Ser charca es un tipo de personalidad. O quizás la falta de ella. Es vivir cómodamente en lo mainstream sin plantearse qué hay más allá, haciendo lo mismo que el resto de vecinos del estanque. Al menos, eso es lo que dice internet sobre quienes abrazan la cultura de masas. Pero lo más probable es que todos tengamos al menos un pie en el agua, y quizás no haya nada de malo en chapotear de vez en cuando tan tranquilos con un matcha en la mano.
Para cuando leas esto, es posible que “charca” sea un término en desuso. Arcaico. Viejuno. Una de esas palabras que dan vergüenza ajena oír en boca de señores de cuarenta años (aquí uno) intentando hacer ver que están al día con el argot de las nuevas generaciones. Es posible, en definitiva, que “charca” ya sea charca. Porque “charca” se popularizó en esa distante época geológica conocida como el año pasado, y eso —en términos de redes sociales (lo que, en 2026, equivale a decir «en términos generales») — es una eternidad.
¿Qué es “charca”? Siento decir que, si no te suena, corres peligro de serlo. Al menos en su acepción original, es todo aquello que es aburridamente mainstream, insípidamente popular, descaradamente conformista. Es hacer la cola para comprar lotería en Doña Manolita. Es llevar chaleco de plumas y pantalones blancos. Es comer habitualmente en restaurantes de cadena.
La cultura influencer ha convertido lo cotidiano en contenido, y ahora todo parece “performativo”: cuando se publica algo en redes se le adivina una intención, aunque no la tenga.
Ser charca es abrazar la cultura de masas. El problema es que, en la era del algoritmo, cada vez es más difícil definir qué significa eso. Porque charca también es hacer cola para la inauguración de una tienda de ropa, consumir bebidas de matcha o apuntarte a un reto viral descerebrado. Puede ser hacer cosas que hace unos meses nadie sabía ni que existían, pero que ahora son inmensamente populares. Y que, en algún momento, llegan a serlo tanto que dan pereza.
Obviamente, el debate se zanja rápido: que a cada uno le guste lo que le dé la gana, faltaría más. Disfrutar el pop más coreografiado en TikTok no es mejor ni peor que escuchar el subgénero más rebuscado. Seamos libres de disfrutar lo que nos hace felices. Listo, hasta aquí llega el artículo. ¿O no? Pues no, la trama se complica.
Sonría, usted está performando
La razón es que las redes sociales han cambiado el juego. Porque lo mainstream y lo alternativo han existido siempre. Pero, hasta hace no mucho, lo hacían en dos planos separados, dos realidades paralelas que prácticamente no se tocaban. La contracultura miraba con cierto recochineo a lo masivo, pero este no se enteraba mucho. Y todos tan contentos.
Pero ahora no. Ahora, todos estamos en el mismo sitio. Todos compartimos escenario. Nuestra vida se retransmite en streaming 24/7, desde el selfie con café en el ascensor de primera hora hasta la foto del tardeo después del trabajo. Todos compartimos, todos seguimos, todos comentamos.
La cultura del influencer ha convertido lo cotidiano en contenido, y el mundo entero tiene una opinión al respecto. Porque, cuando se publica algo en redes se le adivina una intención, aunque no la tenga. Es lo que ahora llamamos “performativo”. Parece ser que ya nadie lee libros en el metro —por ejemplo— porque da la casualidad de que le guste leer: es todo parte de un elaborado plan para proyectar una imagen concreta y estudiada hacia el exterior. Es la construcción de nuestros personajes digitales. Es una marca personal. Y no podemos escapar. Da igual que te borres de todas las redes sociales: no hay nada más performativo que eso.
En ese contexto, el concepto de charca es una especie de leviatán que, antes o después, nos acaba devorando a todos. No importa lo original que seas, o lo adelantado que estés a las modas. Ser early adopter no tiene premio. Siempre va a llegar un punto en el que lo que te interesa de forma sincera sea engullido y regurgitado en forma de trend. Incluso la observación sarcástica acaba convirtiéndose en mainstream y, por lo tanto, en víctima de la misma observación sarcástica. Y así, ad infinitum.
¿Y qué pasa si quiero una smash burger?
Existe un meme para todo, y por supuesto, hay uno que enumera los componentes necesarios para un charca starter pack. Hay diferentes versiones, pero es algo así: las smash burgers, los Labubus, las cheesecakes (que no las tartas de queso), y, por supuesto, decir «charca». Imagínate lo charca que será decir «charca» que estás leyendo sobre ello en una revista de papel. Porque leer en papel… ¿Es charca? ¿Es contracultural? ¿Es performativo? No tengo ni idea. Pero parece que lo que es charca seguro es decir «charca».
No importa lo original que seas: siempre va a llegar un punto en el que lo que te interesa de forma sincera sea engullido y regurgitado como ‘trend‘
Y, sin embargo, tiene su sentido. Porque criticar lo popular cumple una función social: poner en duda el gusto mayoritario, incluso ridiculizarlo, es la forma en la que tradicionalmente han aflorado los movimientos (contra) culturales más importantes de la historia. Gracias a la reacción ante lo establecido tenemos el impresionismo, el dadaísmo o el punk. Y en una década marcada por los gurús de la machosfera o las influencers que se enorgullecen de no abrir un libro, resulta refrescante seguir a cuentas como @literal247, que los parodia con vídeos tan divertidos como taquicárdicos (al menos para los que pasamos de treinta).
Necesitamos iconoclastas. Necesitamos gamberrismo y criticar la complacencia. Y necesitamos tomárnoslo todo con humor. Hasta ahí, la crítica del charquismo cumple una función. Lo que casi seguro que no necesitamos es una policía del gusto.
Necesitamos iconoclastas, necesitamos criticar la complacencia y tomárnoslo todo con humor; lo que casi seguro no necesitamos es una policía del gusto
Porque ahora se oye mucho aquello de que «lo cultural es político». Y es verdad. Pero las redes sociales han hecho que lo cultural y lo político se mezclen también con lo personal, con lo anecdótico, con lo intrascendente. Se dice que las opiniones son como los culos y eso no es lo novedoso: lo que sí es nuevo es que ahora estamos expuestos a las opiniones —a los proverbiales culos— de todo el mundo, todo el rato.
Tenemos que recuperar espacios en los que poder disfrutar de cosas sin que hacerlo se perciba como una declaración de intenciones. Sin que sea leído como performativo o identitario. Sin que nos defina, y sobre todo sin que ello nos convierta en charca, en NPC o en un cuñado (porque, aunque “charca” sea propia de la generación Z, las demás generaciones tenemos exactamente los mismos comportamientos, tanto en las redes como fuera de ellas). Porque todos tenemos un pie fuera y un pie dentro de la charca, como ha pasado toda la vida. Y chapotear un poco de vez en cuando no tiene nada de malo.


