Que hacer deporte está de moda ya lo sabemos. Que Tinder cansa, también. El boom de las cafeterías para runners o ver los gimnasios repletos de gente que hasta hace no tanto rehusaba de la palabra crossfit refrenda las dos afirmaciones. ¿Estamos ante una moda pasajera o es la actividad física un nuevo espacio del amor?
Lucía quería hacer deporte. Era su máxima aspiración cuando se apuntó al gimnasio. Tras varios años como federada en piragüismo, seguir conectada con las endorfinas que libera la actividad deportiva eran suficiente motivación para hacerlo. Con lo que quizás no contaba era con que su elección le depararía algo más y le haría ingresar en el grupo de personas que, cada vez con mayor asiduidad, encuentran en el deporte un espacio para ligar. En su gimnasio, Lucía conoció a Tomás: su novio desde hace tres años.
A sus 28 años, los mismos que su pareja, pertenece a la Generación Z. Una generación que en el ámbito afectivo-sexual tiene mucho que decir. Ligar haciendo deporte no solo no es extraño, sino que gracias a los jóvenes es cada vez más común. Según el informe Tendencias de citas 2025 de Bumble, el 67% de los jóvenes de hasta 26 años creen que la actividad deportiva y el ligoteo pueden ir perfectamente de la mano.
«Me apunté al gimnasio, conocí a un grupo de chavales y chavalas y me metieron en un grupo de WhatsApp», explica Lucía. Así, tejiendo una nueva red comunicativa, que parte del interés por compartir espacios con las mismas personas, son muchas las que encuentran a esa persona especial que, en el caso de Lucía fue Tomás. «De todo el grupo era al único que no conocía hasta que un día entrenando me planté delante de él muy valiente para que en vez de hablarme por WhatsApp me hablase en persona». Una declaración de intenciones y un plan que resultó todo un éxito.

Desde entonces, Lucía y Tomás comparten no solo series y descansos, sino también viajes, cenas y cervezas. Ella lo cuenta con espontaneidad: «Yo soy más de cervecitas y cenas ricas, él es entrenador personal y mucho más estricto. Pero creo que nos hemos equilibrado: él me ha hecho ser más constante y yo a él disfrutar más de los pequeños placeres de la vida». Nada de fórmulas ni fórceps amorosos. El gimnasio, ese lugar al que muchas van para cuidarse, se convierte -sin buscarlo- en una especie de espacio relacional donde lo que empieza entre discos y máquinas puede acabar en una historia de largo recorrido.
El caso de Lucía no es único. Elsa, de 25 años, también encontró el amor entre repeticiones y sentadillas. En su caso, entrenaba desde hacía tiempo en un centro cuando llegó Iñaki, el nuevo entrenador. «Le fiché el primer día que entró en el box, y él, según me ha dicho, también. Al final fue en una fiesta de entrenamiento donde nos liamos… y hasta hoy». Aunque se ríe contando la anécdota, no le resta importancia al contexto: «La mayoría del grupo nos conocíamos, entrenábamos juntos y también quedábamos fuera del gimnasio, los viernes o cuando había algún evento. Es muy fácil que surja algo cuando compartes tiempo de calidad con gente con gustos parecidos a los tuyos».
Ambas historias reflejan algo más profundo que la mera casualidad. La práctica deportiva en grupo, especialmente en gimnasios donde hay clases colectivas, rutinas compartidas o zonas donde se entrena sin auriculares, se ha convertido en una forma de socialización cada vez más común. El gimnasio ya no es solo ese lugar individualizado donde cada uno va a lo suyo, sino también un entorno en el que se tejen redes, amistades y, a veces, relaciones sentimentales.
Daniel Izquierdo, responsable de comunicación de la federación deportiva de Crossfit, uno de los deportes de gimnasio que más adeptos ha ganado en los últimos tiempos, lo tiene claro: «En todos los años que llevo vinculado al mundo del fitness, tanto a nivel personal como profesional, he podido constatar que esto no es un mito. Se forman muchas parejas en los gimnasios. El hecho de compartir momentos de esfuerzo genera un vínculo especial. El sufrimiento compartido une a las personas».

