days) usa el mismo título en español para hablar del tedio adolescente de un verano en el que todo sale mal; The Sandlot, la película de David Mickey Evans, que sucede durante un estereotípico verano de infancia americana, y Oslo, 31. august de Joachim Trier, aunque aquí el tono se vuelve más oscuro que en las otras referencias. 

Si te toca pasar la canícula en la ciudad, pues ya tienes un puñado de recomendaciones para ver, escuchar, y leer. Y ya sabes: saca el abanico, baja la persiana, y sé todo lo improductivo que puedas, si puedes. Bastante nos exigimos el resto del año como para no permitirnos unos días de rendirnos al calor y esperar a que pase.

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