¿Por qué confiar en la ciencia? ¿Es esa una pregunta que no deberíamos siquiera plantearnos? Son muchas las voces que ponen en duda verdades que otros consideran absolutas. Pista: ni tanto, ni tan poco. La naturaleza de la ciencia es cambiante: los avances en el conocimiento científico nos hacen refutar antiguas leyes y, gracias a ello, avanzar. Comprender sus procesos y limitaciones es clave para entender su progreso.
«Los inmunólogos nos dicen que las vacunas son generalmente seguras para la mayoría de las personas. Los físicos atmosféricos que la acumulación de gases de efecto invernadero está calentando el planeta. Los dentistas, por otro lado, nos dicen que usemos hilo dental. Pero ¿cómo saben estas cosas? ¿Cómo sabemos que no se equivocan?». Así comienza su ensayo Why Trust Science? la reconocida científica e historiadora de la ciencia Naomi Oreskes.
Desde la pandemia, la ciencia está más que nunca en boca de todos: la incertidumbre y la falta de claridad hizo que la confianza en la ciencia decayese. Ahora, la polarización también hace de las suyas, poniendo en duda certezas irrefutables. Y es normal que tengamos dudas: muchas teorías científicas que se consideraron válidas en algún momento de la historia han sido posteriormente refutadas (hola, Copérnico).
Pero lejos de ser un motivo de alarma, esto refleja la naturaleza dinámica de la ciencia, que está en constante revisión y evolución. Al final, somos humanos y vivimos en discordancia. Así, si colocásemos sobre una balanza las actitudes de la gente ante la ciencia en una balanza, tendríamos a un lado la desconfianza absoluta, y al otro, la confianza ciega. Y ninguna de las dos cosas es buena del todo.
De hecho, las personas que creen ciegamente en la ciencia también son más vulnerables a aceptar información errónea y pseudocientífica. Los extremos se tocan y el equilibrio solo puede alcanzarse a través de una postura crítica que reconozca que la ciencia, más que ofrecer respuestas definitivas, plantea preguntas. Eso fue lo que vimos en la pandemia.
Las personas que creen ciegamente en la ciencia también son más vulnerables a aceptar información pseudocientífica
«Fuimos testigos de cómo se hacía la ciencia en tiempo real en un momento en el que se necesitaba que la ciencia proporcionara claves y certezas», explican los autore del estudio Pensar la ciencia, del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT) en 2022. En él, el 46,9% de los participantes mostró una actitud positiva hacia la ciencia, aunque excesivamente idealista. En contraste, el resto creían que la ciencia está condicionada por intereses políticos y económicos.
Los expertos achacan “la culpa” de estas interpretaciones al énfasis que se ha hecho en los últimos años para “vender la ciencia”, en lugar de enfocarse en que la población comprenda su proceso y limitaciones. Sin embargo, la investigación Wellcome Global Monitor 2020 –con 119.000 participantes de 113 países– muestra que la confianza en la ciencia creció notablemente entre 2018 y 2020, en plena pandemia. ¿Cómo es posible?
Confiamos en la ciencia, pero…
La respuesta es evidente: la información que obtenemos depende de qué y cómo preguntamos. Hay una certeza y es que, a nivel global, la mayoría de las personas confía en la ciencia y en los científicos. Así lo demuestran diversas encuestas internacionales, como el Pew Research Centre, el Global Listening Project o el Eurobarómetro.
De hecho, los españoles somos los séptimos que más confiamos en los científicos, aunque también depende de quiénes seamos, según indica el estudio más reciente sobre confianza en la ciencia y populismo científico: las mujeres, las personas mayores, los residentes en zonas urbanas y las personas con mayores ingresos, así como las personas más religiosas, educadas, liberales y de izquierdas tienden a confiar más en los científicos. Estos resultados también varían según el contexto: por ejemplo, la asociación entre religiosidad y confianza en los científicos depende de la religión específica.
Confiamos en la ciencia, aunque no sin exigencias (¡actitud crítica!). En primer lugar, queremos que se nos escuche: en el estudio, alrededor de un 20% de los participantes estaban convencidos de que los científicos escuchan las opiniones de los demás, mientras que un 45% de los encuestados por el Pew Research Center consideraba que, en realidad, los científicos se sienten superiores a otras personas.
Las mujeres, las personas mayores y los residentes en zonas urbanas confían más en la ciencia
En segundo lugar, queremos que los científicos se involucren más en la política: en España, 8 de cada 10 opinan que las decisiones políticas relacionadas con la ciencia deben basarse en el consejo de los científicos. Y la mayoría de los encuestados en el Eurobarómetro considera que el gobierno debe garantizar que las nuevas tecnologías beneficien a toda la población.
¿Crisis?
Aunque la evidencia lo refute, en las redes sociales y los medios de comunicación persiste de manera recurrente la narrativa de una crisis de confianza en la ciencia y los científicos, influyendo en la opinión pública y actuando como una especie de profecía autocumplida.
Así, la atención se desvía del verdadero desafío de la ciencia en la actualidad, que no es la pérdida de confianza, sino la confianza mal dirigida hacia fuentes poco fiables. En España, la mayoría declara informarse sobre ciencia a través de redes sociales, pero un 62% identifica este medio como el principal canal por el que reciben información dudosa, lo que pone de relieve la necesidad de recomendaciones y recursos para aprender a identificar bulos.
La ciencia debe crear espacios para construir relaciones y dialogar con los ciudadanos
Ante este panorama, ¿cómo podemos avanzar hacia una sociedad que valore la ciencia de manera crítica? La respuesta no está solo en aumentar el nivel de conocimiento, aunque sea importante. El contexto importa: la confianza es una cuestión compleja y multidimensional que depende de los factores socioeconómicos, la experiencia y la identidad. La clave está en el entendimiento mutuo: no es suficiente con difundir mensajes al aire, por muy basados en el consenso científico que estén; es necesario crear espacios para construir relaciones y dialogar con el público.
Por suerte, ya está sucediendo. La ciencia ciudadana, por ejemplo, es un modelo que promueve la participación de personas no especializadas en proyectos de investigación, ya sea aportando datos, colaborando en el análisis o incluso diseñando proyectos junto a expertos. En España existen varias iniciativas: por ejemplo, Mosquito Alert, que depende de la participación ciudadana para identificar y controlar mosquitos transmisores de enfermedades.
Entonces, ¿por qué fiarnos de la ciencia? Tal como enfatiza Oreskes en ese ensayo que mencionamos al principio, las afirmaciones científicas que resisten el escrutinio son las que reflejan un consenso diverso, abiertas a la transparencia y, sobre todo, dispuestas a aceptar nuevas ideas (también del público general). Solo así la ciencia será capaz de generar no solo conocimiento, también comunidad.


