Retree, la empresa española de reforestación regenerativa e inteligente, se mueve en un terreno complejo: el que une bosque, impacto social, tecnología y empresas. En un sector marcado por la desconfianza hacia los créditos de carbono y la urgencia ambiental, la compañía quiere demostrar que reforestar es una herramienta capaz de generar confianza, arraigo, empleo rural y, sobre todo, de restaurar (de verdad) ecosistemas degradados. Nos escapamos al Valle de los Sueños, una de las zonas de reforestación de la compañía, para hablar con Pedro Pérez de Ayala, su fundador, sobre el papel de la tecnología en la restauración ambiental, pero también sobre liderazgo, renuncias y esa forma de entender el propósito que tiene que ver bastante con remangarse y ponerse a cavar.
Queréis cambiar la manera en que entendemos la reforestación, convirtiéndola en una herramienta más accesible y transformadora para las empresas. ¿Cómo nació esa visión y qué te llevó a emprender este camino?
Desde dos lugares muy distintos que, para mí, siempre han estado muy conectados. Por un lado, de mi vínculo con el campo y la España rural: desde muy joven me ha gustado viajar solo por zonas remotas y llegar a lugares donde la gente me parecía más auténtica; donde la tecnología, la globalización o esa idea de progreso tan urbana habían llegado de otra manera. Por otro lado, de una preocupación muy profunda por el cambio climático y de una necesidad bastante personal de resolver problemas: siempre he sentido que, si iba a construir algo, debía tener un beneficio social y ambiental evidente.
En los inicios de Retree había una intención muy clara de generar empleo rural y restaurar territorios degradados, pero el proyecto pronto evolucionó hacia la medición remota del carbono y la trazabilidad. ¿Cómo fue esa transformación y qué momentos marcaron de verdad su nacimiento?
Pronto entendimos que plantar árboles no podía ser solo eso. Yo no venía de pensar en la plantación forestal tradicional ligada a la madera, sino de explorar cómo los árboles podían generar créditos de carbono y convertirse en una herramienta climática útil para las empresas. Y ahí nos encontramos con que el mercado no estaba preparado para ese nuevo producto. Faltaban datos, trazabilidad, transparencia y una forma fiable de medir lo que estaba ocurriendo en cada proyecto, así que, influido por mi breve paso por los estudios
aeroespaciales, me pregunté si habría una manera de monitorizar ese carbono de manera 100% remota y, al mismo tiempo, 100% trazable.
La idea tomó forma en 2018. En 2020, íbamos a hacer la primera replantación con el primer cliente. Diez días antes llegó el COVID-19 y todo se paró. Ese mismo marzo, el día 7, murió mi mejor amigo en un accidente de coche. De repente, todo se cayó. Pero fue un golpe durísimo que se convirtió en un impulso para seguir, porque él siempre me había animado a sacar adelante el proyecto.
Recuerdo que me enteré de la noticia estando reunido con el director de montes de Teruel y, de alguna manera, de ahí acabó saliendo uno de los proyectos más importantes de Retree. Fue cuando entendí que esto iba de sostener una visión incluso cuando todo se pone en contra.
«Mi inteligencia artificial era mi padre: la persona que me ayudaba a aterrizar ideas, contrastar números y entender cómo convertir una visión en algo viable»
En vuestro caso conviven bosque, tecnología, impacto social y negocio. Dicho así parece una mezcla casi imposible. ¿Qué significa construir una marca tech for good?
Para mí, no es una etiqueta bonita que poner a tu empresa. Es preguntarte si la tecnología que desarrollas resuelve un problema real, si mejora las condiciones de trabajo, si escala el impacto y si aporta confianza. En otras palabras, ponerla al servicio de algo que merezca la pena: en nuestro caso, el bosque, la restauración ambiental y la confianza en los proyectos climáticos. Frente a esa falta de transparencia y la evidente desconfianza, desarrollamos un software para monitorizar carbono de forma remota y trazable, sin depender solo de auditorías físicas o procesos manuales muy costosos. En 2020, construimos esa primera capa tecnológica y, un año después, hicimos la primera ampliación de capital, formamos un pequeño equipo de tres personas y lanzamos la primera versión operativa del software.