La clave, según Izquierdo, no está solo en el entrenamiento en sí, sino en todo lo que lo rodea: «Antes, durante y después de las clases hay interacción constante. Muchas rutinas se hacen en parejas, y eso fomenta el compañerismo. Al terminar, en la vuelta a la calma, se generan conversaciones y complicidades. A eso se suma que muchos centros organizan cenas, rutas, viajes… El gimnasio no se acaba en la puerta de salida». En efecto, para muchas personas jóvenes, el gimnasio ha pasado a ser una suerte de comunidad afectiva: un espacio donde verse a menudo, compartir hábitos de vida, charlar sin filtros y mostrarse tal y como se es.
Esa idea de “verse sin filtros” no es menor. En una época donde las aplicaciones de citas dominan buena parte del panorama romántico y sexual, muchas personas de la confiesan sentir agotamiento o desconfianza hacia las dinámicas de ligue digital. Los algoritmos, las fotos muy pensadas, la gestión de expectativas… pueden resultar frustrantes. Frente a eso, el gimnasio ofrece otra narrativa: la del contacto natural, la de la interacción presencial, la del flechazo que no está mediado por una pantalla.
«Yo no creo que nadie vaya al gimnasio para ligar, pero sí que vas a socializar. Y lo mismo te puedes encontrar a un amigo que al amor de tu vida, quién sabe», reflexiona Lucía. Esa idea de socialización como puerta abierta -no necesariamente intencionada, pero sí posible- es la que se ha ido imponiendo entre los y las jóvenes que cuidan su cuerpo, su salud mental y su red de apoyos. Entrenar puede ser una experiencia individual, sí, pero también una forma de estar con otras personas, de coincidir, de conectar.
Y aunque han existido intentos de capitalizar este fenómeno -como apps específicas para ligar entre personas que hacen deporte-, parece que el propio entorno hace innecesarias estas herramientas. «Una usuaria llegó a crear una app que pretendía ser el Tinder del fitness, pero no funcionó. El gimnasio ya es un escenario que propicia relaciones sin necesidad de forzar nada», explica Izquierdo. De hecho, muchas conexiones románticas se complementan después con lo digital (WhatsApp, Instagram o los propios chats de los gimnasios cuando se reserva una clase), pero parten de una chispa generada en lo presencial. «El cortejo se sostiene en dos pilares: lo que compartes en el gimnasio y lo que luego puedes continuar online», añade.
No se trata solo de romanticismo. Detrás hay algo más estructural: la creciente tendencia entre las generaciones jóvenes a reducir el ocio nocturno, beber menos alcohol y priorizar actividades que les aporten bienestar físico y emocional. Según un estudio publicado por El País, el consumo del alcohol empieza a ser testimonial entre los jóvenes, con solo un 8% que lo consume semanalmente. Una cifra que da cuenta de un cambio de tendencia que se refleja en el incremento de inscripciones a gimnasios, centros deportivos y actividades colectivas no ha dejado de crecer. La ecuación es simple: si se sale menos, pero se busca conocer gente nueva, los entornos deportivos se convierten en el nuevo bar, con mejor iluminación, sin resaca y con camiseta de repuesto.
A diferencia de otros espacios sociales, el gimnasio permite algo tan inusual como la repetición. Coincidir con las mismas personas varias veces a la semana, en distintos momentos del día, observando no solo sus habilidades físicas, sino también su forma de expresarse, de fallar, de esforzarse o de ayudar a otras personas. En lugar de perfiles de 300 caracteres, aquí hay tiempo, hay contexto y hay verdad.
Es en ese marco donde el ligue aparece como una posibilidad natural. No forzada, no planificada. Sin tener que deslizar a la derecha, sin algoritmos. En zapatillas, con moño mal hecho, sudor en la frente y una mirada al otro lado del espejo.


