En España, más de 9 millones de personas han nacido fuera del país. Muchas de ellas, experimentan un duelo migratorio atravesado no solo por la pérdida de las raíces, sino también por los obstáculos sociales que encuentran a lo largo de su proceso.
Ulises tardó diez años en volver a casa. Diez años de mares revueltos, tierras hostiles y despedidas forzadas. En La Odisea, Homero cuenta un viaje heroico, pero también desgastante, en el que un hombre alejado de los suyos es empujado a sobrevivir sin saber si algún día regresará. Más de dos mil años después, el nombre del mítico personaje sirve para describir una experiencia que viven millones de personas en el mundo: el estrés y la soledad crónica que solo siente quien migra.
Quinny Martínez sabía que el síndrome de Ulises existía cuando llegó a Barcelona desde su Colombia natal, pero prefirió llamarlo duelo migratorio: «Cargamos con duelos múltiples, como la pérdida de la tierra, la lengua, la comida, los afectos, el ritmo, el paisaje y el sentido de pertenencia». Sentadas en el vestíbulo del Centro de Artes Santa Mònica, me contó que su salud mental es débil, y que lo mismo les ocurre a tantas otras personas a las que acompaña en Mujeres del Maíz, un taller de escritura respaldado por Plataforma Cero en el que las participantes exploran los «múltiples significados que conlleva ser una mujer migrante en España».
La migración suele medirse en cifras, en impacto económico y en estadísticas que rara vez alcanzan a explicar lo que se pierde al cruzar fronteras. En las últimas décadas, sin embargo, el aumento de esta movilidad global ha permitido observar el fenómeno desde otras perspectivas, como la salud mental. Fue el psiquiatra Joseba Achotegui, profesor de la Universidad de Barcelona, quien describió este trastorno por primera vez en el año 2002. Desde entonces, la población extranjera en España ha crecido de forma exponencial: en 2025, más de 9 millones de personas residentes han nacido fuera del país.
El problema no es solo migrar
«…y Ulises pasábase los días sentado en las rocas, a la orilla del mar, consumiéndose a fuerza de llanto, suspiros y penas, fijando sus ojos en el mar estéril, llorando incansablemente…». La imagen que Homero construye habla de un agotamiento con el que muchos pueden hoy sentirse identificados. Aunque no todos los migrantes padecen el síndrome de Ulises, ni se trata de un trastorno mental en sentido clínico —tal y como señala el propio Achotegui—, se trata de un conjunto de síntomas derivados de un estrés extremo y sostenido en el tiempo, atravesado, además, por la exclusión social.
En otras palabras, los síntomas no surgen en el vacío. Se inscriben en trayectorias marcadas por la precariedad y la inseguridad administrativa. El estrés no procede únicamente del hecho de migrar, sino de las condiciones en las que se vive después: la incertidumbre constante, la falta de redes y la sensación de no terminar de encajar en ningún lugar. «El problema no es la migración en sí, sino la acumulación de obstáculos que impiden sentirse seguros y con derechos», indica la psicóloga Iris Carreira, a quien entrevisté para este reportaje.
Es precisamente por eso que, en muchos casos, el malestar no remite con el paso del tiempo. «La soledad no es silencio, sino ruido constante», dice Quinny. Un ruido que toma forma en trámites rechazados, acentos corregidos y derechos que no siempre se garantizan. Y cuando ese ruido se prolonga, el cuerpo responde con «cansancio profundo, dificultad para dormir, ansiedad, problemas de concentración, irritabilidad o una sensación constante de estar en alerta», añade Carreira.

Compartir la soledad
Frente a un malestar que tiene raíces sociales, las respuestas más eficaces también nacen del vínculo. Para Quinny, afrontar la soledad y el estrés migratorio pasa por el acompañamiento. «Nombrar lo que nos pasa juntas cambia la experiencia», explica. En espacios como Mujeres del Maíz, la escritura se convierte en refugio y en herramienta de acción colectiva: un lugar donde compartir duelos, reconocerse en otras historias y transformar el aislamiento en presencia compartida. Como con otros duelos, es evidente que la herida permanece, pero se vuelve más habitable.
Desde la psicología, la dimensión comunitaria resulta fundamental para abordar el síndrome de Ulises en la consulta. «Muchas personas no se reconocen en una etiqueta diagnóstica, pero sí en el agotamiento extremo; escuchar ese cansancio y validarlo es clave», explica Carreira. Entender el malestar desde su contexto permite evitar perspectivas reduccionistas y situar el foco en las causas sociales que lo sostienen. De lo contrario, la intervención —la medicalización, por ejemplo— corre el riesgo de actuar como una solución superficial ante una herida que requiere comprensión, acompañamiento, cuidado y afecto.
En ese cruce entre apoyo psicológico y acción colectiva se sitúa también la experiencia de Quinny. Crear espacios, tejer redes y poner palabras al duelo devuelve algo esencial: la posibilidad (que no tuvo Ulises) de atravesar la migración desde lo común. «Nos abrazamos en cada taller, en cada poema, en cada mirada que dice, “yo también”. El duelo migratorio no es debilidad, es humanidad, es la huella que deja el amor por lo que fuimos mientras caminamos hacia lo que aún no sabemos ser», concluye.


