«Cuando el desencanto es tradición, el entusiasmo es una disidencia». Ese verso que cantan los Biznaga también podría ser el lema de Marta Pazos (Pontevedra, 1976). Dramaturga y directora teatral, escenógrafa, pintora y artista visual, sus obras amplifican las voces de las mujeres para que sean ellas quienes cuenten sus historias, de Safo a Virginia Woolf, de Juana de Arco a las trabajadoras de la Peugeot. Frente al gris que intenta contaminarlo todo, tiñe su universo artístico de colores mientras busca la obra de arte total en un ejercicio de coherencia y resistencia.
Si hubo un artista renacentista, tú eres la artista contemporánea. ¿Qué es para ti la creación?
Es la forma que tengo de conectar con el mundo y de transformarlo. Intento siempre hacer las cosas con entusiasmo: es una palabra preciosa que viene del griego en-theos, tener un dios o una diosa dentro. Los artistas clásicos tenían el don de observar la naturaleza, coger algo de ella y, con su entusiasmo, materializarlo en una obra de arte que devolvía al mundo y, con ella, lo transformaba. Yo aspiro a eso.
¿Siempre lo has sentido así?
Ha sido un trabajo de años. Cuando eres joven, quieres encajar en el sistema. Ahora he conseguido legitimarme y nombrarme a mí misma sin sentirme pequeña y sin pensar que no me merezco ese término. En el Renacimiento sí existía el concepto del artista que trabajaba con otros en su taller, algo que también reivindico. Aunque yo esté al frente, detrás de mí hay una red que empieza por mi pareja y mis hijes, que me sostienen y me regalan ideas, y por el equipo que me acompaña.
Esa red es imprescindible para superar algo que persigue a tantas mujeres: el síndrome de la impostora.
Desde el #MeToo empezamos a poder pensar de otra manera y a cuidarnos entre nosotras. Yo fui capaz de hacer un análisis sobre mi propia trayectoria a los 40 años porque mi vida laboral se estaba comiendo mi vida personal y no quería hacer arte a cualquier precio. Pensaba que, si era creativa, también tenía que serlo para buscar otras formas de hacer las cosas. El sistema busca controlarnos, sobre todo a las mujeres, a través de la idea de perfección, que es lo que va a validar nuestros trabajos. Esto es una trampa: no podemos alcanzar algo que no existe. Abrazar eso ha sido un camino extraordinariamente valioso.

¿En qué sentido?
Hay algo muy sanador en tomar consciencia de que estás en proceso constante y no buscando un resultado. No voy a llegar a ningún lugar para el que estaba preparada para llegar. Eso te ayuda a poner el foco en la presencia y está muy ligado a ser ecofeminista: ser respetuosa con la vida, con mi entorno, y pensar en ello. Esta perspectiva es lo que me permite dinamitar ese síndrome de la impostora que nos persigue a todas. Solo nosotras mismas, con nuestro trabajo personal y en red, podemos acabar con él. Es un compromiso que tengo con mi contexto.
«Hay algo muy sanador en tomar consciencia de que no vas a llegar a ningún lugar para el que estabas preparada para llegar»
Por eso incorporas a mujeres a tu universo artístico no solo a través de autoras, sino de los propios enfoques.
Estamos marcados por una historia única diseñada en los años 40 por hombres blancos de cinco grandes países y que sigue copando nuestro pensamiento. Por ejemplo, cuando María Folguera y Christina Rosenvinge me invitaron a hacer Safo, apenas sabía quién era porque, cuando era niña, no se estudiaba. Safo murió gloriosa, mayor, libre y poderosa, pero se la dibuja como una mujer desdichada que se suicidó arrojándose desde un promontorio por un amor no correspondido. La historia te enseña que, si eras artista de éxito, era a costa de tu destrucción personal. Es importantísimo acabar con eso. Las mujeres tenemos que poder abrazar nuestra gloria, porque durante siglos ya se han encargado de decirnos que no podemos hacerlo. Y claro que podemos, pero tenemos que hablar nosotras.

