Keep it Cutre: «Perteneces con tus amigos de toda la vida, no en Bali tomando caipirinhas tres veces al año»

Cristina Suárez

Cuando Albanta San Román (1996) y Ángela Henche (1994) llegaron a internet, las redes eran primitivas, no existían los filtros de Instagram y todavía se podía hacer el ridículo sin calcularlo todo. Años después, en 2019, se lanzaron con Keep it Cutre, un pódcast concebido como una conversación entre amigas retransmitida al mundo, imperfecta y alejada del postureo. Hoy, el proyecto es un espacio de reflexión y la voz de dos generaciones —la millennial y la zeta— que siguen intentando entender qué significa ser adulto en un mundo que se siente cada vez más extraño. Nos las llevamos de paseo por el madrileño barrio de Usera para charlar sobre qué supone madurar, cómo negociar con la ambición y, sobre todo, cómo defender lo cutre frente a la estética de los algoritmos y el rendimiento.


Fotografías: Javier Román (JavieRomán) | Estilismo: Rebeca Perlé y Telmo Pérez | Maquillaje: Gema Bajo


Albanta San Román: Me encantaría decirte que sí. Pero la verdad es que empezamos de forma cutre no por hacernos las chulas, sino porque no había un duro. Lo único que teníamos era nuestros móviles y un sueño (bromea). Con el mío grabábamos la imagen y, con el de Ángela, el sonido en un cuartito que nos dejaron mis padres. Todo lo que queríamos era charlar, en realidad, sin intención de que eso llegara a nada, porque en ese momento el mundo pódcast no existía como tal.
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En ese momento que os ponéis a ello también se da otro factor: que el fenómeno Youtube que abrió la puerta a los influencers más longevos empezaba a desinflarse.

ASR: Sí. Estaban ganando terreno las redes sociales y los contenidos breves. Y nosotras, expertas en tener esas conversaciones eternas de amigas, pensamos «oye, vamos a seguir hablando sin tener que estar encorsetadas en tiempos». No sé si cutre y auténtico son sinónimos, pero en nuestro caso lo que nos hizo auténticas fue tener pocos recursos y muchísima verborrea.

Ángela Henche: Y lo bonito es que seguimos haciéndolo aunque ahora tengamos cámaras de alta definición, focos y producción. La charleta sigue siendo el formato y es precioso ver lo que nos preocupaba hace ocho años y lo que nos preocupa ahora. Ese cutrerío de hablar de lo nuestro es lo que hace que el proyecto siga funcionando.

¿Es fácil mantener esa esencia al margen del postureo que alimenta internet y que también ha alcanzado a los propios pódcasts? Ahora la estética, los contenidos e incluso el ritmo de las conversaciones están mucho más marcados y profesionalizados: la inversión publicitaria en estos formatos supera los 31 millones de euros anuales solo en España, según la consultora PwC.

 AH: No. Este mundo es ahora una cosa tan grande que necesita marcas y patrocinios para que la producción funcione. Lógicamente, las marcas tienen su terreno y algunas pueden definirte ciertas líneas rojas y darte ciertos mensajes a los que te debes. Y ahí la cosa ya cambia mucho.

ASR: Como ahora todo tiene que parecer una película de Christopher Nolan, tiene que haber alguien que ponga esa pasta.

Ángela (izquierda) lleva top y falda de Susmies, mangas de Mario Martin, sombrero de Zahati, pin de Andrés Gallardo y pendientes de Cleopatra’s Bling. Albanta (derecha) lleva vestido de Mario Martin, top de Momoni, sombrero de Zahati y joyas de Cleopatra’s Bling.

De hecho, como contraposición a esa estética tan cuidada de internet, nace un concepto: el playfullness, la necesidad de volver a jugar con lo que somos y cómo estamos en el mundo. Ser espontáneos sin tener miedo a dar cringe, que en realidad es como empezamos en internet los millennials: haciendo lo que nos diera la gana sin miedo al juicio.

AH: Es que lo que hoy da vergüenza ajena mañana puede ser tu carrera. Hay que atreverse con todo.

ASR: Para mí el cringe es una herramienta de control para decirte «no te salgas del tiesto ni destaques porque vas a dar vergüenza».

