Lucía Carballal
Foto: Valeria Mittelman

Lucía Carballal: «Viene un mundo que no podremos comprender con una sensibilidad analógica»

Cuatro guionistas encerrados en una sala debaten cómo reconducir la trama de una ficción de éxito después de que la gente incendiara las redes por un final de temporada que no gustó. Así comienza la obra Los pálidos, aunque eso es solo una percha para hablar de otras cosas como el poder, el miedo al fracaso o la responsabilidad de quienes cuentan historias con la sociedad pero, sobre todo, consigo mismos. Tras ella está Lucía Carballal (Madrid, 1984) que, además de guionista de series como Vis a vis o La edad de la ira, es una de las dramaturgas con voz propia del teatro español. Con una decena de obras estrenadas –cinco de ellas recogidas en el libro Las últimas (La Uña Rota, 2021)– y tras más de un mes agotando entradas en el Teatro Valle Inclán, Los pálidos termina su gira por España, en la que ha recalado en Gijón, Sevilla, Logroño y Zamora. Con ella, además, Carballal se estrena en la dirección.


Como guionista de quizá uno de los grandes éxitos televisivos de los últimos años, ¿cuánto de realidad hay en una situación como la que se vive en esa writer’s room?

Bebe de algunas situaciones que he vivido, pero no era mi intención hacer un retrato fiel sobre la realidad de una sala de guion. Cuando escribes series te preguntas cómo conseguir la atención del espectador y su emoción, cómo van a entenderse determinadas cosas, qué mensaje parece que quieres transmitir… pero creo que forma parte de la escritura en sí: sabes que vas a ser leído de distintas maneras y decides cuánto te vas a dejar condicionar por esas reflexiones. En Los pálidos, el mundo de la televisión es solo una excusa para hablar de temas más grandes.

¿Son los creadores quienes le construyen a la sociedad una imagen del mundo, o es la sociedad la que construye la visión del mundo que cuentan los creadores?

Es una relación de ida y vuelta. Si miramos atrás, las historias más importantes son las que han tenido la capacidad de ayudar a dar un sentido a algo que en la sociedad aún no tenía forma, era incipiente o estaba escondido. Lo que hace relevante a una ficción es la capacidad para adelantarse a lo que está pasando y contribuir a una normalización de determinadas situaciones, incluso a un progreso. Al mismo tiempo, para ser comprendida, tiene que ser un espejo de las cosas tal y como son y hacerse eco de la realidad del espectador.

Natalia Huarte (María) e Israel Elejalde (Jacobo), durante una representación de Los pálidos. Foto: Centro Dramático Nacional.

El personaje de Jacobo representa al hombre poderoso, símbolo de un modelo social que, hasta hace poco, apenas había tenido contestación. En la obra se plantea dónde quedan los tipos como él, que asumen que los tiempos están cambiando, pero que se revuelven por temor a quedarse al margen y fracasar.

La obra se construye en torno a la caída del personaje de Jacobo y el ascenso en paralelo de María, una chica de treinta y pocos años, activista, lesbiana y que representa todo lo contrario a él. Pero lo que subyace y da a la obra un punto más contradictorio es la idea de si el sistema nuevo que propone María va a ser posible en una estructura laboral y económica tan poderosa como es el sistema de Jacobo, en el que vivimos: cuánto de toda su ideología y su sensibilidad va a resistir, si el mundo podrá con ella. De hecho, quizá la pregunta más incómoda de la función tiene que ver con que es el propio sistema el que ha exigido a alguien que sea lo que no es, porque el gran error de Jacobo es escribir una ficción con unos valores con los que no se identifica.

Todo lo que está bajo esa pregunta que le hace él a María: «¿Cuidaréis de toda esa gente que estáis derribando?».

Existe un dilema sobre cómo conciliar la idea de sustituir a toda esa gente que algunos consideran obsoleta con la de cuidar a quienes están al margen. De alguna forma, en la obra se pregunta si podemos encontrar la forma de que esos procesos de sustitución tengan en cuenta a la gente que se queda fuera, como Jacobo.

«Los teatros son espacios de representación: todo el mundo debería tener su lugar en ellos»

Perfiles como el que él representa suelen culpar de quedarse fuera a la llamada «cultura de la cancelación».

A mí la palabra cancelación me genera muchos problemas. A veces de forma involuntaria, hablar de la «cultura de la cancelación» nos lleva a un discurso un tanto conservador: cuando se dice que cancelamos a determinadas personas, parece que los estamos sacando del sistema de forma injustificada cuando hay ocasiones en que esa expulsión es merecida. Sí creo que es interesante la reflexión de que todos algún día seremos relevados. A veces nos colocamos como representantes del espíritu de los nuevos tiempos, pero llegan nuevas generaciones e ideas. Con la crisis ambiental y los cambios en el ámbito tecnológico, viene un mundo que quizá no vamos a poder comprender con nuestra sensibilidad analógica. Muy pronto nosotros estaremos en la posición del que es mirado como alguien que ya no puede decir o aportar nada. En la obra trato de preguntarme cómo me sentiré cuando eso suceda, en un ejercicio de empatía con un personaje que ahora mismo representa lo contrario a lo que me caracteriza.

