La maternidad está muy ligada a la carrera cinematográfica de Marta Nieto: con la película Madre se consagró como actriz y, ahora, con La mitad de Ana, se estrena como directora. En ella indaga con delicadeza en los conflictos de identidad desde el punto de vista de una madre que intenta reencontrarse consigo misma en una búsqueda que coincide con la exploración de género que lleva a cabo su hijo.
Con Madre te consagraste como actriz y tu primera película como directora es sobre esta condición. ¿Es algo especial para ti?
La experiencia me dio mucha tierra. Pienso mucho en abstracto y vivo mucho a través de las emociones. Mirándolo con perspectiva, si comparas las dos pelis es cierto que hay algo en común. En mi caso tiene que ver con una forma diferente de empezar a entender y entenderme, pero también es desconcertante porque ser madre es una experiencia muy compleja. Parte de esa experiencia me interesaba explorarla en un principio desde el guion y después desde la película.
¿Qué tiene La mitad de Ana de ti?
Un punto de partida común. Está la experiencia de ser madre, separada, tener una vocación artística, vivir en una ciudad grande y la convivencia de todo eso, que es algo utópico, creo. Desde esa fricción, desde ese poder ordenar, entender y gestionar las emociones, es desde donde parte el personaje de la peli y desde donde partí al escribirla en un primer momento.
Hablas de una madre que vive la transición social de su hijo.
Queríamos hacer un espejo de identidades. Hay esta identidad de una madre que está fraccionada y no termina de entenderse ni poder contarse a sí misma. Nos gustaba la idea de generar un espejo con una identidad que está en indagación para que se preguntasen mutuamente. La exploración de género de su hijo funciona como algo que a ella le sube la presión y le hace cambiar el punto de vista de manera radical. Podría haber sido otra crisis, pero queríamos hablar de la identidad desde dos maneras diferentes.
Una transición que se lleva con aceptación por parte de la familia y la mayoría de los amigos. ¿Hay que normalizar más esta realidad en las películas?
Era nuestra intención. Ya hay un marco legal donde esto es un derecho, por lo que nuestra idea era generar algo más concreto que tuviera que ver con cómo se hace, cómo se normaliza. Es decir, poner en la conversación el amor propio, la serenidad, la tranquilidad. Ese es el viaje que hace la protagonista porque lo que necesita su hijo es lo que necesita cualquier otro niño: validación para explorar y respeto, pero también amor propio y un espacio seguro para poder ir viendo quién es. No está haciendo otra cosa que lo que hacen el resto de niños, es decir, aprender la vida, explorar, entender sin procesar, sin llegar a conclusiones. Para Beatriz Herzog –coguionista de la película– y para mí era importante seguir aportando temas a la conversación para que esto se normalice desde un lugar sano.
«Es importante llevar la normalización trans hacia un lugar no beligerante»
El estreno coincide en un momento de mucho odio y fobia hacia las personas trans. ¿Ha influido en la película?
No especialmente, porque cuando comenzamos a escribirla no se hablaba tanto de este asunto. Empezaba a haber casos que pedían visibilidad y representación, pero no había ley ni ficción que representase a esta infancia. En los últimos cinco años la cuestión ha cambiado mucho y en la mayoría de los países occidentales hay una legislación, aunque la opinión pública está cada vez más polarizada. Pero nosotras hemos seguido yendo a lo importante: qué queríamos contar y por qué. Esta situación nos hace seguir comprendiendo que llevar la normalización hacia un lugar no beligerante es importante.

Ese momento reaccionario también se vive con respecto a las mujeres. Fueron muy sonados los comentarios hacia tu físico en los Goya 2021 y las denuncias recientes por abusos de directores y actores de la industria. ¿Ha mejorado la situación? ¿Es necesario un #MeToo en el cine español?
Creo que hay un avance en cuanto a que se pueden hablar estas cosas y hay una red. Yo, como no me pongo muy beligerante, aunque entiendo esa actitud, creo que el siguiente paso tiene que ver con que la responsabilidad sea compartida. El #MeToo fue y tuvo un sentido en Estados Unidos. Aquí y ahora yo creo que lo que tiene sentido es que los hombres se hagan conscientes de la desigualdad, de los abusos y qué parte de responsabilidad tienen. Y hablar de ello.
En la película la protagonista es muy real: tiene sus dudas, sus ganas de seguir con su vida mientras tiene un hijo a cuestas… ¿Es complicado encontrar una identidad como madre?
Es una experiencia compleja porque tienes que reconocer que eres tú, pero con otras cosas. Hay unas fuerzas internas que están en lucha: cosas que son preciosas y otras que son difíciles de colocar. Hay tantas madres como mujeres, y a mí lo que me interesa de que las mujeres contemos nuestra propia experiencia es cómo esto nos enriquece. De repente el rol de madre adquiere otra dimensión.
«Tener la posibilidad de ampliar tu mirada genera una mayor perspectiva, que al final es una mayor libertad»
Ella vive una situación muy precaria, pero consigue encontrar la felicidad. Como se repite en la película, ¿el punto de vista es la clave?
Yo creo que sí. Con respecto a la actitud tienes cierta capacidad de acción, algo que tiene que ver con la mirada. Eso no quiere decir que no haya muchas cosas que hacer de fuera hacia dentro, pero de dentro hacia afuera siempre tenemos la posibilidad de mirar la misma cosa de otra manera. Cercano a ello está el concepto de libertad. Me llama la atención cuando muchas personas están mirando el mismo objeto y cada una lo describe de forma diferente, todas ellas compatibles. Tener la posibilidad de ampliar tu mirada, tu punto de vista, no hace más que generar una mayor perspectiva, que al final es una mayor libertad.
¿Y cuánto nos ayuda el arte, las películas, la cultura a ello?
Nosotros hemos elegido a un personaje que tiene un lenguaje muy particular: el pictórico. Así se comunica con su hijo y así mira el mundo. En la película hay un momento en el que un cuadro se mueve porque ella lo ve de esa forma; es su lenguaje. A mí eso me inspira mucho. Creo que es un refugio todo lo que ha sido creado por sensibilidades que te llevan a otros lugares, de las que aprendes, que te ensanchan el corazón. Ya sean libros, música, películas. Hace años decidí que todos los días se me pusiera la piel de gallina, que hubiera algo que me inspirara. Y lo consigo bastante.
¿Qué es lo último que lo ha conseguido?
El libro Un verdor terrible, de Benjamín Labatut. Me encantó y me lo estoy releyendo con mi hijo. Es como ver un concierto de rock, como ver tocar la guitarra a Jimi Hendrix. Me hacía sentir muchas cosas a diferentes niveles, no solo en el plano intelectual: me parecía súper lúdico, muy inspirador y aterrador, divertido.



