¿Qué esconden nuestros desvelos? ¿Qué dicen sobre nosotros las noches sin dormir? ¿En qué personas nos convierten las horas de sueño que dejamos atrás? Actualmente, casi el 40% de la población occidental padece insomnio. En Las buenas noches (Seix Barral), el novelista Isaac Rosa utiliza las variables propias del oficio para ahondar en las claves contemporáneas que alimentan el insomnio: todas esas noches a plazos, y con plazos, que hablan sobre las facturas a pagar y los trabajos precarios, sobre hipotecas y alquileres, sobre cuidados y afectos que terminan por verse desplazados debido a los imperativos de un tiempo que distribuye el bienestar de forma desigual.
¿Qué se esconde tras el considerable número de personas que, en las sociedades contemporáneas, desarrolla problemas para dormir?
Aclarando de entrada que no soy un experto en la materia, solo un novelista, me parece evidente que nuestra relación con el dormir es síntoma y reflejo de nuestra forma de vida. No solo nuestros problemas para dormir, me refiero en general a nuestra relación conflictiva con el sueño, con el descanso, con la noche, el no poder dormir, pero también el no querer dormir, el consumo masivo de productos – fármacos, naturales, sustancias de todo tipo- para dormir y al mismo tiempo el consumo masivo de productos -fármacos, naturales, sustancias, drogas- para no dormir. Tomamos para apagarnos y para activarnos, para relajarnos y para excitarnos, para dormir y para despertar. No sé si en otras épocas se ha dormido más o mejor, pero la actual epidemia de mal dormir (lo de epidemia lo dicen quienes sí lo estudian) es propia de nuestro tiempo. Me interesaba narrativamente por lo que dice de nuestra forma de vida, de nuestras ansiedades y deseos, de nuestros conflictos y esperanzas. Mirando a nuestra noche se ve con especial claridad nuestro día.
Si conocemos el diagnóstico, ¿por qué no ponemos en marcha medidas que ayuden?
A mí me interesaba la dimensión colectiva del problema. Sin embargo, seguimos viéndolo como un problema individual. Es tu problema, tienes tus causas y buscas tus remedios. Pero cuando tanta gente duerme mal significa que es un problema social, colectivo, y por tanto las causas son también colectivas y los remedios deberían serlo. Está muy bien no comer ni hacer deporte dos horas antes de acostarte, apagar pantallas, no trabajar en el final del día, mantener la habitación a buena temperatura (otra cosa es si esos consejos de “higiene del sueño” son compatibles con las vidas de la mayoría); pero seguramente ayudaría más a nuestro buen dormir una reducción de jornada laboral, una política pública de vivienda, un ritmo de vida menos agónico, un control democrático de las grandes tecnológicas… Medidas que tienen dimensión colectiva, y que suelen quedar fuera de los consejos para dormir mejor. Pero contestando a tu pregunta: no se toman medidas entre otras razones porque el mal dormir es funcional al capitalismo en su actual fase.
¿Queda alguna categoría de lo humano, en nuestras vidas, que no se mida bajo la cuestión económica?
Por supuesto, quedan, y las que no, deberían serlo, y deberíamos pelear por ello. Si hablamos del dormir, habría que defender el buen dormir como resistencia, ya que todo parece conspirar para que no durmamos. Ante un sistema sostenido sobre nuestra falta crónica de sueño y nuestro agotamiento, dormir, descansar, se convierten en gestos políticos, de resistencia. Y quien dice el buen dormir dice el vivir a otro ritmo, la desconexión, el paseo, la lectura, el tiempo con nuestros seres queridos, el cuidado… Todo aquello que hoy está amenazado tiene potencial para convertirse en resistencia, aunque pueda parecer ingenuo, y no descarto que lo sea: quizás la ingenuidad es también una resistencia contra el cinismo dominante.
«Quedan categorías de lo humano que no se miden económicamente, y deberíamos pelear por las demás»
El protagonista de Las buenas noches vive a medias. Anhela otra vida que se encuentra con motivo de su insomnio y que, en realidad, es una vida que guarda más relación con los deseos propios que con lo real. Se ha acostumbrado a la incertidumbre y al miedo. En un tiempo tan ligado al imperativo del deseo propio, a esa escucha perpetua de «te lo mereces», «hazlo por ti» y demás proclamas del (neuro)marketing, ¿cómo hacer para estar en el deseo de los otros y abandonar el propio?
El lema de nuestra vida es, desde hace décadas y cada vez más, «sálvese quien pueda». Y eso incluye «duerma quien pueda», «esté sano quien pueda» «o cuídese quien pueda». Me espanta, por ejemplo, cómo el discurso sobre el cuidado (que pareció ser central años atrás) ha derivado hacia una versión perversa: el autocuidado, «el cuidado empieza por uno mismo», «saca tu mejor versión». Toda esa cháchara de la autoayuda.
