El club de las poetas muertas… pero muy vivas

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Desde hace unos años, nombres como los de Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik o Anne Sexton han vuelto a ocupar antologías y colecciones. Sus poemas, construidos sobre el dolor, la angustia o la desesperación, reflejan problemas de salud mental que terminaron trágicamente con el suicidio de las autoras. En un momento en el que el cuidado psicológico tiene el foco, hablar de ello es clave para la prevención.


En noviembre de 1989 se estrenaba una película que, más de treinta años después, sigue considerándose un clásico contemporáneo: El club de los poetas muertos. La cinta de Peter Weir estaba ambientada en un internado masculino a finales de los años cincuenta en el que los chicos, inspirados por un profesor (Robin Williams), creaban su propio club de poesía en el que leían a sus autores favoritos y recitaban sus creaciones.

Lo cierto es que, pese al nombre de la película, los poetas no tienen demasiado que ver en la historia más allá de impulsar la trama, que se centra especialmente en la severidad del centro educativo y de algunos de los padres de los alumnos. La obra de autoras, por supuesto, tampoco brilla en la película. ¿Por qué no un club de las poetas muertas? Tras décadas en las que han estado a menudo invisibilizadas en un mundo de autores, el mundo de la cultura ya reivindica a las poetas. Nombres como Alfonsina Storni, Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik, entre otras, han sido reeditadas en diversas antologías y colecciones para poner a la mujer en el rol de creadora y no de mera musa literaria. Al bucear en sus biografías, es fácil ver similitudes entre sus vidas, terminadas por ellas mismas.

El trágico final que ellas comparten y que ha sido un tabú durante décadas hoy va camino de dejar de serlo por las desgarradoras dimensiones que ha adquirido tras la pandemia. El suicidio es la principal causa de muerte no natural en España –en 2008 superó a los accidentes de tráfico; hoy, con más de 3.000 casos al año, los doblan–, con cifras especialmente preocupantes entre los más jóvenes. Conocer el problema y tratarlo sin romantizarlo es clave para la prevención.

Por eso, la obra de estas poetas muertas está más viva que nunca. No solamente porque algunas de ellas se hayan convertido en iconos, sino por la fuerza de sus versos y la forma de describir los sentimientos de dolor, pérdida y angustia que miles de personas viven cada día. En un momento en el que la salud mental tiene el foco público que no tenía cuando vivían las autoras, hablar de ellas es hablar de trastornos como la depresión posparto o el trastorno bipolar, que pueden tratarse para cambiar el final que ellas no pudieron.

Alfonsina Storni: perder la mirada y no volverla a encontrar

La poeta Alfonsina Storni (1892-1938) se encontraba en un balneario de Mar del Plata en la provincia de Buenos Aires. Era 1938 y llevaba tiempo luchando contra la neurastenia y, en sus cartas a sus seres queridos parecía batallar contra la idea de acabar con todo.

Alfonsina había revolucionado las letras argentinas y su influjo, claro, había llegado a España, lugar que visitó por recomendación de una amiga para distraerse de sus demonios. La poeta tenía un gran sentimiento de culpa, se instaba a sí misma a devolver los favores que le hacían aunque nadie se lo exigiera, creía que todo con el que se cruzaba la miraba mal o hablaba de ella o le resultaba molesta.

Storni daba pistas en sus poemas de lo que pasaría tarde o temprano («apagadle / la voz de madera, / cavernosa, / arrebujada / en las catacumbas nasales»). En sus últimos años sufrió de un cáncer de mama que le dejó grandes cicatrices por dentro y por fuera y que, parecía ser el impulso final que hizo que saltase de una roca al mar cuando tenía 54 años, como dice la versión oficial. En una mañana de finales de octubre fue encontrado, en la playa de La Perla de Mar del Plata, un cuerpo que flotaba en el agua. Se concluyó que era el de la autora y que se había lanzado desde un acantilado, aunque otra narración de los hechos sostiene que la vieron internarse en el mar lentamente hasta desaparecer. Así lo cantaría décadas después Mercedes Sosa con su voz rota en Alfonsina y el mar.

Casi veinte años antes de ese final, en 1919, Storni escribió Dolor, un poema que reflejaba su alma atormentada y que parecía casi una premonición. Sus versos finales:

Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.

