Foto: Rubén Vega

«Tenemos una oportunidad de oro: amar es urgente»

Nathalie Poza es, actualmente y en las últimas dos décadas, una de las grandes actrices de nuestro país. Ganadora de dos Goyas, con una veintena de películas a su espalda, innumerables participaciones en series y unas aún más innumerables tablas sobre el escenario teatral español, protagoniza junto a Javier Gutiérrez la recién estrenada Honeymoon, dirigida por Enrique Otero. Una historia de amor, de segundas oportunidades. La actriz, comprometida con numerosas causas sociales y ecologistas desde hace años, insiste en cómo la película es, de alguna manera, también una metáfora de la sensación vital que, hoy por hoy, vive el mismo ser humano: «No hay nada que me dé más miedo que la apatía».


En, Honeymoon, trabajáis la idea de la pérdida a través de la historia de un matrimonio, que es prácticamente una metáfora del mundo de hoy. ¿Cómo ha sido trabajar un personaje especialmente sensible con el dolor?

Hay algo de creer que el mundo se acaba cuando pierdes a un ser muy querido, cuando la vida te pega una bofetada quizás donde menos te lo esperas. Piensas «me moriría si me pasara esto», pero ni te mueres ni somos inmunes a este tipo de catástrofes. De hecho, lo que gestionamos mal es la muerte. Al contrario que el mundo animal, nosotros lo de estar presentes lo llevamos fatal. El dolor es nuestro, sí, pero creo que la enseñanza tiene que ver con qué hacemos con esa pérdida y hacia dónde nos redirigimos los que estamos aquí, con nuestra vida y con lo que nos han dejado. Eso es lo que les ocurre a los personajes de la película. A mí no me pilla en el mismo lugar, pero por eso me atrajo tanto el personaje de Eva. Ella está en un momento de mucho desprecio por su propia vida. Bastante catastrófico desde el punto de vista personal, laboral, económico, familiar, en su matrimonio…y la vida le pega un buen bofetón. Quizás son esos momentos en que uno se instala en el cinismo y el desprecio por lo que uno tiene cuando tiene la oportunidad de resurgir de alguna manera y casi agradecer esa catástrofe para poder revivir. Parece que a veces tiene que venir el tsunami para que podamos regenerar lo que somos y lo que nos rodea. En esas está el personaje, en esas estoy yo un poco y el mundo en general. Es ley de vida.

¿Vivimos en un mundo que da esas segundas oportunidades o hemos llegado a un punto en que ese cinismo del que hablas se apodera un poco de todo?

Creo que la oportunidad siempre está. Se nos han dado muchas y parece que siempre hay más. Prestamos poca atención a lo que ocurre. Parece que la oportunidad tiene que venir de fuera, que te la tienen que dar. Y no. Por volver siempre a ese lugar, al de la pandemia, que a veces es como si no hubiera ocurrido: parecía esa gran oportunidad para regenerar el planeta, la sociedad, otras especies, la naturaleza… y aquí estamos. Con unas guerras espantosas, en pleno genocidio en Palestina, con unas políticas cada vez menos interesadas en lo social y nuestro entorno y sin regenerar incluso un sistema que ya no funciona. Seguimos agarrados a algo que claramente ha petao. No sé qué tiene que pasar para que esto de un viraje hacia otro lugar.

En tu último discurso en el Fical, aludías al poder de la cultura para transformar el mundo. En plena crisis ecológica, económica, en contexto de guerra en tantos países, muchos en lo último que piensan es precisamente en ella. A nivel personal decías sentir un hambre desesperada de cultura. ¿El mundo también la tiene? 

Yo creo que sí, lo veo cada día. Ahora mismo estoy gestionando precisamente una pérdida, en duelo, y llevo tres días empapándome de cultura. Hace dos días me fui a ver a Nuria Espert, fui a ver un Rigoletto en el Teatro Real, justo antes de esta conversación estaba buscando textos para futuros proyectos… Uno necesita conectarse con el otro. Con la vida. Y se conecta a través de la literatura, del arte, de la naturaleza. La cultura es sencillamente lo que nos une. Lo que nos constituye socialmente.