«Lo que hoy da vergüenza ajena mañana puede ser tu carrera»

Hace poco hablábais precisamente del discurso de odio en redes. Contabas, Albanta, que en un viaje de avión fuiste al lado de un hombre que se dedicó todo el viaje a copiar y
pegar comentarios negativos en decenas de publicaciones sin ni siquiera verlas. Eso, sin duda, da bastante perspectiva.

ASR: Aluciné, era como un bot. Lo hacía simplemente por la dopamina que le daba criticar a alguien porque sí. Es el ejemplo perfecto de que no hay que tener vergüenza haciendo lo que te gusta y te llena, porque probablemente te critiquen igual.

Ganasteis el Premio Ídolo al mejor pódcast este año. Igluu estuvo allí y lo vio en directo. ¿Cómo os sentisteis?

AH: Genial porque, en realidad, a veces no hemos tomado las mejores decisiones. En plena pandemia dijimos
«bah, pues dejamos de emitir» y fue justo cuando todo el mundo creció. Es un reconocimiento por haber abierto ese camino de los pódcasts conversacionales y sienta muy bien.

ASR: Sí, porque ya pensábamos que nos iban a dar un premio póstumo (bromea).

Es que tenéis a vuestras espaldas más de una década de internet. Eso da muchísima visión sobre cómo ha cambiado el paisaje. Es más: aunque vivís de internet, no dejáis de concienciar sobre derechos digitales.

ASR: Es que si en diez años esto ha cambiado tantísimo, ¿qué nos espera en la próxima década ahora que la inteligencia artificial está tan integrada? Ya nadie es una persona online y otra persona offline: somos como nos comportamos en los medios digitales y, por eso, creemos que es tan importante hablar de ello. Nos han lanzado a la jungla con herramientas que, sin duda, hay que legislar.

Australia ha sido el primer país en impedir que los menores de 16 años tengan redes sociales, Francia aprobó un proyecto de ley para prohibir el acceso a menores de 15 y España anunció a principios de 2026 que hará lo mismo. Hay opiniones enfrentadas al respecto.

AH: Prohibir las redes a menores no significa que vayan a dejar de entrar. También está prohibido que fumen o beban y ahí están muchos con sus pitis y de botellones. Pero es una legislación coherente porque e ejemplarizante: demuestra que internet conlleva unos riesgos. No es una cuestión de coartar libertades, sino de proteger. Y hay otro tema: en muchas ocasiones, como generación tenemos que educar a nuestros padres sobre el mundo digital y, ahí, la ley les puede ayudar a ser mucho más conscientes sobre lo que hacen sus hijos.

ASR: Como mínimo, tenemos que entender como sociedad que internet puede ser muy nocivo tanto para la salud física como la mental.

Estamos en el camino: según el estudio Marcas con Valores 2026 sobre la Generación zeta, la primera nativa digital, un 60% de los encuestados dicen ser conscientes de que las redes les quitan tiempo, motivación y creatividad. Incluso se plantean borrarse sus perfiles en el futuro.

AH: Es un péndulo generacional. Nosotras empezamos en internet de una manera híper ingenua, como una forma de entretenimiento y de encontrar a gente con nuestros gustos. A día de hoy es un bombardeo constante de publicidad, notificaciones y desinformación. Por supuesto que el cuerpo pide alejarse de eso.

Esa generación está dando el paso a la adultez, que generalmente implica ser más consciente de cómo se quiere vivir, mientras sigue dentro de las redes sociales. En un entorno digital que convierte en tendencia todo lo que toca, ¿hay riesgo de que esa conciencia —desconectar, poner límites, vivir más despacio, respetar el entorno— sea más una estética que una forma real de estar en el mundo?

ASR: Es muy complejo. Por mucho que tú quieras tener una conciencia particular, vivimos en el mundo en el que vivimos. Muchas veces me pregunto si realmente es tan importante que la gente lo haga por estética o porque realmente quiere, con tal de que lo haga. Al final, acciones individuales van haciendo acciones colectivas.

