La gran pregunta: ¿somos felices? Muchos se quedan paralizados antes que dar una respuesta; otros, sin embargo, deciden enfrentarse a ella con todos sus recursos: es el caso de Alejandro Cencerrado, que dedica sus horas a tomarle el pulso a la felicidad en nuestra sociedad.
Llevamos siglos hablando de ella, deseándola, pero parece que nadie acaba de encontrarla. Hablo de la felicidad. Se ha dicho tanto, y sin embargo, a pesar de la saliva gastada, los problemas de salud mental siguen al alza. La gente está cada vez más cansada, estresada, sola. Igual es que, como dicen algunos, obsesionarse con la felicidad es la forma perfecta para acabar siendo infeliz.
Sea lo que sea que nos hace estar mal, una cosa está clara: todos sabemos si llevamos o no la vida que queremos. Te invito a pensar cómo fue el día de hoy, o si es muy temprano, el de ayer. ¿Fuiste feliz? ¿Qué hizo que el día fuera bueno o malo? No te costará saberlo. El cerebro tiene una capacidad impresionante para encontrar esa información y ponerla a nuestra disposición. Por esta razón, hace unos años, el Happiness Research Institute de Copenhague, decidió empezar a medir esa cosa que tan clara tenemos todos en nuestras cabezas para empezar a guiar el rumbo de nuestra sociedad en la dirección correcta. ¿Somos felices? Y, si no lo somos, ¿qué estamos haciendo mal?
Desde hace ocho años, soy analista de datos en este instituto. Analizo las respuestas de miles de personas a esta pregunta u otras similares. ¿Estás satisfecho con tu vida estos días? ¿Sientes que tu vida tiene sentido? De ellas puedo sacar conclusiones que otras métricas no pueden. Por ejemplo, una de ellas es que nuestros mayores se sienten muy solos. Mientras nuestra economía crece, miles de ancianos no tienen a nadie a quien llamar, sus hijos trabajan en otra ciudad y sus vecinos de siempre han sido sustituidos por pisos turísticos. Desgraciadamente, lo que no se mide en nuestra sociedad parece no existir, y medir la felicidad es importante para no caer en el error de pensar que nuestra sociedad va viento en popa, mientras la gente vive ansiosa, sola e infeliz.
Aunque no lleguemos nunca a evaluar el progreso de nuestras naciones basándonos en el bienestar de la mayoría, sí puedes hacerlo en tu vida
La gente tiene reticencias a la medida de la felicidad –y con razón– porque es algo subjetivo. No los juzgo. Yo mismo tenía dudas cuando entré en el instituto. Pero ya no tengo ninguna. Nuestros hijos pueden sacar buenísimas notas en PISA, pero si no les preguntamos cómo están, nunca entenderemos por qué hay tanta ansiedad en las aulas. Nuestros trabajadores pueden ser muy productivos, pero si solo medimos eso, no llegaremos a saber nunca por qué son los que más ansiolíticos toman del mundo. En definitiva, aunque no nos fiemos mucho de la medida subjetiva del bienestar, debemos hacernos algunas preguntas básicas: ¿queremos niños ansiosos con notas excelentes? ¿Queremos vivir para trabajar? Las respuestas a estas sencillas preguntas definirán si seguimos centrando todos nuestros esfuerzos en producir o si nos enfocamos en estar en paz con nosotros mismos. Si seguimos midiendo el progreso en función del PIB, conseguiremos lo primero; si nos basamos en los sentimientos de la gente, fomentaremos lo segundo.
Aunque no lleguemos nunca a evaluar el progreso social basándonos en el bienestar de la mayoría, sí puedes empezar a hacerlo con tu vida. Antes te preguntaba si habías sido feliz hoy. Si a lo largo de varios meses tu respuesta a esa pregunta es negativa, plantéate si merece la pena seguir en ese puesto, por prestigioso que parezca, o en esa ciudad. Al enfocarte en tu bienestar y no en las apariencias, empezarás a ver la cantidad de cosas que te han hecho creer que son importantes a pesar de no aportarte nada. Eso es sencillamente lo que pretende conseguir la medida de la felicidad: hacernos conscientes de lo que importa de verdad y empezar a ponerlo sobre la mesa.
Alejandro Cencerrado es físico, experto en Estadística y analista de big data del Instituto de Investigación de la Felicidad de Copenhague. También es el autor del libro En defensa de la infelicidad (Destino).


