No es el decorado ni el vestuario: es una mirada demasiado pulida, una piel perfecta, unos dientes blanquísimos que no cuadran con los tiempos que se vivían en 1800. En una industria cinematográfica obsesionada con la perfección, las caras empiezan a parecerse tanto entre sí que ya no encajan en ningún otro tiempo (que no sea el nuestro).
¿Alguna vez has intentado evadirte disfrutando de una película o serie de época y algo no ha acabado de encajar? No hablamos de que te distraigas para ponerte con TikTok y pierdas el hilo, sino de lo que hay dentro de esa producción de Hollywood, como que la cara no acaba de cuadrar con la época que toca. Es la llamada iPhone Face, el rostro de un actor que, a diferencia de quienes vivieron en el siglo que representa, sabe lo que es un smartphone.
Piénsalo con las últimas pelis. Si bien las interpretaciones de Timothée Chalamet en The King, Dakota Johnson en Persuasión, Millie Bobby Brown en Enola Holmes o Henry Cavill en Los Tudor son maravillosas, sus facciones cuentan una historia muy alejada de la época que pretenden representar.
Son ejemplos de un fenómeno cultural y subjetivo en auge: actores cuyos aspectos transmiten una estética excesivamente moderna, con mucha simetría, rasgos estilizados y cumpliendo con estándares de belleza muy propios del siglo XXI. Y hay algo inevitablemente desconcertante en ver cejas perfectamente delineadas, pieles uniformes y sonrisas de blanco nuclear en plena Inglaterra victoriana.
¿De verdad queremos fidelidad histórica?
Quizá sea una cuestión nuestra y, en el fondo, no queremos ver dientes sucios, damas despeinadas ni príncipes grotescos, por lo que estamos dispuestos a tolerar anacronismos si a cambio obtenemos cierta familiaridad estética. Puede que, de lo contrario, las producciones no funcionasen tan bien.
Incluir caras modernas en producciones de época facilita la digestión del producto: lo hace más accesible y atractivo para el espectador promedio.
Según el periodista Lorenzo Salamone en NSS Magazine, asegurando que «incluir caras modernas en producciones de época facilita la digestión del producto». Es decir, lo hace más accesible y atractivo para el espectador promedio.
Para los actores y actrices esto es una dicotomía complicada. Por un lado, se les critica por verse “demasiado modernos” en piezas de época; por otro, sienten la presión de someterse a procedimientos estéticos para mantener su atractivo en pantalla y seguir comiendo de su profesión.
La tendencia lo demuestra: en Hollywood, las cirugías y retoques estéticos no solo están a la orden del día, sino que aumentan año tras año. Si no, que se lo digan a Brad Pitt, Demi Moore, John Travolta o Courteney Cox, cuyos rostros parecen haberse detenido en el tiempo.
Es la contradicción eterna de Hollywood: se exige autenticidad, pero en los límites de la belleza hegemónica.
Esto supone una batalla especialmente difícil para las mujeres del sector. Si son demasiado guapas y contemporáneas, se dice que «rompen la estética de época». Si se alejan de esos estándares, inmediatamente son poco atractivas, nada versátiles e incapaces de sostener un papel protagonista. Es la contradicción eterna: se exige autenticidad, pero solo dentro de los límites estrictos de la belleza hegemónica.
Tal vez el rechazo a la llamada iPhone Face no sea solo una demanda de mayor fidelidad histórica. Quizá también es el reflejo de un cansancio social: no queremos más rostros perfectos y de estándares imposibles, sino diversidad de caras. Imperfectas, sí, pero también más humanas. La naturalidad es hoy un acto de rebeldía.