«El lema de nuestra vida es, desde hace décadas, “sálvese quien pueda”; eso incluye “duerma quien pueda” y “esté sano quien pueda”»
Te preguntaba antes por el miedo. ¿Cómo no fuimos capaces de ver su magnitud?
Como el mal dormir, el miedo es funcional al sistema. Históricamente, el miedo se ha utilizado siempre como forma de dominación y disciplinamiento, y hoy lo hace de formas más sofisticadas. En los últimos años, el miedo se ha visto agravado por algo peor: la desesperanza. Es verdad que vivimos tiempos inciertos, pero esa incertidumbre no necesariamente tiene que conducirnos a lo peor, y sin embargo la desesperanza, el fatalismo y el derrotismo nos hacen olvidar que en esa condición incierta podría caber también lo hoy impensable, no necesariamente apocalíptico. Lo que de verdad define nuestro tiempo, lo que nos distingue de generaciones anteriores, no es tanto el miedo como la desesperanza.
«Vivimos tiempos inciertos, sí, pero la incertidumbre no tiene por qué ser sinónimo de desastre: también puede abrir espacio a posibilidades que hoy todavía nos cuesta imaginar»
Eres uno de esos novelistas que siempre ha dedicado especial atención a pensar los vínculos que se establecen entre las personas en la intimidad de lo cotidiano. ¿Por qué debemos seguir creyendo en el amor y en el amar?
Es parte de esa “vida buena” que incluye todo lo anteriormente mencionado (dormir, descansar, desconectar, pasear, leer…, vivir, en definitiva), y, por tanto, con potencial para ser otro espacio de resistencia. Lo que pasa es que el amor puede ser tanto una forma de resistencia (anticapitalista, si quieres) como una construcción ideológica por la que el mismo capitalismo se mete hasta el fondo de nuestros hogares, de nuestras vidas, de nuestra alma. Y lo que hemos conocido en los últimos tiempos es lo que Arlie Russell Hochschild llamó «la mercantilización de la vida íntima».
En ese ejercicio, el amor a los hijos e hijas resulta todo un contrapoder para los imperativos de nuestro tiempo. Estamos siempre hablando de las renuncias que hay que hacer cuando se tienen hijos, pero poco hablamos de ese manantial de amor y ese suelo que conceden. ¿Qué es amar a un hijo?
He citado a Arlie Russell, y recuerdo que le leí una idea muy interesante: hablaba de los “dolores reflejo” que causa el capitalismo en nuestras vidas. Un dolor reflejo es aquel que se manifiesta en una parte diferente del cuerpo de donde se origina el problema de salud: tengo una lesión en la rodilla que al caminar con dificultad me acaba provocando dolor en la espalda. De la misma forma, una política de recortes sociales o un ajuste empresarial de plantilla pueden acabar reflejados en un padre furioso que le grita a su hijo por una minucia. Demasiadas veces nuestros hijos sufren por todas esas tensiones y conflictos que atraviesan nuestras vidas. Criar un hijo supone en primer lugar tiempo, y esa es una de nuestras mayores batallas hoy, el tiempo que nos roban o malvendemos para sobrevivir. Es algo que como padre me preocupa mucho y a menudo me hace sentir culpable.
Hay un capítulo en el que enumeras todos los motivos por los cuales deberíamos tener problemas para dormir porque la vida se ha puesto de tal manera que lo natural es el mal dormir. Te propongo un juego: dame algunas razones para dormir bien.
Como dije antes, como una forma de resistencia: si no quieren que durmamos, si el sistema entero parece diseñado para impedirnos el sueño, desde el trabajo a la tecnología pasando por las condiciones materiales de vida y la aceleración enloquecida en que vivimos, peleemos por nuestro buen dormir. Ya sé que es fácil de decir y no tanto de hacer, pero deberíamos convertir el buen dormir en una batalla colectiva equiparable a no trabajar tantas horas, pagar alquileres justos o no comer alimentos ultraprocesados porque los frescos sean más caros; un problema de salud pública y de calidad de vida. Y un gesto político, claro: en vez de presumir de levantarnos a las cinco o dormir solo cuatro horas, yo prefiero a quien dice en público eso de «yo sin dormir mis ocho horas no soy persona».
¿Qué grado de responsabilidad tenemos en todos los cambios que se han producido en lo humano debido al empleo de las pantallas?