Esa manera de mirar a las anteriores generaciones también la plasmas en Las bárbaras con respecto al feminismo bajo la perspectiva de una relación madre-hija, o a la literatura en una relación de pareja en el caso de La resistencia. ¿Puede la ficción ayudar a construir un puente intergeneracional?

Los vínculos personales son vías de apertura a un diálogo que puede ser también social o colectivo. Los lazos que nos unen a los demás y la mirada amorosa hacia alguien que nos importa son un canal hacia la empatía: ponernos en el lugar del otro nos ayuda a entender que existen unas circunstancias y unas sensibilidades que van más allá de sus palabras, algo que condiciona su manera de percibir el mundo. Tratar de entender eso es un ejercicio profundamente humano y también literario.

Israel Elejalde (Jacobo), Miki Esparbé (Max) y Manuela Paso(Gloria), durante una representación de Los pálidos. Foto: Centro Dramático Nacional.

Eso también ayuda a dar más espacio a la posibilidad de dudar y la necesidad de convivir con nuestras contradicciones e imperfecciones.   

Es un asunto con matices, pero no creo que la búsqueda de un discurso puro y sin fisuras sea solo el capricho de una época. Hay algunos condicionantes claros, como es el auge de la extrema derecha en el espacio político, que ha cambiado la visión de los asuntos sociales y de los conflictos personales: por el propio deseo de confrontarlo, por el terror a que su ideología vaya calando, parece que todos debemos tener un discurso igual de monolítico. El problema es que al final son ellos quienes marcan la agenda y la sensibilidad de una época cuando no deberían tener ese poder, es decir, la necesidad de una militancia creativa no es injustificada y tiene un origen que comprendo, pero creo que podemos ampliar el espacio. Nuestra mayor capacidad como humanos es precisamente la de sostener asuntos difíciles con ciertas contradicciones y grietas, asumir las sombras y el misterio que nos acompaña en cada aspecto de nuestra vida. Como creadores, no podemos darle la espalda a eso, porque dejaríamos de reflejar la complejidad de la realidad.

«Los creadores tenemos que reflejar la complejidad humana de sostener asuntos con ciertas contradicciones y grietas»

Se ha avanzado a la hora de visibilizar historias que hasta hace no mucho no tenían una representación –o no una demasiado fiel– a la realidad, como es el caso de las mujeres, las personas LGTBI, con ejemplos que van desde Veneno a Heartstopper o Fleabag. ¿Que haya creadores de esos colectivos y puedan reflejarse en la ficción ha ayudado a ajustar la imagen de una sociedad más heterogénea?

Uno de los grandes debates que hemos vivido en los últimos años se ha producido en el debate en torno a la representación: quién sale en las historias y quién decide y escribe lo que se cuenta y lo que no. La llegada de nuevos narradores que se salen del perfil hegemónico tan conocido del hombre blanco heterosexual es una de las cosas más positivas que ha sucedido en la ficción, porque ha ampliado el campo de juego y ha añadido puntos de vista y sensibilidades. Como los parlamentos, las salas de guion o los teatros son espacios de representación: todo el mundo debería tener un lugar ahí o, al menos, la posibilidad de acceder a ellos.

Para quienes consideran que una sirenita negra es casi el fin del mundo, la homogeneidad se ha roto más por postureo o presión woke que por convencimiento.

Yo creo que es un movimiento propio de nuestra época, una gran ola que responde a un cambio de mentalidad muy profundo y a una necesidad de seguir avanzando. Claro que puede que haya gente que no lo comprenda y que se sume solo para no ser percibido como alguien que se queda atrás, que tome acciones que sean pura cosmética… pero no me parece el punto central del debate. Mucha gente sí está reflexionando y cambiando su manera de actuar porque nos hacemos preguntas que hace un tiempo no nos hacíamos. Estamos en un momento de cuestionarnos los valores en los que hemos crecido, la ficción que hemos visto de niños o adolescentes y cada uno resuelve esas dudas a su manera, pero el avance es irreversible.

«Estamos en un momento de cuestionarnos los valores en los que hemos crecido, y cada uno resuelve esas dudas a su manera»

Ahora que le damos una vuelta a lo que vemos, ¿qué papel sigue jugando la televisión?

Sirve para crear referentes a gente que quizá no los haya tenido previamente. Esa es una reflexión importante que tenemos que hacer los creadores desde las ciudades, desde nuestras pequeñas esferas culturales y progresistas. A veces nos olvidamos del poder que tienen las historias para la gente que está fuera de esos escenarios en los que nos movemos nosotros. Estamos lanzando imágenes e historias que llegan muy lejos, a lugares y personas que no conocemos. Ahí reside la principal dificultad de lo que hacemos: conciliar el gran poder de la ficción televisiva para llegar a gente totalmente distinta con el ser fiel a la propia narración, sin ver las tramas solo como un vehículo para trasladar un mensaje, algo peligroso para la calidad de las historias.

Para terminar, nosotros decimos que queremos ser un refugio para las buenas personas y las buenas ideas que quieren cambiar el mundo. ¿Cómo puede el teatro, el contar historias, contribuir a ello?

Construyendo un lugar para la escucha en una sociedad que nos exige enunciar opiniones permanentemente. El teatro es un espacio en el que se puede escuchar, porque allí no vas a decir tus cosas, sino a permitirte salir transformado de él. Eso es lo más difícil de conseguir… pero, a veces, se puede.

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