¿Hemos avanzado?
Absolutamente. En 2015 se empezó a medir qué porcentaje de mujeres dirigían los espectáculos teatrales, cuántas había en los equipos. Viendo los resultados, en las siguientes temporadas las direcciones artísticas empezaron a firmar compromisos para hacer programaciones paritarias. Hasta 2017 nosotras estábamos en el underground, solo nos llamaban en ciclos para el 8 de marzo y éramos las chicas, las directoras. Ahora nos conocen con nombres y apellidos y podemos trabajar en teatros públicos, hablar desde lugares más visibles. La primera vez que me programaron en el Centro Dramático Nacional en 2018, en la presentación de la temporada en el María Guerrero, muchas compañeras lloramos al encontrarnos allí. Fue un júbilo: «Anda, ¡estás aquí! ¡Y tú! ¡Y tú también!». Nunca lo olvidaremos.
En abril estrenas precisamente allí Orlando, de Virginia Woolf. La novela original, de un hombre que un día se despierta siendo mujer, fue censurada recientemente en algunos ayuntamientos.
Mi proyecto artístico va de restaurar, de unir lo visible y lo invisible y hablar de lo sagrado femenino. Hablar de las mujeres que me han inspirado también es una forma de honrar su legado. La obra y el personaje de Orlando son maravillosos porque son totalmente vanguardistas: es alguien libre para ser quien quiere ser, pero que revela que no tienes los mismos derechos cuando tienes cuerpo de hombre o de mujer, aunque seas la misma persona. Es un canto absoluto a la libertad del no binarismo en el cuerpo y en el pensamiento, y es importante contar su historia en este momento. En el contexto histórico y sociocultural que estamos viviendo, hay todo un movimiento revolucionario desde la luz, lo que implica que las tinieblas y la oscuridad se rebelen de manera muy fuerte.
«Del pasado podemos aprender cómo poner los puntos para hacer el mapa del futuro. La memoria importa»
También has trabajado con García Lorca –en enero vuelves con El público al Teatro Lliure de Barcelona–, con Valle Inclán… ¿Cómo es traerlos al hoy?
Las últimas obras que hemos trabajado están escritas en un periodo muy concreto, entre 1928 y 1931. Gabriel Calderón, un gran dramaturgo con el que he trabajado en El público y en Orlando me dijo una vez una frase de Mahler que me resuena: «la tradición no es la adoración de las cenizas, es la preservación del fuego». Para mí esa es la clave. Cuando hago obras de otros autores, me relaciono con su época, investigo el momento en el que escribieron. Eso me hace relacionarme con los autores y autoras de forma más libre. Siempre que vas a hacer un texto clásico, la gente no va a ver lo que haces, sino cómo lo has hecho: son historias tan conocidas que el juicio es sobre tu trabajo. Intento liberarme de eso.

Esa frase de que la historia no se repite, pero rima. Casi siglo después, ¿encuentras muchos paralelismos?
Era una época en la que el mundo antiguo chocaba con el que se estaba abriendo a la ciencia y al contacto con lo espiritual. Ahí tenemos a artistas como Maruja Mallo, Remedios Varo o Eleonora Carrington, que tenían una gran naturalidad a la hora de relacionarse con lo invisible. Creo que eso nos está pasando ahora. El tiempo es cíclico y los materiales vuelven transformados, pero vuelven. Siempre. Por eso es tan importante la memoria: del pasado podemos aprender cómo poner los puntos para, desde el presente, hacer el mapa del futuro.
Arrasaste Matadero con Juana de Arco, ejemplo de cómo contar desde un punto de vista nuevo una historia mil veces repetida: desde la voz de siete mujeres que no se quemaron en la hoguera.
Creo que marcará un antes y un después para mí. Ejemplifica ese liderazgo regenerativo de las mujeres, que somos fuertes y peligrosas cuando estamos juntas en lugares de extrema visibilidad. Queríamos hablar del personaje desde su conexión con la fuerza interior, con esa llamada que sientes y que te indica por dónde ir. Nuestra fuerza puede ser algo muy destructivo, pero también todo lo contrario. Era importante que Juana de Arco no estuviera relacionada con el victimismo, sino que fuera alguien que entendiera por qué la iban a quemar, por qué era necesario para transformar la historia. Eso es algo dolorosísimo, pero muy pertinente hoy que la hoguera no tiene fuego, pero existe y quema. Hay una plaza pública virtual donde te queman y donde se permite naturalizar la violencia.

