Fotografía: Patricia J. Garcinuño

«Somos aquello que perdemos»

Las citas iniciales imprimen carácter a los libros. En sus tres novelas, Manuel Jabois (Sanxenxo, 1978) ha elegido frases de Xacobe Casas. «La muerte siempre me hace llegar tarde» es la que abre la última de ellas, Mirafiori (Alfaguara, 2023). En ella, una mujer le cuenta al hombre al que ama una de esas cosas que solo pueden contarse si hay amor de por medio: que ve fantasmas. Por fortuna, a él no es la muerte la que le hace llegar tarde, sino el ritmo frenético de las tareas de promoción que se suman a su trabajo en El País y en Hora 25. La fotógrafa le espera en el Club Matador de Madrid, frente a la barra del Clandestino, probable testigo mudo de muchas historias de amor (y de fantasmas). Al otro lado de la puerta, decenas de personas esperan a que se abra la puerta para escucharle.


El geólogo James Hutton denominó discordancias a aquellas sucesiones de rocas de distinta composición que mostraban un pasado remoto y permitían interpretar las edades de la Tierra. Una expresión que sale a flote durante la lectura de Mirafiori de Manuel Jabois, pues comparten un mismo latido: las maneras que tenemos de estar en el mundo y las huellas que dejamos en otras personas; también las que dejan en nosotros y contribuyen a conformar las edades del mundo propio.

La envergadura de esta novela va mucho más allá de una historia de amor, y reducirla a ello sería renunciar a su complejidad. Utilizando coordenadas y habilidades narrativas –y algún que otro laberinto–, el libro ofrece la posibilidad de pensar sobre cuestiones contemporáneas que abarcan desde la soledad hasta el imperativo de la máscara, la vida como simulacro. También camina sobre uno de los suelos firmes que sostienen la trayectoria de Jabois, el concepto de tiempo y, sobre todo, la piel que adquiere cuando ese tiempo pasa a ser memoria.

Lo que haces en torno a la alteración de la realidad, con el empleo de la presencia de fantasmas en nuestras vidas, dota a la novela de un sabor excepcional.

Me interesaba ese juego de interpretación de interpretaciones. La realidad es extremadamente compleja, no es una línea recta ni un camino trazado ni conocido, por mucho que pensemos que estamos de vuelta de algunos lugares, especialmente los que tienen que ver con los afectos, el amor y el sexo. Lo íntimo. Quien no tenga esa mirada ante la vida, quien haya perdido esa capacidad para el asombro que atraviesa Mirafiori quizá debería revisar algunos asuntos de sí mismo. Son personas que se han puesto un precio, que muestran una cara u otra según con quien se relacionen. No me interesa esa manera de estar en el mundo, sinceramente. Quiero que me sigan sorprendiendo, para bien o mal. Que me sigan llevando a terrenos que siquiera intuía que existían, aunque los tuviera a la vuelta de la esquina.

¿Hay que ser otro para poder estar en el mundo? Para sobrevivir, para enamorarnos, para salir adelante. Para quedarte a vivir como parte de la memoria de las personas que hemos querido.

Creo que deberíamos, y más en este presente, plantearnos a qué nos referimos cuando decimos estar vivos o vivas. La vida es en movimiento, siempre. Solo te pueden pasar cosas cuando dejas que la vida se mueva y te sacuda. Si te quedas esperando a que algo suceda, si te dejas colonizar por el miedo o la cobardía, la vida solo te va a mostrar su peor parte y te vas a volver cada vez más pequeño. Valentina Barreiro, mi personaje, conoce bien esto: puede que su vida no saliera como esperaba, pero dejó que fuera vida.

Fotografía: Patricia J. Garcinuño (@garcinunophoto)

Valentina Barreiro es actriz, una profesión que consiste en interpretar papeles, dar carne a otros cuerpos. Esto te permite jugar con el cómo miramos cuando nos miran otros. La estrategia de las apariencias.