No podemos caer en algo que, además, ya está ocurriendo por ejemplo en Madrid, en nuestros teatros, con una manera de gestionar que es bastante alarmante. Parece que hay una necesidad de dulcificar y silenciar la expresión libre y el tejido teatral. Esto es una manera de no permitir tampoco que el ciudadano pueda acudir a sus templos para verse reflejado en lo que se cuenta. Al contrario, genera una supuesta oferta cultural que lo quiere mantener, en cierta manera, anestesiado. Nos toca a los ciudadanos defender nuestra cultura y expresarnos como necesitamos. No nos pueden ahogar en una sociedad muerta: si no hay cultura, no hay vida. No hay más. No podemos dejarnos anestesiar por quienes nos quieren adormecidos para mantener una sociedad absolutamente obediente, inculta y adoctrinada.

La idea de cultura resulta a veces un concepto muy grande, difícil de definir. Como si el espíritu crítico que comentabas quedara diluido. ¿Se ha perdido la noción de cultura como un espacio de diálogo?

Uno entra en un teatro o en una ópera a ver un Rigoletto para ver precisamente que ciertos textos que se denominan clásicos, casi diría desgraciadamente, siguen siendo muy actuales porque no hemos avanzado. Si uno escucha o lee el libreto de esa ópera, se da cuenta que está hablando de la cosificación de la mujer. Me llama mucho la atención que, de repente, una espectadora de una ópera de esa categoría se pueda escandalizar porque el retrato de unas prostitutas en un escenario es fiel a cómo las podemos ver en la calle. Creo que tiene que ver con el miedo a enfrentarse con lo que podemos cambiar y sabemos que no está bien. El teatro, el cine o el arte nos ofrecen la posibilidad de vernos ahí, a través de la belleza, de la música, de la pintura… Ahí hay una posibilidad de asomarse a ver el mundo a través de los ojos de quien te está contando una historia precisamente para aliviar la impotencia que nos da el no poder mirar a ese mundo que nos rodea y qué hacer por ello.

Cuando salgo de ver un espectáculo que me sacude internamente, que me abre internamente, que me revela lo que no conozco, lo que tengo ganas es de saber más y de ver qué puedo hacer para contribuir a que lo que no me gusta cambie. También estoy agradecida por no estar en la inopia. Uno sale a la calle para verse modificado. Si no, podemos volver a confinarnos, también de alma. No hay nada que me de más miedo que la apatía del ser humano, que se quede parapetado en su propia imposibilidad de ver y de sentir por el otro. Tenemos una oportunidad ahora de oro: amar es urgente. Ese es mi mantra para el 2024.

«Uno necesita conectarse con el otro y la cultura es sencillamente lo que nos une»

A menudo se suele tener una visión bastante apocalíptica sobre el futuro y que, en buena medida, viene apoyada por el propio imaginario cinematográfico. En cambio, tu trabajo ha estado marcado siempre por personajes mucho más cercanos y humanos, no en contextos distópicos

Mi sensación es que eso está cambiando. Últimamente he ido mucho al cine he tenido la oportunidad de ver películas grandiosas, como puede ser por ejemplo Fallen Leaves de Kaurismaki. Es una historia de amor de dos personas atrapadas en un sistema que las obliga a vivir de una manera muy aislada, muy solitaria, muy esclavizada. Pero tiene algo tan hermoso lo que cuenta esa película… te hace salir del cine con una certeza aplastante de que las personas normales no tienen absolutamente nada que ver con las guerras. Eso es lo grandioso del gran cine: que consigue con una historia muy sencilla donde sí que aparecen referencias a la guerra, pero a partir de una historia que habla de amor y de anhelo, de ser amado. Con pocos personajes protagonistas, un hombre, una mujer y un perro, es impresionante cómo puedes salir del cine teniendo claro cómo no tenemos nada que ver, cómo la dignidad del ser humano está tan lejos del horror. En películas como ésta, o como Vidas Pasadas de Celine Song, que también es una historia muy romántica, que ya de por sí uno necesita ver, pero de una inteligencia… sales mejor del cine. Y no son películas tramposas, ni cursis, ni te invitan a un mundo que no existe. No, no, son películas con unos guiones extraordinarios e historias que te resuenan.