Nos interesa mucho tu visión del liderazgo porque tú eres una líder artística: fundaste tu primera compañía con menos de 25 años, has estado más de quince al frente de Voadora, desde hace tres años trabajas en tu propio proyecto…
Siempre he sido la líder de mis proyectos, pero sin ser consciente de ello. Ha sido el conocer a otras mujeres líderes lo que me ha hecho identificarme, asumir que yo también lo soy y a preguntarme cómo puedo mejorar todo lo que me rodea. Se trata de liderar desde el cuidado, que es lo que llevaba 20 años haciendo de manera intuitiva, pero la formación en liderazgo regenerativo me permitió ordenarlo. Aunque comencé a los 23, no llegué a los teatros públicos hasta los 42. Nunca he tenido prisa: puedo desarrollarme y liderar desde un espacio que no acabe conmigo. En mi primer proyecto era muy joven, no tenía experiencia en el mundo de la escena y, como no sabía lo que no se podía hacer, lo hacía. Así fui aprendiendo, también de la gestión empresarial. Junto a Hugo Torres, mi pareja, creamos Voadora porque teníamos claro que, para lo que queríamos hacer, necesitábamos un proyecto grande y con más gente. Lo hicimos con pasos sólidos, a fuego lento y desde Galicia. Para mí era importantísimo hacer un elogio de la periferia y estar en un lugar pequeño que me permitiera crecer al ritmo que necesitaba.
«Nunca he tenido prisa. Puedo desarrollarme y liderar desde el cuidado, desde un espacio que no acabe conmigo»
Tres años después de la bajada de telón de Voadora, ¿qué balance haces de esa etapa?
Yo soy muy consciente de los ciclos, pero en nuestra cultura no estamos muy acostumbrados a cerrar: sabemos que hay primavera, verano, otoño e invierno pero, en los proyectos pretendemos vivir siempre primavera y verano. Nadie quiere el otoño y mucho menos el invierno. Voadora merecía poder cerrar a la altura de lo vivido: el fruto había llegado al máximo esplendor, era el momento de cortar las ramas al árbol de forma amable y sostenida. El cierre contiene la semilla de lo siguiente, por eso es importante cerrar de una manera sana, desde el corazón, siendo sinceras y coherentes.

Se te ve exultante.
¡Es que estoy en primavera! (Risas) Estos tres años me han traído mucha ligereza y transversalidad en los proyectos, que es mi origen. Estoy abrazándome, nutriéndome y divirtiéndome mucho trabajando al ritmo que me es propio. Me están llegando invitaciones inesperadas de otros mundos que me dan la oportunidad de poder investigar sobre mi propio arte, sobre el color y su ciencia. La física del color es alucinante para las obras del arte visual. Por ejemplo, Matria, una instalación que hice para la Cuadrienal de Praga en 2023. Era amarillo flúor y estaba instalada en la Galería Nacional, completamente blanca. Al introducirte, la exposición al color hacía que los conos y los bastones de tus ojos balanceasen los blancos de tal forma que, al salir, veías el resto del museo de color violeta. Era como ponerte unas gafas violeta reales durante unos instantes.
Coco Dávez nos decía que el color es un lenguaje.
Es que lo es, es el lenguaje propio de la naturaleza. Mi pensamiento y mi voluntad acerca de trabajar con colores intensos viene de que nos los han ido robando. Piensa en el cine de los años 40, cuando aparece el Tecnhicolor, y cómo poco a poco han ido entrando los grises, todo tiene un velo. La naturaleza no es así y yo abogo por volver a esa intensidad. Quiero que vengas a ver un espectáculo o entres en una instalación y que, durante diez, cincuenta o noventa minutos te lleves un impacto, algo que zarandee físicamente tus células a través de tu percepción.