En la novela hay muchas capas y texturas. Valentina era el personaje que me permitía hablar sobre esa obsesión que tenemos con la búsqueda de los planos perfectos, el dar siempre nuestra mejor versión, lo aparente, evidente y obvio. Confundimos interpretación con impostura y, claro, con las redes sociales y este tiempo desquiciado muy pocos pueden asegurar que pisan tierra firme. A estas alturas, muchos ya no saben ni quiénes son cuando se miran a un espejo y eso resulta aterrador, sobre todo, si lo miras con cierta perspectiva. Valentina es distinta, la quise hacer así. Ella se mueve y se comprende desde una única oportunidad, su instinto la lleva a que no puede haber otra toma. Esto choca con el narrador, el cómo se construye y se entiende él.

«Solo te pueden pasar cosas cuando dejas que la vida se mueva y te sacuda»

Hemos desarrollado una relación extraña con el errar y su ejercicio cuando vivir es equivocarse. Esto también impregna parte de la novela: el miedo a estar a la altura de la vida. ¿Nos podemos permitir el error?

Asumir cualquier riesgo está penalizado y es una penalización alta. Por un lado, está lo que los demás esperan de nosotros, una aspiración absurda porque las expectativas no tienen sentido en este tiempo tan cosido a la incertidumbre y por la falta de relaciones profundas, y con arraigo entre personas. Nos movemos en lo epidérmico, en el terreno de la complacencia: queremos escuchar solo aquello que nos quede bien y decir aquello que el otro quiere escuchar. Las redes sociales han leído muy bien este presente, ese miedo a ser quien no se espera que seamos… Como si pudieras conocer a alguien por las fotos que sube a Instagram. Por otro lado, está el nosotros, el uno mismo, cuestión siempre compleja porque tenemos mucho miedo a muchas cosas, demasiadas.

¿Podemos asumir ese riesgo o ya es tarde?

Fotografía: Patricia J. Garcinuño (@garcinunophoto)

Cuando trasladamos todo ello a la realidad se genera una contradicción muy fuerte a la hora de cómo nos estamos relacionando, sea en el ámbito que sea. Esto me preocupa porque hoy por hoy genera una tensión que pocos saben cómo se desactiva, y bastantes tensiones impone este mundo como para tener que estar mirando todo el rato hacia dentro para encontrar ese interruptor que al pulsarlo deje la habitación a oscuras. Es desquiciante. Deberíamos poder equivocarnos sin sostener tanto peso.

¿Mirafiori se comprende mejor desde las ausencias o desde las presencias?

Desde las ausencias y, añadiría que, muy especialmente, desde las obsesiones. La novela fue escrita de golpe, así que la propia musculatura que me fue generando me exigía una obsesión permanente con ella, estar en ella, y esto ha sido trasladado a la poética de la historia. Las obsesiones son importantes, las que están fuera del mundo de Valen y el narrador, pero también las que ellos comparten y alimentan, donde ambos tienen sentido, da igual el tiempo que ha pasado entre ellos y cómo les ha pasado ese tiempo. A esto añadiría que toda historia de amor tiene una forma única que nace del mundo que se construye entre dos, que se hace a partir de las obsesiones y de las ausencias, de lo que tienes que ceder y conceder, de esas oquedades que el amor por otro nos va generando. Es un vacío que lo inunda todo. Es una frase hecha y una verdad: todo lo que tenemos es todo lo que perdemos. Somos aquello que perdemos. El amor se vuelve indómito, diría que insoportable, cuando la persona amada ya no está.

El tiempo es la gran variable de la novela. El tiempo pasa por nosotros y cambia algo en nosotros. De hecho, hay muchos tiempos conviviendo en uno solo.