Se me ocurre pensando en esto, de repente, el cine de Cyril Dion. La última que me dio una vuelta a la cabeza se llama Animal, donde se lleva a dos activistas muy jovencitos a conocer distintas realidades que tienen que ver con el cambio climático, la ganadería intensiva o las granjas en las que se maltratan animales. Les hace visitar distintos lugares para que ellos mismos puedan explorar todas estas realidades, ponerse en marcha y unirse a otros chavales que ya forman organizaciones en las que se pelea por su futuro. Es fascinante ver cómo esos chicos ya están trabajando en ello. Es una película donde los protagonistas ya están cambiando las cosas. Y ese es el cine también al que nos tenemos que acercar y que tenemos que hacer ¿Contar que el mundo se acaba? Bueno, pues muy bien ¿Que llega la extinción definitiva? Pues genial, yo creo que lo vas entendiendo. Pero creo que tenemos que seguir viviendo y generando cultura como si fuera posible que esto no fuera así. Hay muchas personas del otro lado.

Foto: Rubén Vega

Durante décadas, esos relatos que han faltado son las historias de mujeres contadas por las propias mujeres, no desde lo que un creador o un director imaginaba ¿Qué crees que ha cambiado?

Este año tenemos películas como O Corno, 20.000 especies de abejas, Creatura, Un amor… Son sobretodo historias que cuentan asuntos que no conocíamos. Tú ves 20.000 especies de abejas y es una historia que hay que contar aquí y ahora porque es absolutamente necesario poner en el escenario de la vida. Si puede ser a través de una película y de una manera tan bella y tan poética, mejor que mejor. Una película en que la protagonista sea una niña con ese conflicto con su sexualidad y su género… nunca lo había visto contado de esta manera, sobre todo en nuestro país. Y claramente ha sido por la mirada femenina de esta directora. Con Creatura pasa igual, habla del deseo infantil desde un lugar que yo no había visto nunca en el cine, ni aquí, ni fuera. Son voces que necesitan desesperadamente contar lo que han vivido, lo que conocen, lo que les duele. Y esa necesidad de contar lo que no se ha contado o se ha contado, pero no desde su visión y su punto de vista, es lo maravilloso.

«No hay nada que me de más miedo que la apatía del ser humano, que se quede parapetado en su propia imposibilidad de ver y de sentir por el otro»

¿Qué influencia tienen en esos relatos el nuevo auge de directoras y creadoras en el cine español?

Tenemos que abrir, dar voz, en este caso a las mujeres, guionistas y directoras. Esas historias si no, no nos llegan. Reflejan el mundo en el que vivimos, el mundo de verdad. Te invitan a pensar: he vivido de espaldas a esto demasiado tiempo. Recuerdo cuando estuve como jurado en el Festival de Cine por Mujeres de Madrid y cómo me cambió la cabeza. Había algo común en todas las películas que veía, esa mirada femenina, pero eran voces de mujeres de distintos lugares del mundo que era imposible que contaran de esa manera sin ser mujer. Temas comunes como la maternidad, historias de madres e hijas, la sexualidad, la sensualidad. Una conexión de visión, a la vez en una diversidad de puntos de vista.

Citabas a Isabel Coixet, que justo hace poco decía: «Cuando empecé, ser mujer y joven era un ‘handicap’, ahora es una ventaja». En cambio, en el caso de las actrices, durante mucho tiempo ha parecido la única edad posible ¿Está cambiando también esa percepción con las actrices de mediana edad?

Todavía no existe esa igualdad. En absoluto. Hay quien de manera muy sutil te deja muy claro que el poder lo tiene quien lo tiene. Y muchas veces, también, viene de las propias mujeres, como la espectadora del Teatro Real que contaba al principio y que quería silenciar una herida que es de todas. En el fondo, hay algo de «no quiero saber tanto, no me quiero cuestionar». No estaríamos hablando de esto si se hubiera normalizado. Seguimos teniendo que pedir permiso para opinar. No sé cómo explicarlo. No sé si los hombres tienen que ser tan complacientes en la industria, pero que las mujeres empiecen a dejar de serlo, molesta.