AH: Es todo un dilema. Por ejemplo, con este trabajo de influencer, yo tengo un comecome continuo con la cantidad de residuos que genero simplemente por las cosas que me llegan a casa. Me abruma un poco porque no necesito ni la mitad, pero va muy asociado a mi trabajo. Creo que al final lo intentas hacer lo mejor que puedes con lo que tienes.

Vestido de Kaos, sandalia de Martinelli, bolso de Zahati, collar de Cleopatra’s Bling, pendientes de Andrés Gallardo y reloj vintage.
Camisa de Vassaga, falda de Simorra, bolso de Zahati, pendiente de Andrés Gallardo y pulsera y anillo de Cleopatra’s Bling.

En términos generacionales, ambas estáis en una posición muy interesante. Albanta, tú eres zeta; Ángela, tú eres millennial, pero estáis muy cerca de la frontera entre las dos generaciones. Sois una bisagra entre dos mundos, con lo mejor (y lo peor) de cada uno. ¿Qué os ha aportado ese punto intermedio?

AH: Ser millennial en el mundo de internet ha molado mucho porque ha sido mucho más libre. Pero la Generación Z me ha enseñado a posicionarme y a decir abiertamente lo que pienso en mi día a día. En nuestra generación, hacer eso en clase te llevaba a ser la rara, la pesada.

ASR: A mí me da mucha envidia la libertad de los zetas más jóvenes que yo. Están más comprometidos con muchísimos temas, especialmente en torno a la identidad sexual.

AH: Con un matiz: creo que esto también lo percibimos así porque estamos en una cámara de eco. Hay parte de estas generaciones que son todo lo contrario.

¿Y qué aspectos negativos os han influido de ambas generaciones?

AH: Nos hemos comido la crisis de 2008, una entrada laboral súper precaria y ahora un acceso a la vivienda que ahoga.

ASR: Y eso que somos unas privilegiadas: la gente que nos rodea vive en el mundo “real” al que nosotras, aunque tenemos conciencia de ello, claramente no pertenecemos del todo porque tenemos un trabajo maravilloso que, con relativamente poco, está muy bien pagado. Eso nos permite hacer cosas que mucha gente de nuestra generación ni en diez años podrá permitirse

AH: Cuando tienes un privilegio, tienes que seguir rodeada de la gente que no lo tiene. Si no, acabas creyendo que tu privilegio es la norma. Yo estoy muy orgullosa de que ambas sigamos teniendo los mismos amigos y saliendo por los mismos sitios. Está genial que por ser influencer te inviten a lugares increíbles, pero estar con mi gente es mucho más divertido.

ASR: Es muy difícil que no se te vaya la olla si te invitan a Bali a gastos pagados; luego te vas con tus amigos de viaje a Peñíscola y te ves fuera de lugar, cuando en realidad ese es tu sitio. Donde no perteneces es en Bali tomando caipirinhas tres veces al año.

«La juventud es un sujeto político de pleno derecho»

A pesar de todo, a los zeta se les sigue tachando de «generación de cristal», como si poner palabras al malestar fuera una forma de fragilidad. Frente a esto habéis defendido la urgencia de abrir conversaciones más honestas entre generaciones y entender que no se trata de ver quién aguanta más, sino de preguntarnos qué hemos normalizado durante demasiado tiempo.

AH: Es que aporta tanto sentarte a hablar con tus padres, con tus abuelos, y que te cuenten y ellos también estén abiertos a escucharte. Lo de «cuando seas padre, comerás huevos» te lleva a algo muy plano intelectualmente.

ASR: De hecho, el Consejo de la Juventud reivindica que la juventud es un sujeto político de pleno derecho. Que es heterogénea y parte del tejido

La adultez también obliga a negociar con la ambición. En redes se habla mucho de la higuera de Sylvia Plath: esa imagen en la que cada fruto representa una vida posible y la imposibilidad de elegir acaba pudriéndolos todos. ¿Cómo gestionáis vosotras esa presión?

AH: Yo me he reconciliado mucho con la ambición. Me ha costado, pero ahora me compensa mucho más tener una vida tranquila, que es lo que me hace feliz.

