Fuera de campo

«Lo gordo no he podido nunca camuflarlo con éxito, pero ser marica y ser de pueblo he procurado que resultaran marcas lo menos evidentes posibles durante muchos años», escribe Enrique Aparicio.


Una de las primeras lecciones de la narración audiovisual consiste en aprender a usar el fuera de campo: todo aquello que no se ve en pantalla, pero que también forma parte del relato. Seleccionar lo que se muestra al espectador, jugar con sus expectativas y generar con acierto en su imaginación aquello que debe completar, es una de las técnicas más importantes cuando se cuenta una historia.

Pero no solo ocurre en la ficción. Los seres humanos asimilamos y compartimos nuestras vidas de manera narrativa. Nuestra memoria ordena, discrimina y deshecha vivencias, nuestra lengua materna les da forma; a través de las conversaciones con los demás y con nosotros mismos, construimos el relato de lo que somos. O de lo que nos contamos que somos.

Si yo pienso en lo que soy, no puedo evitar empezar con una presentación, con la relación de elementos que entiendo que me describen, como lo haría con un personaje de ficción que debiera presentar en un guion: soy un maricón gordo de pueblo. Por supuesto, esta reducción química de mi ser es producto de mi experiencia vital, del relato que he construido de mi existencia. Solo ahora, a mis 35 años, he entendido y aceptado esas características como las más definitorias, tras toda una vida de intentar ocultarlas, cambiarlas o erradicarlas. Hoy comprendo, acepto y celebro que soy, sobre todo, un maricón gordo de pueblo.

Y quizás lo gordo, por razones evidentes, no he podido nunca camuflarlo con éxito, pero ser marica y ser de pueblo han sido marcas que he procurado que resultaran lo menos evidentes posibles durante muchos años. Esa penosa labor está en la génesis de mi primera novela, La mancha.

Su protagonista, Valentín, es un chico gay de 25 años al que la crisis económica le obliga a regresar a su pequeño pueblo manchego al inicio del verano de 2013. Como me ocurrió a mí, la vida le enfrenta a una colisión entre las dos identidades superpuestas que contiene. La del muchacho de pueblo asustado que cree que ser homosexual le coloca en la diana, aunque por generación se ha librado de una violencia demasiado explícita; y la del maricón libre que se marchó un día a la gran ciudad, y que sabía que neutralizando su acento y borrando todo resto de su origen y clase social sería más fácilmente aceptado.

Es decir, los dos personajes que Valentín se ha contado que es se encuentran cara a cara, y cada uno debe aceptar todo lo que del otro quedó en fuera de campo. Ese verano de crisis que atraviesa La mancha le hará comprender que ya no soporta esa división, que no aguanta más tiempo el desgarro que interpuso en sus dos vidas. Que debe reintegrarlas y ser lo que es: un maricón de pueblo.

Ojalá mi novela acabe siendo un ejemplo más del relato histórico de una realidad que simplemente debemos recordar para entender cómo han cambiado las cosas. Ojalá las personas del colectivo LGTBIAQ+ nacidas y criadas en entornos rurales observemos esas circunstancias como lo que son: parte de una esencia que quizás nos sirva de presentación, pero que no limita ni condiciona nuestro desenlace. 


Enrique Aparicio es periodista cultural, DJ y podcaster. Acaba de publicar La mancha (Plaza y Janés), su primera novela. Puedes seguirle en Instagram (@esnorquel).

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