Durarán más allá de nuestro olvido

Los objetos que conservamos a menudo hacen eternos a quienes una vez los poseyeron: ya sea una maleta que viajaba en un avión estrellado en los Andes o la nota en el bolsillo de un hombre asesinado, las cosas contienen historias que van más allá de su propia existencia física.


Cuando Héctor Abad Faciolince se agachó a abrazar por última vez a su padre recién asesinado el 25 de agosto de 1987, encontró en el bolsillo de su camisa empapada un viejo papel con un poema atribuido a Borges:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la Tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Quince años antes, un avión se estrellaba en los Andes chilenos. Gustavo Zerbino, uno de los pasajeros, se negaba a subir al helicóptero que, por fin, después de 72 días, venía a rescatarle. Llevaba una maleta en la mano que –así le dijeron los pilotos–, por el exceso de peso, las condiciones climatológicas y la dificultad de despegue a más de 3.500 metros de altura, no podía subir. «Si la valija no va, yo me quedo», confirmó sentándose sobre la misma.

La maleta pesaba, claro. Llevaba relojes, ropa, botas de rugby, algún pequeño crucifijo que sus compañeros colgaban al cuello, fotografías, cartas, poesías, una pulsera con el nombre de una novia, las mantas improvisadas que los taparon a todos, una máquina de fotos, el anillo de uno que estaba comprometido y una billetera llena de tarjetas que nunca más iban a funcionar. También llevaba el olor a un asado que comieron unos días antes de despegar, el sonido –a través de una de las fotos– de uno de ellos tocando los primeros acordes de una canción a la guitarra, la voz de otro rezando, como si saliese del amuleto que sí sobrevivió a la montaña.

Gustavo no dio su brazo a torcer. La maleta volvió, finalmente, para convertirse en un suspiro tangible al que se agarraba un padre, una madre, para poder recordar a través de los otros, lo que se había quedado la cordillera: 29 amigos.

Como Gustavo, Héctor Abad Faciolince también se jugó la vida por un objeto, el papel con las últimas palabras sin voz que su padre, médico de profesión, dejaba en una ciudad en guerra, Medellín. El papel no solo tenía un poema premonitorio, era un pedazo de historia y de vida, aunque las palabras fueran de otro. Podría haber sido una lista de la compra, el teléfono de algún vecino, un recordatorio para la semana siguiente. El contenido no era lo importante: la hoja escrita contenía una caligrafía única, el color de un cuaderno que su padre llevaba de la oficina a casa, un tachón que hablaba de un despiste –tan comunes en él–, un rato de sosiego en la cocina escuchando la radio, como a su padre le gustaba, en el único momento en el que Borges recitó esta poesía que no dejó nunca escrita.

Años más tarde, cuando vivía en Italia, en un exilio forzado por ser hijo de quien era, volvió a sacar ese papel y escribió El olvido que seremos, un libro inspirado en el primer verso del poema de Borges que su padre guardaba. Lo hizo por llevarle la contraria a su padre, como hacen todos los hijos: lo publicó para recordar, al revés de lo que su título prometía.

Héctor y Gustavo le temieron a la memoria, a la fragilidad que tiene el cuerpo, que siempre dura menos que los símbolos. Se resistieron a la posibilidad de que estos, muchas veces contenidos en objetos tangibles, se perdieran para siempre junto a su historia –la propia y la que le damos los demás– y se quedaran enterrados bajo un alud a más de 3.500 metros en los Andes o en el rincón remoto de alguna comuna colombiana.

Con los años, esos objetos que guardaron hicieron eternos a sus propietarios, la historia de su vida y lo que representaban. En la maleta de Zerbino había una colección que resultó fundamental para la construcción de la novela de Pablo Vierci –y su posterior adaptación en La sociedad de la nieve, película más premiada de los Goya en 2024–, pero también para entender la hermandad, los cuidados, las personas y su sociedad única en la montaña. La hoja de papel que Abad Faciolince encontró en el bolsillo de su padre hizo eterna su figura, su activismo, las prácticas de los paramilitares, la violencia en Colombia.

Cuando falleció la esposa de Borges, María Kodama, el escritor, que siempre había reflexionado profundamente sobre la vida y la muerte, el olvido y el recuerdo, dejó escrito un poema en el que daba un poder mágico a los objetos. Lo tituló Las cosas y va, precisamente, sobre aquello que nos sobrevive para contar nuestra historia y para reconstruir lo que es el recuerdo que seremos.

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¿Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.

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