ASR: Creo que en la adultez pasas por muchos microduelos. La treintena es una etapa muy rara porque hay amigos con hijos y amigos que siguen saliendo de fiesta un jueves. Pero, en mi opinión, hay que huir del síndrome de Peter Pan: no se acaba el mundo cuando cumples los treinta. Como generación estamos reinventando mucho la manera de ser adultos y eso es maravilloso.

AH: Si nuestra generación tuviera los medios económicos para dar ciertos pasos asociados a la vida adulta como independizarse o formar una familia, si es lo que se quiere—, quizá no romantizaríamos tanto esa idea de seguir viviendo como cuando éramos más jóvenes. Lo respeto, por supuesto, pero creo que a veces esa forma de entender la adultez también puede ser una estrategia de supervivencia frente al contexto actual.

En ese proceso de ir dejando atrás ciertas versiones de vosotras mismas, pero también de inventar otras formas de ser adultas, ¿qué perspectivas os ha dado la madurez?

AH: Yo soy aún más pasota que de adolescente. Elijo con quién pasar tiempo y me da igual lo que la gente piense. Voy a mi bola, la verdad.

ASR: Crecer te da perspectiva para relativizar. Esa es la clave para estar en paz. En la adolescencia, la primera vez que te rompen el corazón sientes que te vas a desintegrar y luego, con el tiempo, aprendes que nadie se muere de amor. Pues, como eso, todo en la vida. El mundo en el que vivimos es demasiado hostil como para que no controlemos las pocas cosas que tenemos en nuestra mano.

Pero esa lucidez también puede traer algo de desgaste: crecer implica ser más consciente de cómo funciona el mundo. ¿La madurez os ha hecho más libres o más cansadas?

AH: Dicen que la ignorancia y la felicidad muchas veces van de la mano (ríe). También es cuestión de saber lo que puedes hacer como individuo: yo no puedo parar una guerra, pero tengo mi voto y puedo dar voz a lo que quiero. Son esas pequeñas decisiones las que puedo tomar para intentar cambiar el mundo. Sola no, claro, pero si yo lo hago, tú lo haces y otros nos siguen, se genera un movimiento.

ASR: El mundo ahora mismo es muy feo en muchos aspectos y eso agota. A veces, por salud mental, tienes que elegir con qué ser inconsciente y, por tanto, incoherente. Si no, es imposible que no te afecte. Pero tampoco hay que caer en el engaño: podemos cambiar cosas desde nuestra posición. Nosotras, sin duda, sabemos que el pódcast es un buenísimo alta voz para concienciar.

AH: Aunque nos arriesguemos a recibir oleadas de insultos en redes, seguimos hablando porque es parte de nuestra personalidad. Y creo que en eso somos muy valientes, especialmente como mujeres. Estamos muchísimo más expuestas al odio.

En un mundo así, los vínculos son más importantes que nunca. Vuestro pódcast es uno de esos refugios para la amistad, pero ¿cómo cambia la vida cuando tienes amigos que te acompañan cada día?

AH: Si eliges tener a tu gente cerca y eso es mutuo, se crea un tejido precioso. Y muy fuerte.

ASR: Las historias de amor también son con nuestros amigos. Como generación, creo que estamos haciendo algo muy bonito al construir esa red y ser conscientes de que necesitamos iguales en quienes mirarnos, porque van a ser el apoyo de todo lo que hagamos. Yo quiero que las relaciones con mis amigas duren para siempre.

Ángela (izquierda) lleva top de Susmies, falda de Simorra, zapatos de Martinelli y bolso vintage. Albanta (derecha) lleva vestido de Susmies, zapatos de Pretty Ballerinas y bolso de Zahati.


¿Seguís haciendo planes cutres con vuestra red?

AH: Sigo quedando con todos mis amigos en mi barrio, en un bar donde solo sirven cortezas para comer. Y ese es nuestro plan perfecto.

ASR: Mi juego favorito es el parchís y me encanta organizar con mis amigas campeonatos en los fines de semana. Jugamos, hablamos y, entre partida y partida, nos arreglamos un poco la vida.


Queremos dar las gracias al Mercado Municipal de Usera y al Ayuntamiento de Madrid por su colaboración en la cesión de las localizaciones para este fotorreportaje.

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