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Jugar en serio

Santiago M. Alfonso

Durante demasiado tiempo confundimos crecer con vivir como si todo tuviera demasiada trascendencia. Nos acostumbramos a mirar el entusiasmo con cierta sospecha, como si divertirnos fuese algo estúpido cuando, en realidad, es todo lo contrario: jugar nos permite ensayar otras formas de ser. El cerebro no distingue con claridad entre performance y realidad; si juegas a ser algo —más valiente, más abierto, más presente— puedes acabar siéndolo.


Cuando la patinadora Alysa Liu se deslizaba sobre el hielo de Milano Cortina en los Juegos Olímpicos a principios de este año, ocurrió algo inesperado en la conversación digital. Durante unos minutos, dijimos adiós a la ironía clásica de internet y nos entregamos a algo: la alegría sin filtros, sin poses. Ha pasado el tiempo, pero todavía lo recordamos: esas mismas redes donde el idioma oficial suele estar marcado por el sarcasmo y la distancia emocional se llenaron de comentarios sobre la ilusión que despertaba ver a la campeona olímpica compitiendo. Como si, de repente, el mundo hubiese entendido que todavía es posible pasárselo bien sin más.

Porque Alysa, como ella misma confirmó unos días después, verdaderamente disfrutó patinando. Y ganó la medalla de oro. Al contrario de la concentración tensa del atleta a la que estamos acostumbrados, vimos en ella un regocijo puro y no performático, sin cálculos, sin un atisbo del qué dirán. 

Cuando terminó su programa y salió del hielo —sin saber todavía si había ganado— su sonrisa nos comunicaba que acababa de hacer lo que quería hacer. Un gesto de enorme valor y lleno de simbolismo que marcó un antes y un después y cuya influencia quedó reflejada en la cultura popular cuando, días después, en un sketch del programa estadounidense Saturday Night Live alguien decía: «Me siento libre… Me siento Alysa Liu».

Lo interesante no es solo la actitud de la deportista, sino la reacción que generó. Porque nos pone el dedo en una llaga: llevamos demasiado tiempo viviendo en una cultura que ha normalizado el agotamiento en detrimento de la diversión. Nos hemos acostumbrado a mirar el entusiasmo con cierta sospecha, como si pasárselo bien fuera una frivolidad o una forma ingenua de estar en el mundo.

Hay una contracultura que lleva tiempo cocinándose a fuego lento, el ‘playfullness’, que ve el juego como una postura vital 

Y, sin embargo, hay una contracultura que lleva tiempo cocinándose a fuego lento entre la generación que creció viendo colapsar prácticamente todo (el clima, los precios, la salud mental colectiva, la confianza en las instituciones y hasta la promesa de que el esfuerzo garantizaba la estabilidad). 

En Substack e Instagram, usuarios como @gaelaitor —un joven que lleva un año documentando lo que llama «el ascenso del juego como contramovimiento cultural»— señalan que hay un péndulo que empieza a moverse en sentido contrario a la cultura doomer impulsada online —esa tendencia al fatalismo, la apatía y la idea de que el futuro está perdido— y la obsesión por optimizar cada centímetro del cuerpo a través de corrientes como el looksmaxxing, que convierte la apariencia física en un proyecto de mejora permanente: volver a ser capaces de jugar.

No te lo pases bien, pásatelo increíble

Este nuevo (contra) movimiento no nace desde el optimismo tóxico —eso sería otra trampa—, sino desde algo más honesto y, sobre todo, mucho más antiguo. Y la clave es que no ve el juego como actividad de nuestro tiempo libre; lo ve como una postura vital. Porque jugar no es una pérdida de tiempo, sino una forma de volver a estar disponibles en la vida y relacionarnos sin convertir cada decisión en un medio para una meta.

Es una disposición mental concreta. Desde un punto de vista neurológico, la diferencia entre jugar y no jugar no tiene nada que ver con la seriedad o el esfuerzo —Liu es atleta olímpica y entrena durísimo—, sino con algo mucho más sutil: la presencia de voluntad, de seguridad y la falta de resultado específico.

Es decir, cuando una actividad se vuelve obligatoria o se reduce a alcanzar una meta, el cerebro sale del modo juego y entra en modo rendimiento, en modo producción. Sostenido durante años, ese modo produce exactamente lo que estamos sufriendo: agotamiento, pensamiento rígido, incapacidad para conectar con otros. O, como la misma Alysa lo define, burntout. Y hay algo más que los estudios llevan tiempo documentando: el cerebro no distingue con claridad entre performance y realidad. Si juegas a ser algo —más valiente, más abierto, más presente— puedes acabar siéndolo.

En Estados Unidos, uno de los países más marcados por la desafección, esto ya está tomando forma concreta. La iniciativa Little Tokyo Table Tennis en Los Ángeles usa partidas de ping pong semanales para reunir a una comunidad creativa sin más pretensión que jugar. 

Quizá volver a jugar sea una forma de volver al mundo con más presencia y menos miedo a pasárnoslo bien

Algo similar ocurre con los Gladiadores de Nueva York y sus batallas medievales en el corazón de Manhattan o con el Faye Webster Invitational, donde la cantante organiza torneos de tenis y ajedrez, entre otros, para sus fans en distintas ciudades. Ninguno se vende como terapia ni como networking. Son lo que son: espacios para jugar con otros sin demostrar nada.

Lo que hace especiales a estas ideas es lo que las distingue del otro gran movimiento de comunidad de los últimos años: los clubes privados de pago que proliferan con lógica empresarial. Cuota de entrada, listas de espera, secretismo como valor de marca. La comunidad convertida en suscripción. El pertenecer, mercantilizado. 

Pero divertirse y construir una comunidad propia no debería ser privilegio de clase

—ya lo reclamó el movimiento reformista de principios del siglo XX cuando exigió parques públicos y playgrounds gratuitos frente a los jardines privados de la industrialización—.

¿Y en España? Hay señales y tendencias —el ajedrez callejero en plazas, los grupos que juegan al vóley en los parques o los bailes sociales al atardecer—, pero el proyecto explícito todavía falta. La pregunta que debemos hacernos ahora no es cómo incorporar esta actitud a los sistemas actuales, sino cómo los transformará. ¿Qué ocurre cuando alguien que solo ha conocido la vida en formato crisis, pero que prioriza pasárselo bien y disfrutar del proceso, tiene que incorporarse a un mundo como el nuestro, donde cada actividad se mide en objetivos y resultados?

Alysa Liu no ganó a pesar de pasárselo bien. Ganó, en gran parte, porque se lo estaba pasando genial. Hay algo en esa frase que incomoda a quienes hemos construido nuestra relación con el esfuerzo sobre la base del sacrificio y la seriedad, olvidando que ser disfrutones no es solo una forma legítima de hacer las cosas: es una herramienta radical para construir nuestro mundo.

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