Ilustración: Helena González

Que no nos roben la ilusión

Marta González-Moro

Empezar un texto analizando el origen etimológico de una palabra es un recurso literario tan socorrido como, en mi opinión, manido. Pero, por esta vez, merece la pena hacerlo: el idioma dice mucho de cómo evolucionamos, y el presente nos está pidiendo, casi a gritos, que nos detengamos, aunque sea un momento, a pensar.

Aquí va: ilusión, del latín ilusio, que significa engaño o burla. Deriva de illudere —jugar con, burlarse—. Para que nos entendamos: esta palabra nació para reírse de alguien. De hecho, en el Diccionario de la Real Academia Española, la primera acepción todavía conserva ese sentido. El otro significado, ese que habla de la pulsión que todos sentimos alguna vez cuando la posibilidad de algo nos mueve por dentro, queda relegado a un segundo puesto. Como si esperar algo mejor nos hiciera incautos.

Una vez, alguien me contó que en Saignon, Francia, en la casa de Julio Cortázar, había un cartel que leía: «Y ahora, ¿quién me saca de aquí?». Pienso mucho en esa frase últimamente. Resume a la perfección esa sensación que tenemos de estar atrapados en una época llena de desesperanza. Nos pesa, nos cansa, nos vuelve más cínicos de lo que querríamos admitir, pero nos cuesta quitarnos de encima ese desencanto.

«El deseo precede al cambio: nos ofrece imágenes, palabras, símbolos, conceptos y escenas desde los que empezar a construir algo distinto y nuevo»

Frente a esto, ilusionarse, que no es otra cosa que imaginar, nos permite preguntarnos si verdaderamente no hay salida o si, por el contrario, simplemente hemos dejado de buscarla. Hace poco, un estudio publicado en la revista Nature descubrió algo fascinante: cerca del 40% de las neuronas que se activan cuando miramos determinados objetos vuelven a hacerlo cuando los reimaginamos. La ilusión, por tanto, es una manera de empezar a diseñar la vida de otro modo. Una posibilidad todavía sin forma.

Y es ahí, en ese pequeño resquicio entre la realidad precaria que percibimos y la realidad anhelada que aún podemos imaginar, donde reside la esperanza. Porque el deseo precede al cambio: nos ofrece imágenes, palabras, símbolos, conceptos y escenas desde los que empezar a construir algo distinto y nuevo.

Eso es lo que compartimos hoy contigo este número: la certeza de que la ilusión existe y está en lo más cotidiano. En las formas de jugar, de leer, de vestirnos, de crear comunidad, de decorar nuestros hogares y de reconectar con la naturaleza. No podemos permitirnos perderla. Necesitamos reconciliarnos con ella para recordar que aún somos capaces de sentir, de interpretar y de reconocer la belleza incluso allí donde parece que ya no queda nada.

A pesar de que el ruido nos haga confundir la esperanza con ingenuidad. Porque quien tiene ilusión siempre verá —y hará— el mundo con una luz distinta.


Este editorial pertenece a Igluu N8, nuestro octavo número en papel, publicado en junio de 2026. Puedes solicitar el tuyo aquí.

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