Todo viene de ahí. Me obsesiona. Es mi gran tema, desde la primera novela (Malaherba, Alfaguara 2019). El protagonista es el tiempo. Somos insignificantes cuando nos medimos con el paso del tiempo, cuando nuestras certezas e inquietudes esperamos que sean refutadas en función de su paso. Menuda tontería. No tiene sentido. ¿Qué somos? ¿Qué haces con el pasado en ese somos? Es como lo que hace Nolan en sus pelis. Aquella alegría sublime, aquel sufrimiento que nos desgarraba… ¿Qué son ahora? ¿Dónde están? Están y al mismo tiempo han desaparecido. Es fascinante. El tiempo pasa y nada pasa, pero todo cambia.

Fotografía: Patricia J. Garcinuño (@garcinunophoto)

¿Por qué nos da tanto miedo lo cotidiano en el amor? Parece que estemos buscando el acontecimiento más que crear una intimidad con el otro.

La exhibición en redes sociales tiene buena culpa de eso. Todo tiene que ser memorable, intenso y único. Hay una necesidad obscena en ello. Las cosas son memorables cuando ocurren muy de vez en cuando, cuando estás en casa con tu pareja y se impone lo íntimo y lo cotidiano, esa sucesión de actos pequeños que dota de sentido a esa misma pareja, donde ambos se sienten reconocidos y sienten su cobijo. Lo memorable no se programa. A veces, hay que cambiarle el paso a la rutina, pero eso no tiene nada que ver con esa celebración de lo memorable en la que nos encontramos inmersos. Vamos a acabar todos locos y solos.

Lo que sucede en las redes, ese mostrarnos como en realidad no somos y casi como detestamos… No sé qué pensar. Es una exhibición permanente para que lo vean compañeros de trabajo, antiguas parejas, amantes. Qué sé yo. Es realmente absurdo. Ese buscar lo memorable nos hace cada vez más pequeños y serviles, porque estamos obedeciendo lo que los demás esperan de nosotros. Todas esas autopistas de mentiras en las que se han convertido las redes sociales deberían preocuparnos, porque están haciendo estragos en las relaciones que establecemos las personas.

«La búsqueda de lo memorable nos hace cada vez más pequeños y serviles»

La dificultad de recuperar el asombro.

Me pregunto si sabemos y podemos amar, porque exige ir más allá de uno mismo. Y el amor es y va de otra cosa, aunque con el paso de ese tiempo del que hablamos antes, te obligue a poner el piloto automático. El amor te exige la creación de un vínculo único, un vínculo superior a ti mismo. Y ese piloto automático al que tenemos tanto miedo por lo que implica de rutina y de envejecer en lo cotidiano, en realidad tiene todo de inesperado. ¿Acaso podemos descifrar cómo va a ser una vida con el otro? Creo que mientras subimos fotos a Instagram –fotos que son otros, en realidad– y mientras buscamos que todo sea un acontecimiento, la vida se escurre por entre los dedos. La vida no reside en una pantalla. Ni el amor. Ambas cuestiones son demasiado poderosas e importantes.

Lo inesperado. Una cuestión con un recorrido importante en Mirafiori. ¿Lo realmente hermoso reside en lo imprevisible?

Creo que nos hemos acostumbrado a la belleza. Bueno, a una idea de belleza acomodada, que nos siente bien, que asegure nuestras certezas. La vida ya está bastante trucada como para que metamos la belleza en todo esto. A veces, sales una noche, a cenar, con amigos, y la belleza te pilla ahí, a traición, justo te da donde más duele. En el caso de la novela, lo hermoso está muy vinculado a aquello que no se puede comprender ni construir porque ha desaparecido. Creo en ese concepto de belleza que trasciende la expectativa, que solo tiene sentido cuando ella decide hacer acto de presencia. No quiero esperar que la belleza me rodee, que esté en todas partes. Esa cosa que tiene relación con la curiosidad, el saber mirar. El dejarnos mirar por otros. No renunciar a la belleza implica no renunciar a lo íntimo.

Fotografía: Patricia J. Garcinuño (@garcinunophoto)

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