Ha sido la condición de la mujer desde el principio de los tiempos y en nuestro propio país hay partidos políticos que niegan el feminismo. No tendríamos que ser tan peleonas si no se nos negaran esos avances. «Calladita estás más guapa» es una frase que se ha dicho durante muchos años y ahora es una aberración, pero yo la he escuchado. «Contigo no estamos hablando» es otra. Una incluso aprende a vivir con cierta culpa porque se atreve a decir algo, a opinar y a tener criterio. De todas formas, las nuevas generaciones vienen con muchísima fuerza y esto tiene fecha de caducidad. Lo que ocurre es que siempre tenemos que estar alerta. Nunca podemos descansar del todo.

Ese sesgo de género pasa también por el cuerpo. En el último año has visibilizado varias veces la lucha contra la anorexia explicando tu experiencia personal.

Lo que hago es verbalizarlo porque, hablando de complacencia, ese es uno de los grandes secretos que una puede llevar durante años para no molestar. Se lo dije una vez a otra periodista: no es un tema que yo saque porque sea un titular muy llamativo, que parecía lo que ella quería que ocurriera. Sencillamente lo cuento para que, si hay una chavala que tenga ese problema y pueda sentirse menos sola porque una actriz habla de ello sin vergüenza, mejor para ella. Durante muchos años, era una enfermedad que ni siquiera tenía nombre. No tiene que ver solamente con la comida: es una forma de autodestrucción para controlar la destrucción misma. Es un comportamiento defensivo. El problema es cuando se banaliza esto. No es un tema del que se puede decir: «Las actrices quieren estar delgadas y por eso son anoréxicas». Yo lo sufrí de una manera muy temprana por un desconocimiento total de muchas cosas. Muchas veces, las chicas –y los chicos también– crecemos con una profunda desconexión de nuestro propio cuerpo.

«¿Contar que el mundo se acaba? Muy bien, pero creo que tenemos que seguir generando cultura como si otra realidad fuera posible»

Con todo, a pesar de que la anorexia se nombre y toda la pedagogía que se haya podido hacer sobre el asunto, en el contexto de la sobreexposición en las redes sociales en los últimos años, el peligro sigue ahí. Incluso con más fuerza y, a veces, casi repitiendo cánones idealizados que considerábamos caducos, como el de las heroin chic de los 90 y los 2000

Sí, y se está volviendo a banalizar porque la imagen que se proyecta en esas redes sociales no es la real. Cuando me enteré que había niñas que iban a centros de estética para tener la cara de un filtro de Instagram y que se la aplicasen los cirujanos… eso ya no es anorexia, es que ya no sé ni cómo se llama. Mí me produce escalofríos ¿Cómo se para? No lo sé. Dejadlas. Lo decía Denzel Washington. «Dejad las redes». Es una adicción a la imagen. Si antes querías ponerte a dieta para estar en el canon que la sociedad acepta, ahora directamente tienes que tener hasta una vida que, la mayoría de veces, ni siquiera es la real. Están atrapados y desconectados de la vida. Lo veo todos los días en el Metro de Madrid. Me sorprende mucho cuando entra una persona mayor y no le ceden el asiento, pero es que ni siquiera la ven. Están metidos en un mundo… y no sé qué están viendo de manera compulsiva. Normalmente creo que es a sí mismos. Es un asunto que me da mucho miedo. Estamos hablando intentar defender nuestra vida cultural y resulta que vivimos encerrados en una pantalla más pequeña que nuestra mano. Por ahí nos lleva ventaja el sistema, desde luego. Un día vamos a levantar la vista, nos habrán cerrado los teatros y no nos habremos dado cuenta.

