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Islas del abandono: el diluvio y el desierto

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En los terrenos irradiados de Chernóbil ha resurgido una variedad de vida silvestre que no se había visto en mucho tiempo. También en la zona desmilitarizada de Corea del Norte. En Islas del abandono: la vida en los paisajes posthumanos (Capitán Swing), Cal Flyn visita los lugares más sombríos y desolados de la Tierra para comprobar cómo la naturaleza ha llenado su hueco: un canto al optimismo de la regeneración medioambiental. 


«Yo te conocí en el desierto, en tierra seca» (Oseas, 13,5)

En el desierto, el miedo debe transformarse en fe. 

Y es a la fe, en última instancia, a lo que se reduce el ecologismo. Fe en la posibilidad de cambio, la perspectiva de un futuro mejor (de brotes verdes a partir de los cascotes, de agua dulce en el desierto). Y nuestra fe a menudo es puesta a prueba. La tesis del juicio final de Jem Bendell, de Paul Ehrlich y de otros como ellos no nace de la ambición ni del rencor, sino que se ha extraído de la observación, del estudio minucioso. En otras palabras, de descifrar los hechos lo mejor que podemos.

Sin embargo, no puedo aceptar sus conclusiones. Hacerlo es abandonar toda esperanza, aceptar la inevitabilidad de un mundo caído, de un futuro ruinoso, cuando, en realidad, en los sitios en los que he mirado, en los que he estado –lugares doblegados y rotos, despojados y desolados, contaminados y envenenados– he encontrado vida nueva brotando entre los escombros de lo viejo, una vida más extraña si cabe y más valiosa debido a su resiliencia.

El mundo está corrompido, de eso no hay duda –una prolongada caída desde un estado de gracia–, pero también es un mundo que sabe cómo vivir. Posee una gran capacidad reparadora, regeneradora, de perdón (en cierta manera) si tan solo aprendemos a dejar que lo haga. Tierras que fueron taladas para los cultivos hace siglos se vuelven bosques en cuestión de años. Entornos vaciados de sus habitantes pueden repoblarse por voluntad propia. Incluso los peores lugares contaminados se convierten en ecosistemas de gran importancia.

Al inicio de este libro conté la historia de los dos recién nacidos que fueron exiliados a la isla de Inchkeith con una nodriza muda. Este ensayo se conoció como el «experimento prohibido» por la crueldad de infligir un sufrimiento tan extremo y para toda la vida sobre sus sujetos. En cierto sentido, muchos de los lugares de los que hablo en este libro son también experimentos prohibidos. A pesar de que no se han llevado a cabo de forma deliberada, no dejan de brindar información sobre procesos demasiado inmorales para ser inducidos de otro modo: catástrofes nucleares, contaminación tóxica, guerra de estancamiento, colapso social y político. Como en el caso de los recién nacidos, los resultados son asombrosos, si bien difíciles de interpretar.

Cuando, al volver de mis diversos viajes, he descrito mis observaciones a mis amigos, algunos de ellos han cuestionado mi enfoque en lo positivo –-en las asombrosas recuperaciones ecológicas– y han expresado dudas de si, al hacerlo, me arriesgo a socavar el duro trabajo de tantos activistas y legisladores infatigables que han identificado y procesado a quienes han dañado el medio ambiente de incontables maneras irreparables. Creo que es importante, por tanto, subrayar que con este libro no pretendo dar vía libre a quienes desean seguir saqueando nuestro planeta. En mi opinión, estos relatos de redención ofrecen algo distinto: son antorchas e iluminan un paisaje oscuro, faros de esperanza en un mundo que, a veces, se siente despojado de ella. Nos recuerdan el poder inherente del mundo que nos rodea. Y también hay estudios sobre los beneficios de ceder en ocasiones el control.

islas del abandono

Tendemos a arremangarnos, a «involucrarnos» en procesos naturales, a menudo sobre la base de que hay lugares que en el pasado se han visto afectados por los humanos: es «nuestra responsabilidad» deshacer el daño causado por nuestra especie. Pero estos lugares nos recuerdan el valor de evitar algunos de nuestros métodos de conservación más invasivos e intervencionistas.

 […]  Creo que nuestra culpa colectiva del impacto del hombre sobre el entorno puede impulsarnos en la dirección del sobretratamiento, basado en la presunción de que sabemos qué es lo mejor para los hábitats dañados y en que es preferible hacer algo que no hacer nada. Pero la sorprendente vitalidad de los lugares abandonados –incluso los que, para el ojo inexperto, pueden parecer ruinosos y sin brillo– y la manera en la que algunos pueden llegar a superar a las reservas protegidas en términos de biodiversidad demuestran que las intervenciones –como ocurría antes con el sangrado y las purgas– en ocasiones pueden hacer más mal que bien. Dicho de otro modo, debemos aprender moderación y reconocer cuándo es mejor dejar que sea la propia Tierra la que decida, como haríamos con un caballo en un terreno accidentado.

El gran biólogo E. O. Wilson sugiere que podríamos ceder la mitad de la superficie terrestre a la naturaleza como bastión contra desastres futuros, como un depósito de biodiversidad. Para ello se basa en su teoría de la biogeografía insular, que sostiene que cuanto mayor sea el área, mayor será la variedad de especies que un terreno respaldará. Wilson también habla de «islas» en un sentido metafórico y sus innovadores hallazgos han sido de gran inspiración para el movimiento de regeneración contemporáneo, que establece sus objetivos a «escala del paisaje».

Pero las islas del abandono de este libro sirven para recordarnos que los proyectos de conservación grandes y estructurados no son los únicos que ofrecen un retorno a la naturaleza, también lo hace el aguerrido aparcamiento abandonado al final de la calle. Debemos considerarlo, a este y todos los demás, un pequeño islote en un archipiélago que se extiende por todo el mundo. Peldaños para una especie a medida que recoloniza la tierra que se había perdido.

Lugares como el atolón de Bikini, Chernóbil y los bings en West Lothian nos muestran que a menudo la ausencia del hombre es el estímulo necesario para poner en marcha la resurrección. Al fin y al cabo, el tiempo es el gran sanador. La cuestión es: ¿cuánto tiempo se necesita? Y a continuación: ¿de cuánto tiempo disponemos?

Puede que no quede mucho. Es el momento del confesionario, de admitir los pecados. Es el momento de rezar, si se sabe cómo hacerlo: a Dios, a Gaia o, simplemente, lanzando nuestros ruegos y súplicas al éter en un gesto de impotencia y esperanza. Un tiempo para la fe, en otras palabras.

En el relato de su decimotercera revelación, Juliana de Norwich explica que Dios se presentó ante ella en forma corpórea y le dijo que en el mundo debía existir el pecado –el pecado es necesario»– y que, a pesar de todo, todo iba a acabar bien: «Todo acabará bien, todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien».

No soy ninguna mística. No he recibido ninguna visitación, ninguna anunciación. Tal vez no haya ninguna absolución. Pero sé que no todo está perdido.


Sigue leyendo en ‘Islas del abandono: la vida en los paisajes posthumanos’, de Cal Flyn (Capitán Swing).

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