El reinado de los disyoqueis y el esplendor de los templos del baile llevan años en declive. Hoy, los millenials y los zeta han cambiado la euforia del estrobo por el murmullo de la conversación en un bar. La pregunta es: ¿a qué se debe esta tendencia?
Quizá nostalgia sea la palabra que los boomers usarían para definir ese recuerdo de portero, sello y discoteca, ese ritual de fin de semana que durante sus décadas doradas fue sinónimo de libertad, de diversión, de vida. Mientras España comenzaba a reivindicar su legado artístico e histórico discotequero de los ochenta y noventa, con los españoles alzados ante el mundo entero como un estandarte del amor a las pistas de baile y la fiesta, algo en esta tendencia comenzaba a dejarse ir.
Cambian las costumbres, y con ellas el mapa del ocio, que se ha teñido de nuevos aires a lo largo de las últimas dos décadas. Tanto, que mientras las discotecas que aún quedan en pie siguen bailando al son de las generaciones que las llenaron, los millenials y los zeta han cambiado Pachá por el tardeo, los bares y las cafeterías.
En el libro Fiesta, Asier Ávila relata el origen, auge y caída de uno de los fenómenos sociales más importantes de nuestra historia reciente. Un relato colectivo que ha evolucionado al ritmo de la realidad social y política de nuestro país hasta llegar a un presente donde la tendencia a alejarnos de la Ruta del Bakalao se marca más que nunca.
Así lo afirma la Fundación de Ayuda a la Drogadicción (FAD): solo el 38% de los jóvenes españoles acuden con frecuencia a salas de fiestas o discotecas, apenas uno de cada tres frente a diez años atrás. Pero, ¿por qué este cambio en los hábitos de ocio?
Atribuir este fenómeno a una sola causa sería dejarnos fuera gran parte de la realidad histórica y social que se ha llevado por delante el 64 por ciento de las salas, según datos de la Federación de Asociaciones de Ocio Nocturno (Fasyde). Y, aunque ahora los motivos trascienden a los económicos, el declive sí tiene un origen claro: la crisis del 2008.
Con ella, el ocio nocturno fue una de las primeras víctimas: la «entrada + copa» comenzó a competir con el botellón. Y perdió. También los festivales, más rentables al albergar a varios artistas a la vez y ser al aire libre, han ganado terreno a los locales de noche.

Lo mismo ocurrió con los bares: horarios más amplios, precios más bajos, conversaciones tras la música. También leyes como la prohibición del tabaco en espacios cerrados o el aumento de los controles de alcoholemia y drogas fueron dibujando un nuevo mapa del ocio social.
Una profunda huella han dejado también fenómenos como la pandemia vivida en 2020 o tragedias como la del Madrid Arena, grabada para siempre en nuestra memoria colectiva. Las nuevas generaciones tienden hacia hábitos al aire libre, como las terrazas o los festivales, más alejados de las grandes multitudes, la música atronadora y la noche cerrada.
Y, por supuesto, también está el factor social. Vivimos en la era del scroll, es innegable, y aunque aún no alcanzamos a comprender sus verdaderos efectos en los hábitos sociales, el humor es siempre un aliado magistral para analizarlo: como este vídeo que circula por Tiktok y que reflexiona sobre cómo reacciona cada generación al recibir una visita inesperada.
Los boomers atienden felices la visita; los de la generación X lo hacen algo enfurruñados, pero lo disimulan; los millenials apagan las luces para que piensen que no están; los Z lo ignoran, simulan que el sonido del timbre no va con ellos.
Tras la aparente sencillez del vídeo, hay algo profundamente revelador: el desgaste de la vida social. «La manera de socializar ha cambiado a partir de las redes», explica la filósofa Nerea Blanco. «Hay cierta ansiedad social generalizada, porque estamos perdiendo habilidades sociales por culpa de las pantallas».
La apertura a la experiencia, explorar, conocer gente nueva, abrirnos a otros entornos, es una característica profundamente humana que siempre ha estado presente en la sociedad. Y las discotecas tenían mucho de eso. Eran escenarios de apertura, de nuevas experiencias, de exploración. Hoy existe un cansancio, un miedo, un agotamiento, una nueva manera de relacionarnos que nos hace estar más conectados pero también más aislados, explica Blanco.
«Las pantallas son un muro que nos va separando poco a poco, y nos da miedo luego salir a la realidad. Parece que la gente prefiere, cada vez más, quedarse en Matrix, en vez de salir de ella».
A esta falta de hábito social se suma la falta de espacios para socializar y crear comunidad. «Estamos perdiendo las calles y los parques. Hay menos bancos. Todo son terrazas, todo es consumo, y cada día más caro», afirma.
Al fin y al cabo, es difícil hacer match entre los zeta y la cultura discotequera en un mundo donde Tinder reemplaza al ligue, Spotify al DJ y los bares al after. Las grandes discotecas apenas resisten, han quedado para ocasiones especiales: cumpleaños, despedidas, noches remember que funcionan como cápsulas del tiempo para volver a trasladarnos a aquellos años dorados de la era disc jockey. Quizá la pregunta ya no es si la era de las discotecas volverá. La pregunta es si volveremos a vivir la noche como antes. O si, simplemente, cerraremos esa etapa como quien deja una canción hermosa, pero ya bailada.