Sylvia Plath: «morir es un arte»

La carrera de Sylvia Plath (1932-1963) estuvo ligada a la tragedia casi desde el principio. Se destapó como una autora precoz, que escribió su primer poema a los 8 años. En su novela La campana de cristal, ya trataba hablaba del suicidio, que había intentado llevar a cabo durante sus años de universidad. Con poco más de 20 años se casó con el también poeta Ted Hughes y cuando se enteró de que estaba embarazada, fueron a vivir a Reino Unido. Allí, los problemas del matrimonio se incentivaron, y la relación terminó por las infidelidades de él. Plath se mudó sola a un piso y, aunque al principio lo consideró el presagio de una nueva vida, no lo fue. Con poco más de treinta años y dos niños pequeños, metió la cabeza en el horno y abrió la llave de gas. 

Aunque se creyó durante un tiempo que las depresiones de la autora estaban marcadas por la prematura muerte de su padre, hoy la teoría más extendida es que tenía un trastorno bipolar que nunca fue tratado y que precipitó su final. Hoy, es estudiada por su enorme valor literario y también como una de las autoras que mejor visibilizó sus luchas internas contra la depresión.

«Morir / es un arte, como todo. / Yo lo hago extraordinariamente bien. / Tan bien que me parece el infierno», escribió la poeta. ¿Qué habría sido de ella si la salud mental hubiera tenido mayor consideración entonces? 

Alejandra Pizarnik: viaje hasta el fondo

El origen de Flora Alejandra Pizarnik (1936-1972) está entre Polonia, Ucrania y Rusia. Su familia emigró a Buenos Aires, donde creció y desarrolló su obra poética. Con la sombra de la Segunda Mundial estirándose hasta Argentina, su infancia no fue fácil. Con dudas comenzó a estudiar Filosofía, carrera que nunca terminó; se pasó a Periodismo y, después, a Letras… Más tarde se enfocó en la pintura hasta que abandonó todo método de estudio reglado y se mudó a París en los años 60. Allí escribió poemas, hizo traducciones y conoció y entabló amistad con escritores como Julio Cortázar y Octavio Paz. A su vuelta a Buenos Aires, Pizarnik llevaba bajo el brazo gran parte de su poética.

En el escenario literario del momento, Alejandra tenía fama de enfant terrible, algo que se traslucía en su poesía y que, es posible, que hubiera surgido de las propias letras y no de la autora. De hecho, quienes la conocieron entonces sostenían que se había metido tanto en el papel de persona atormentada que este acabó tragándola. La muerte de su padre en 1967 empeoró su situación y la hizo aún más dependiente de unas pastillas que ya tomaba.

La poeta acabó sus días interna en un centro psiquiátrico. Desde allí mantenía correspondencia con sus amigos, a los que ya les había compartido sus ganas de dejarse ir –«pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza, y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte», le contestó Julio Cortázar en su última carta–. Un día, pidió prestado a un amigo el libro Niebla de Miguel de Unamuno y, a los 36 años, un 25 de septiembre, las pastillas pondrían el punto y final. En una pizarra que había en su habitación había dejado escritos sus últimos versos: «No quiero ir / nada más / que hasta el fondo».

Anne Sexton: una canica en la garganta

Para la poeta Anne Sexton (1928-1974), ganadora del premio Pulitzer de poesía en 1967, la depresión comenzó tras el parto de su primera hija y ya no pudo salir de ella. El nacimiento de la segunda hizo que tuviera que ser internada y que acometiera su primer intento de suicidio el día de su cumpleaños. Tras ello, de un modo trágico y casi macabro, su médico le recomendó escribir poesía a finales de los años 50.

Se convirtió en una autora reconocida y valorada, pero el éxito de su obra no la salvó. «La muerte rueda en mi garganta como una canica», escribió. Convirtió la experiencia de ser mujer en el elemento central de su obra, tratando temas que entonces eran tabú como el aborto o las adicciones, pero finalmente no pudo superar una depresión que se había cronificado. Un día, tras revisar con su editora el manuscrito del próximo libro que iba a publicar –El horrible remar hacia Dios–, se puso un abrigo de piel, tomó un vaso de vodka y se encerró en su coche. A los 45 años, el monóxido de carbono sacó la canica de su garganta.

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