Sin duda, habéis crecido deprisa. Eso siempre da algo de vértigo. ¿Cómo se sostiene esa ambición cuando intentas construir una empresa rentable sin traicionar el propósito con el que nació?
Volviendo muchas veces al origen, porque creciendo rápido corres el riesgo de confundirte. Puedes empezar a medirlo todo en términos de facturación, equipo, expansión…
Todo eso importa porque una empresa tiene que funcionar, pero el crecimiento no puede alejarte del motivo por el que empezaste. En Retree, el propósito siempre ha sido fortalecer y proteger la naturaleza frente al cambio climático, y la rentabilidad no puede estar separada de eso. De hecho, para que el impacto dure, la empresa tiene que ser sostenible también económicamente.
Lo difícil es encontrar el equilibrio: queremos ser ambiciosos, internacionalizar nuestro software de monitorización y trabajar en proyectos cada vez más relevantes, pero sin hacer las cosas más fáciles solo porque escalen mejor. Preferimos que la restauración la hagan actores locales, personas que conocen su ecosistema, su territorio y su realidad. Nosotros podemos aportar tecnología, seguimiento y confianza, pero el vínculo con el territorio tiene que mantenerse.
¿Qué comparten los que deciden sumarse al equipo de Retree?
Propósito. Más allá de la capacidad profesional, nos une la sensación de estar trabajando para algo más grande que nosotros. Aquí todos entendemos que la naturaleza no puede seguir tratándose como un recurso infinito, y queremos protegerla con rigor. Eso es para mí un buen equipo: aquel en el que cada persona da lo mejor de sí en una misión compartida. No siempre pasa: muchas veces trabajas en algo que sabes hacer, pero no te realiza.
Eres fundador, pero no CEO. ¿Es una decisión deliberada?
Sí. Durante un tiempo asumí muchas responsabilidades de gestión y vi que no era desde donde mejor podía aportar. Soy resolutivo y disfruto enfrentándome a problemas complejos, pero la gestión operativa de personas me generaba mucho estrés. También algunas lecturas y referentes, como Reinventar las organizaciones, de Frederic Laloux, o la historia de Yvon Chouinard, fundador de Patagonia, me hicieron pensar mucho en la idea de construir una empresa al servicio de una misión, no solo de un producto o del crecimiento.
Pero llevarlo a la práctica no es sencillo. De hecho, hubo un momento en el que pensé en dejar Retree; no porque hubiera dejado de creer en el proyecto, sino porque sentía que estaba ocupando un lugar que no era el mío. Mi padre tuvo mucho que ver con que siguiera adelante. Había dejado su trabajo de financiero para irse a plantar en unas tierras de mi abuelo, en Toledo, y acabó convirtiéndose en un agricultor con conocimientos financieros. Cuando arranqué el primer business plan para inversores, mi inteligencia artificial fue él: me ayudó a aterrizar ideas, contrastar números y entender cómo convertir una visión en algo viable. Fue entonces cuando aprendí que liderar tiene más que ver con predicar con el ejemplo y estar al servicio de los demás que con ocupar el puesto más visible.
Siempre dices que serás el primero al que vean cavando para plantar árboles.
El liderazgo se ejerce desde el ejemplo y desde el servicio. Para mí, fundar algo implica estar dispuesto a hacer lo que haga falta: si hay que cavar, cavo; si hay que resolver un problema, lo intento. Nadie está por encima del trabajo que sostiene el proyecto. También tiene que ver con mi forma de ser. Me considero más un fundador inventor que un fundador empresario: me gusta crear, resolver, simplificar, encontrar caminos. Un fundador no tiene por qué ser necesariamente la persona que gestione la empresa cuando crece. A veces su mayor aportación está en otro lugar.
«Restaurar un ecosistema no es una campaña de comunicación: es clima, suelo, biodiversidad, agua, personas, mantenimiento y tiempo»
Retree trabaja en zonas rurales, muchas veces despobladas, de España y Portugal. ¿Cómo es ese encuentro con la gente local y qué tipo de oportunidades puede abrir en esos territorios?