Estamos acostumbrados a la búsqueda de la cima, del siempre más, pero tú sostienes que no quieres hacer una obra maestra, ni pintar las Meninas, sino hacer una obra total.
Creo que es más sano. Al inicio de mi carrera, cuando buscaba esa obra maestra, nada era perfecto y siempre miraba mi trabajo buscando el defecto, lo que les faltaba. Eso es muy destructivo porque va contra la propia obra: no valoraba el contexto de cómo lo habíamos conseguido, ni del dinero ni del tiempo ni del equipo con el que habíamos contado. Hubo un momento, entre los 40 y los 45, que me paré a analizarlo y vi que había trabajado siempre en tríadas, en polípticos. Sabiendo eso puedo crear el mapa de lo que viene de una manera mucho más consciente, poniendo límites y diciendo que no a lo que no me interpele. Antes siempre decidía por tiempo o por dinero, y ahora tengo mucho en cuenta si encaja dentro de mi proyecto artístico. Ha sido muy fuerte, pero por eso apelo a la obra de arte total, a la trayectoria artística en conjunto.
«Creo en llegar al centro desde la periferia, no al revés»
Es muy valiente apelar a la visión global en un momento de inmediatez en el que el éxito se mide por lo que has llenado con tu última obra.
Es que la búsqueda de la masterpiece puede ser un castigo que anule todo lo que hagas después. Puedes quedarte enganchado como artista, intentando repetirla una y otra vez, sin tener en cuenta que quizá el éxito sea un cúmulo de circunstancias que no dependen de tu trabajo. Por eso yo creo que el éxito es una elección propia: viene del reconocimiento que tú te des, porque tú eres la verdadera conocedora de lo que has hecho, en qué condiciones económicas, artísticas o anímicas. Lo que puede ser un éxito para ti no tiene por qué serlo para el resto. Con el público puede venir la celebración, porque a todas nos encanta que nos amen, pero si no estás alineada en lo profundo con lo que has hecho, le das autoridad a un contexto exterior que no sabe nada de ti.

Si buscar la obra de arte total ya te hace una outsider, has decidido serlo casi literalmente: desde Santiago de Compostela, fuera de las grandes ciudades y sus ritmos donde parece que se mueve toda la vida cultural.
La decisión de montar aquí el estudio ha sido clave en la protección de mi arte, aunque lo hice por calidad de vida y porque decidí no tener solo hijos e hijos creativas, sino hijes. Olivia tiene 14 años y Noel 9 y tanto mi pareja como yo teníamos claro que queríamos estar aquí y no en Madrid o Barcelona. Puedo seguir trabajando virtualmente con gente de todo el mundo con orden y calidad en todos los proyectos y ellos han aprendido a andar en bicicleta en calles peatonales y rodeados de belleza absoluta. Estar aquí, en mi nido, me permite tomar tierra: tienes que ser como una jara y tener buenas raíces para poder moverte. Siendo realistas, a mí me ha costado muchos más años llegar al sitio en el que estoy, pero también creo que eso me ha permitido que sea más sólido. Es un terreno muy fértil y que puede inspirarnos para encontrar nuevos modos de hacer, con estructuras más móviles, más dúctiles, descentralizadas. La bailarina María La Ribot dice que es excéntrica porque está fuera del centro y a mí me pasa lo mismo. Creo en llegar al centro desde la periferia, no al revés.
En Igluu, decimos que queremos ser un refugio para las buenas personas y las buenas ideas que quieren mejorar el mundo. ¿Cómo el teatro, el mismo arte, pueden contribuir a ello?
Es que es algo que está en el propio origen del teatro, que nació para explicar el mito a través del asombro, que es donde está también la filosofía: veo algo, me asombro y pienso, genero un pensamiento para poder entenderlo. Ese esquema ha permanecido intacto desde que somos humanos. Por eso es tan importante recordar que quienes nos dedicamos al arte somos un espejo que refleja lo que está pasando, pero no un espejo rígido. Al revés, somos ese río en el que, al mirarte sobre el agua, te transformas. Materializamos el alimento del alma. Por eso debemos ser muy coherentes y, sobre todo, trabajar desde la honestidad. Solo si como artista estás alineada con lo que dices y lo que piensas, puedes hacer un arte que sea el refugio de los demás.


