Diseño de Silvia Ruiz

El jardín contra el tiempo

Olivia Laing

La naturaleza puede ser catalizadora de una interesante visión del tiempo: circularidad, ritmos orgánicos, ecuanimidad ante la abundancia y el declive. En un presente de inmediatez y exageración, la naturaleza viene a recordarnos que ese paraíso tampoco es real.


El 17 de agosto anunciaron la prohibición del uso de mangueras. Yo había dejado de usarla hacía varias semanas. No soportaba regar el jardín, considerar que mi trozo de tierra era más importante que cualquier otro, y tampoco soportaba ver morir a mis preciadas plantas. Uno de los aspectos más terribles de aquellas semanas fue ver el jardín convertido en una nueva manifestación de egoísmo, un lujo privado con un coste compartido, más que un lugar opuesto a los impulsos más tóxicos del mundo, un refugio frente a sus prioridades, donde se da una mayor consideración a otras formas de vida. En mis años de protestas medioambientales, la jardinería me había parecido la mejor manera, y la menos perjudicial, de vivir una vida. Incluso mi decisión de convertirme en herborista había tenido su origen en la convicción de que cultivar plantas era una de las cosas más permisibles que podían hacerse a nivel ético. Pero un jardín es muchas cosas a la vez, tal y como ahora advertía: egoísta y altruista, abierto y cerrado.

[…] El tiempo del jardín no es como el tiempo ordinario en el que vivimos. Es distinto a un reloj de pulsera o a los números que brillan en la pantalla de bloqueo de un iPhone. Se mueve de formas impredecibles, a veces llega a detenerse por completo y siempre procede de manera cíclica, dando vueltas en una larga espiral de podredumbre y fertilidad. Prestar atención al jardín como si este fuera un reloj significa desarrollar una relación diferente con el tiempo: circular, no lineal, sumado a la aceptación de que una de sus etapas recurrentes es la muerte. «Et in arcadia ego», había escrito hacía meses en mi diario.

«Prestar atención al jardín como si este fuera un reloj significa desarrollar una relación diferente con el tiempo, circular, no lineal»

Ahora, a medida que las plantas morían a mi alrededor de un modo tan apocalíptico, comenzaba a darme cuenta de que había entendido fatal la relación entre la muerte y el jardín. Cabría pensar que había interiorizado la idea de que un buen jardín es un jardín inmortal, en constante estado de perfección, incluso después de haber rechazado la idea del jardín como un santuario sellado, un refugio del mundo exterior, con sus plagas y sus guerras. Pero nada de esto era posible. El jardín siempre participaba en una danza con la muerte. Era imposible que replicara el Edén: ese paraíso fecundo donde los manzanos dan frutos y flores a la vez; «los encendidos colores que las esmaltaban», dice Milton.

Hasta ahora me había resistido a esta enseñanza, empeñada en perseguir la cima de la perfección, sintiéndome una fracasada cada vez que algo se doraba o se marchitaba. Como si mi trabajo consistiera en mantener la ilusión visual, como si el jardín no pudiera lucir un buen aspecto a menos que yo lograra extirpar cualquier indicio de muerte.

Qué cosa más curiosa. Este era el legado más siniestro del Edén: la fantasía de una abundancia perpetua. Empezaba a ver hasta qué punto era en realidad una fruta envenenada. Muchos de nuestros comportamientos más perjudiciales a nivel ecológico están relacionados con un rechazo a lo perecedero y al declive, con nuestro afán de que siempre sea verano. Crecimiento permanente, fertilidad constante, protección continua, placer instantáneo, máximo beneficio, subcontratación de la mano de obra, el mantenimiento de cualquier prueba de contaminación fuera de la vista. La negativa del secretario de Estado a aceptar que no había agua para la central eléctrica era el epítome de esta mentalidad, y la sequía, su consecuencia. Ahora todo comenzaba a alcanzarnos. Aceptar la presencia de la muerte en el jardín no significa aceptar la marcha forzada del cambio climático. Es rechazar una ilusión de productividad perpetua, sin descanso ni remedio: una ilusión adquirida a un precio muy elevado, que pronto dejaremos de poder pagar, cuando inauguremos un verano sin fin y los campos ardan y los árboles se transformen en piedras.


Hace unos meses, llegó a nuestras manos el ensayo de Olivia Laing El jardín contra el tiempo: en busca de un paraíso común (Capitán Swing). Hemos querido compartir este fragmento con vosotros mientras esperamos a la primavera. Búscalo en tu biblioteca más cercana o hazte con él aquí.

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