Hablamos de lo tecnológico como si fuese un fenómeno de la naturaleza, un terremoto o una tormenta ante la que solo podemos protegernos como podamos (de nuevo el «sálvese quien pueda»). Y no lo es. Parece que hemos renunciado a que nuestras democracias actúen contra los abusos de esas multinacionales, como si no hubiese nada que hacer, de modo que nos conformamos con atenuar sus peores efectos, o tomamos medidas que generan nuevos problemas o amenazan libertades (y cuya aplicación dejamos en manos de las mismas tecnológicas). Ya tenemos evidencia de sobra para afirmar que los efectos nocivos de las grandes tecnológicas sobre nuestras vidas no son efectos secundarios sino el objetivo principal, lo que buscan. No es que el deterioro de la salud mental, la falta de sueño, la privacidad amenazada, la degradación de nuestras democracias o el daño a nuestros hijos sean el precio indirecto a pagar, indeseado pero inevitable, por disfrutar de la tecnología; al contrario: es que ciertas tecnologías están diseñadas para conseguir esos efectos, el daño social es la base de su negocio. Y ante ello no hay resistencia individual, no vale con que tú hagas un uso moderado del móvil, salgas de las redes sociales o retrases la edad de acceso de tu hijo. Son medidas todas buenas pero insuficientes, porque individualmente no tenemos fuerza para resistirlas.
¿Cuál sería el principal trastorno de nuestro tiempo por el empleo masivo de las pantallas?
Mi relación con la tecnología siempre es templada, ni tecnooptimismo ni tecnopesimismo: ni participé de la tecnofilia de hace años (cuando las redes sociales iban a ser la nueva plaza pública, la cultura sería libre, prescindiríamos de intermediarios extractivos y nuestros hijos aprenderían con pantallas en clase), ni compro la actual tecnofobia (cuando las redes sociales son una cloaca de odio, la cultura es precaria, dependemos de la intermediación de grandes empresas casi monopolísticas, y nuestros hijos están a merced de las mismas pantallas que hoy consideramos nocivas). El problema no es la pantalla, sino quiénes son sus propietarios, y qué hacen nuestras democracias al respecto.
«O conquistamos una calma para todos, o no la habrá para nadie»
Tal como estamos hablando, esta es una novela profundamente política pues busca hacernos pensar sobre cómo participamos del actual modelo de convivencia social, cultural, laboral y económico. Centras ese análisis en la vida de un profesional autónomo del sector cultural con distintos trabajos al mes, plazos, burocracia electrónica y cansancio. En la actual sociedad, tener trabajo ya no exime de caer en la pobreza. El coste de la vida es tal que tu salario, en ocasiones, no permite llegar a final de mes. Si trabajar no es suficiente, ¿qué hacemos con el trabajo?
Quería que el protagonista fuese un trabajador autónomo de la cultura, porque somos un colectivo especialmente precario, siempre lo hemos sido. Me interesa la discusión sobre el trabajo, vuelvo una y otra vez sobre ella, pero no tanto la pregunta sobre las condiciones de trabajo como sobre el trabajo en sí mismo. Por qué trabajamos así, por qué lo aceptamos. Y, por tanto, si no podría ser de otra manera, si no podríamos organizar las tareas productivas de otra manera. Hemos naturalizado una forma de trabajo, la propia del actual sistema económico, y la hemos asimilado a la condición humana, al trabajo como actividad humana. Pero durante milenios la producción y reproducción en sociedad se organizaron de otras maneras, no mejores, pero sí diferentes; lo que significa que en el futuro podrían ser de otra manera también, incluso de formas mejores. Una de las manifestaciones más dolorosas de nuestra falta de imaginación política está ahí precisamente: en la absoluta renuncia a imaginar otras formas de trabajo. No digo a ponerlas en práctica, ni siquiera a imaginarlas.
Hay una parte de la novela muy hermosa que pasa por los cuerpos de los dos insomnes. Cómo se reconocen en los huecos que dejan nuestros cuerpos en otros, en el olor del cabello, en el tacto aprendido. Esa memoria en torno a un cuerpo, lo físico como llama que siempre arde. Donde espera la calma y el sosiego.
Claro, lo que los dos protagonistas encuentran cuando están juntos no es tanto el dormir como esa calma, la capacidad de salir del mundo por un rato, de abrir un paréntesis, como si una campana cayese sobre ellos y dejase fuera el ruido y la ansiedad. Creo que es un anhelo muy de nuestro tiempo, esa búsqueda de calma, dónde está la palanca para detener esto o al menos bajar el ritmo. Parece que solo es posible de forma accidental: la pandemia o el apagón de unas horas hace un año, cuando de pronto todo se detuvo y bromeamos y fantaseamos con que el apagón durase unos días, por esa necesidad de parar. Como en tantos anhelos contemporáneos, la respuesta es colectiva: o paramos todos, o bajamos el ritmo entre todos, o conquistamos una calma para todos, o no la hay para nadie.


