Que tenga pantallas o programe varios artistas al mismo tiempo. Esas son las dos líneas rojas que Nando Cruz recomienda no cruzar a la hora de elegir un festival este verano. Hace tres años este escritor llegaba a las librerías con Macrofestivales, un ensayo en el que rompía con la magia que hasta entonces había rodeado a este tipo de eventos. Sus páginas mostraban una realidad menos amable: espacios en los que la música importa más bien poco. Sin embargo, ahora reconoce que aquella obra planteaba el problema sin ofrecer soluciones. Por eso regresa con Microfestivales y otros escenarios posibles (Sílex Ediciones), una réplica constructiva −y llena de propuestas interesantes− en la que demuestra que es posible disfrutar de la música de otra manera.
¿Qué formas diferentes de funcionar comparten todos los microfestivales que nombras en el libro?
Las que han existido a lo largo de la humanidad: la cooperación, el asociacionismo, compartir recursos, poder federarse… y, sobre todo, el deseo de juntar a la gente de una comunidad a través de la música. Organizarse y hacer que su vida sea un poco más alegre, en otras palabras.
Hay gente que los crea para que su pueblo no desaparezca, otros para encontrarse todos los viernes de invierno. En los macrofestivales no es así: un espacio en el que se juntan 80.000 personas, algunas en zonas VIP, no es una comunidad; es una masa de gente en un recinto.
«Lo que nos ha hecho evolucionar no ha sido la competencia, sino la cooperación»
Tengo un amigo, Héctor, que forma parte del colectivo Ojalá estë mi bici, que dice que lo que nos ha hecho evolucionar no ha sido la competencia, sino la cooperación. Desde el momento más primitivo a la hora de cazar un búfalo, cuando cada uno tenía un papel para que todos pudieran comer, hasta nuestros días. Este libro demuestra que, si no hubiera habido ese trabajo conjunto, muchos festivales no hubieran nacido.
¿Puedes poner un ejemplo?
El de Héctor. El colectivo empezó a organizar conciertos hace unos veinte años en Barcelona porque vio que los grupos que les gustaban no cruzaban los Pirineos: no había espacios donde pudieran tocar. Pensaron que, si montaban uno en su ciudad, esos grupos podrían ir también a Madrid, Extremadura y otros lugares. A día de hoy, la iniciativa se ha extendido a Valencia, Andalucía, Zaragoza y Euskadi, y en todos esos lugares entienden que solo pueden sobrevivir si trabajan de forma cooperativa.
Porque, si de repente desaparece el espacio de Barcelona, desaparece también una parada intermedia. Es como cuando vas a cruzar un río y tienes cinco piedras sobre las que pisar: si desaparecen tres, te vas a mojar. Hace un tiempo se quemó uno de estos espacios, situado en Don Benito, y muchos de los demás pusieron dinero para recuperarlo y que pudiera seguir acogiendo conciertos. Para mí, ese es un ejemplo perfecto de cooperación.
Otra de las ideas con las que rompen estos microfestivales es que pueden funcionar sin buscar el crecimiento ilimitado.
Esta idea es justo la contraria a la lógica de los macrofestivales, empeñados en alcanzar las cifras más altas para imponerse a sus competidores. Los microfestivales, en cambio, buscan mejorar la vida de quienes habitan el territorio y, por eso, deben saber detectar el momento exacto en el que el festival deja de ser un aliciente y empieza a convertirse en un problema. Si la llegada masiva de visitantes obliga a los vecinos a marcharse, es evidente que algo no funciona.
«Hay que detectar el momento exacto en el que un festival deja de ser un aliciente y empieza a convertirse en un problema»
En el libro aparecen algunos ejemplos como el de Reggaeboa, que limita la asistencia para no superar la capacidad del pueblo. También hablo del Aplec dels Ports , que se celebra en una comarca de Castellón y que, ante el aumento de público año tras año, tomó la decisión de decrecer. Para conseguirlo, empezó a programar artistas menos conocidos y a anunciar el cartel lo más tarde posible.
¿Dónde recolocan estas iniciativas a la música?
La gracia es, precisamente, que la música sigue siendo la protagonista. Puede sonar a perogrullada, pero en otros lugares no es así: la música es apenas algo que suena mientras ocurren otras muchas cosas. Aquí, además, funciona como pegamento social, como una excusa para reunir a personas que quizá no comparten los mismos intereses. Eso es, ni más ni menos, la propia historia de la humanidad: incluso antes de que los seres humanos desarrollaran la capacidad de hablar, ya había quien hacía música para generar un clima de fraternidad. A partir de ese momento, somos más comunidad y menos individuos aislados, cada uno en su casa.
¿Qué se necesita para que la música vuelva a ocupar ese espacio?
Desandar el camino hasta el momento en el que entendíamos que la música era una expresión cultural y nos reuníamos alrededor de ella con ese objetivo. Ahora mismo no es así: los festivales son encuentros enfocados al turismo y a generar impactos económicos donde se celebran. Es decir, los entendemos como una visita del Papa, un campeonato de Fórmula 1 o las Fallas: encuentros multitudinarios que activan la economía a través de la industria turística. Y, de fondo, está la música.
Cuando vamos a una exposición o escuchamos música, entendemos que esa experiencia genera un impacto cultural en las personas y los colectivos: nos ayuda a desarrollar el espíritu crítico, comprender qué espacio ocupamos en el mundo, conectar con otras personas… lo que sea. No tengo tan claro que esto ocurra en los grandes eventos musicales, básicamente porque, cuando hacen balance, hablan de impacto económico, de porcentajes de visitantes procedentes de otros lugares, etcétera. Todo eso pasa por retroceder y recuperar el espíritu cultural de un encuentro de música. Puede tener un impacto económico o turístico, pero estos no deberían ser su objetivo principal, sino su consecuencia.
«Fomentar un consumo musical inabarcable es un obstáculo para disfrutar de la música»
¿Qué recomendaciones darías tú a la hora de elegir un festival?
Yo nunca recomendaría a nadie que fuera a un festival con pantallas, porque su mera presencia ya te está diciendo que no vas a poder ver a los artistas directamente. Tampoco elegiría uno en el que actúen varios grupos a la vez, ya que, de algún modo, te están dando a entender que hay otros conciertos que te puedes perder. Fomentar un consumo tan inabarcable me parece un obstáculo para disfrutar de la música.
Para mí, esas son dos líneas rojas que recomiendo no cruzar. A partir de ahí, depende de lo que cada persona esté dispuesta a soportar. El propio cartel ya nos permite intuir, en mayor o menor medida, si la música va a ser realmente la protagonista. Creo que hay que indagar en ello y elegir en función de nuestros gustos.