Mirándolo por otro lado, también pueden usarse en positivo, como el activismo, en tu caso animalista, vegano…

Idealicé mucho el activismo, pero también hay ego y endogamia. Es interesante detectar o elegir bien con qué te quieres conectar. A veces uno idealiza ciertos asuntos y cree que ahí puede encontrar un espacio de pertenencia. Es una cosa un poco infantil: quieres pertenecer al grupo de los buenos y te das cuenta, con los años, que ni unos son tan buenos, ni otros son tan malos. Al final es una cuestión de volver a uno y decidir desde dónde te quieres mover. No tanto adherirse a colectivos, porque en todas partes hay pequeñas sectas, y en las redes también. Yo a través de las redes sociales he conocido a maestros de disciplinas físicas y meditativas que me interesan mucho, y ahora lo que quiero es conocerlos de manera presencial. Me he hartado del online, llega un momento en que uno necesita piel.

¿Cuál crees que es la capacidad de transformación a través de estas redes y comunidades digitales?   

Si no hubiera sido por ellas hubiera conocido a estas personas que están en otra parte del globo terráqueo, pero que me han abierto la mente en un sentido. Ese es el paso que se puede dar: la red me da esa información y, a partir de ahí, yo qué puedo hacer. Me pasó con Twitter. Fue cuando tomé consciencia del maltrato animal y sucedió por culpa del bombardeo de información. Llegué a sumirme en una especie de depresión. Dejé Twitter, pero me quedé con la información para ver a qué organizaciones me podía sumar o dónde contribuir. De otra forma solo se genera impotencia y dolor. Lo importante es ponerse en acción, poder vivir. Hacer cosas, pero de verdad. Pasa igual con los teatros. Si nos los cierran, habrá que salir a las calles. ¿Dónde se hacían las cosas en los 80? No hay que tener miedo a lo que no nos dan desde fuera, lo tenemos que generar nosotros. Nos falta un poco de creatividad e imaginación para salir de lo digital y empezar a estar más presentes, a tocarnos más y a conectarnos más. Eso es lo que yo anhelo.

«Un día vamos a levantar la vista, nos habrán cerrado los teatros y no nos habremos dado cuenta»

Es paradójico que, con tantísima información haya cierta sensación de parálisis o de sedación a nivel creativo

Eso es decisión de cada uno. Insisto en lo que decía Denzel Washington. Decir, «vale, apago». Abrir la ventana de tu casa, mirar al cielo y darte cuenta de que pasa un pájaro que hace tiempo que no veías.

Los actores y actrices tenéis influencia tremenda a nivel mediático, tanto a nivel de visibilidad como de impacto ¿Está concienciada la industria? ¿Se puede intentar trascender ese individualismo dentro de la vorágine de estrenos, vender, estar pendientes de taquilla?  

Al 100%, pero creo que muchos llegamos muy tarde. Soy consciente, pero no hay que fustigarse porque con la culpa no se va a ningún lado. Pienso que deberíamos de ser menos exigentes y criticar menos al de al lado. Se ha instaurado un discurso de «tú defiendes mucho a los cerdos, pero qué pasa con los niños de no sé dónde». Como si una causa pudiera aniquilar a la otra. Yo me ocupo de esto y ocúpate tú de lo que consideres. No hay que mirar tanto lo que hace el de al lado. En la industria, también. En la producción de Honeymoon pasaba, por ejemplo, que el productor decía «yo he querido hacerlo todo bien, no dejar huella de carbono». Y a veces se hace hasta donde se puede. No es tan fácil. Se tienen que dar las condiciones igualmente desde las instituciones para generar una industria más sostenible. Yo creo que hay una voluntad de ir hacia ahí. Es el futuro, no queda otra.

Para terminar, en Igluu siempre decimos que queremos ser un refugio para las buenas personas y las buenas ideas que quieren cambiar el mundo. ¿Cómo puede la cultura, tanto el cine como el arte en general, contribuir a ello?

Lo decía Tartovski: es estúpido prescindir de la naturaleza en el cine porque es lo único que nos conecta con la verdad. Yo lo estoy viendo bastante en el teatro. Los directores, los creadores, ya están ahí. El universo pide que se hable de lo que pasa, y las antenas de los grandes creadores están atentas y disparadas para contar lo que urge y lo que duele. En las películas, en los escenarios, también en la música. No es tanto un refugio, sino nuestro grito desesperado a volver a casa. No hay nada más urgente.

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