Hay que hacerlo con respeto, entendiendo que cada territorio tiene su historia, sus heridas y su forma de relacionarse con el paisaje. No se puede llegar desde fuera con una solución cerrada. Por eso, estos proyectos pueden abrir oportunidades si se piensan a largo plazo. No solo por el empleo directo que generan, sino por lo que se activa alrededor: mantenimiento forestal, conocimiento local y colaboración con propietarios, técnicos, viveros, personas y empresas de la zona que conocen el monte. Eso si: para que funcionen tienen que dejar valor en el territorio y generar continuidad, arraigo y una relación justa con quienes viven allí.
De todos los lugares en los que reforestáis, ¿a cuál te irías a vivir mañana?
A una zona al norte de Teruel que me encanta. Hay lugares que te colocan en otro ritmo. Y este es uno de ellos. Es muy salvaje, muy especial. Podrías pensar que estás en un lugar remoto de otro país, pero no, estás en España. Esa es una de las cosas que más me fascinan de la España rural: tenemos paisajes con una belleza inmensa y que, sin embargo, muchas veces no miramos.

Da la sensación de que, frente a cierta fatiga urbana, muchas personas jóvenes vuelven a mirar a una vida más conectada con la naturaleza. ¿Lo percibes también así o crees que esa reconexión todavía es más deseo que realidad?
Hay mucho de deseo, pero empiezan a aparecer decisiones reales. Aunque la ciudad ha ofrecido muchas oportunidades, también ha generado una forma de vida muy exigente, muy acelerada y, a veces, muy desconectada.
Personalmente, tras vivir un año en una autocaravana y mudarme a la sierra norte de Madrid, tengo clarísimo que no podría volver a lo de antes. El campo te obliga a relacionarte de otra manera con el tiempo y con tus propios ritmos.
Sin embargo, no hay que idealizarlo. Vivir en el entorno rural también tiene dificultades, porque hacen falta servicios, vivienda, conectividad, oportunidades laborales y comunidad. La reconexión será real si somos capaces de construir condiciones para que esa vida se haga posible, no solo deseable.
¿Qué pequeños cambios del día a día te han hecho sentirte más consciente desde que has tomado distancia de lo urbano?
Es curioso porque en la ciudad puedes vivir rodeado de gente y, aun así, sentirte bastante solo. En un entorno más pequeño, por el contrario, los vecinos se conocen, se ayudan, se necesitan. Esa sensación de pertenencia cambia mucho la forma de estar en el mundo y también ha transformado mi relación con el tiempo: venía de una búsqueda de eficiencia casi enfermiza, de querer optimizarlo todo sin perder un minuto, y eso no es sostenible porque el cuerpo y la cabeza necesitan pausa. No todo tiene que ser productivo para tener valor.
Si cierras los ojos y piensas en lo que Retree podría llegar a ser, ¿qué ves?
Veo una empresa capaz de demostrar que restaurar ecosistemas puede hacerse con rigor y tecnología, pero generando impacto social y belleza. Puede ayudar a que las compañías dejen de relacionarse con la naturaleza desde la compensación rápida y la comunicación vacía y lo hagan desde el compromiso real.
He mencionado la tecnología porque es clave para escalar sin imponer un modelo único. Hoy ya somos 100% remotos en nuestra capacidad de monitorización y estamos preparados para salir fuera, pero no tiene sentido exportar una forma cerrada de restaurar porque cada territorio tiene su ecosistema, su cultura, sus necesidades y sus actores locales. La restauración debe hacerla quien conoce el lugar. Lo que sí podemos internacionalizar es nuestra capacidad de monitorizar: aportar datos y trazabilidad a proyectos en cualquier parte del mundo.
Escalar un software es mucho más lógico y eficiente que intentar replicar una actuación en campo porque, al final, regenerar es reconstruir vínculos con la tierra, con las personas que la habitan y con la responsabilidad que tenemos hacia lo que viene.


