A Dios rogando… y en el feed publicando. ¿Está de moda la fe? 

Juan Millán

¿Quién sabe hoy rezar el Rosario? Detrás de esta ristra de cuentas —diseñada en secciones para marcar el ritmo de la oración— hay una intención precisa. Sin embargo, como en los primeros años 2000, los jóvenes vuelven a usarlos para completar sus outfits. Esta vez con un propósito estético que poco tiene que ver con el original.


La fe está de moda. Lo demuestran TikTok, Instagram y hasta Spotify. La “revelación” de LUX, el próximo disco de Rosalía, colapsó el centro de Madrid hace apenas unos días. En la portada  —cielo azul, hábito blanco— la artista nos lleva, una vez más, a explorar el rol de la mujer en la religión. Los títulos de las canciones por desvelar —”Reliquia”, “Divinize”, “Mio Cristo”— parecen apuntar también en una misma dirección.

¿Qué es el Christiancore?

Esta referencia hacia lo sagrado ni es nueva, ni vuelve sola. Hace ya algunos años, el grupo católico Hakuna comenzó a agotar entradas en cada concierto. En 2025, muchos otros artistas se han sumado a ese mismo imaginario: YungBeef construyó un show en torno a los siete pecados capitales en el Palacio Vistalegre; Desmelenao reinterpretó La Piedad sobre el escenario y el rapero Fernando Costa comparte en Instagram imágenes cargadas de cruces y coronas de espinas como parte del escenario urbano. 

Lo que sí ha cambiado es la forma de nombrar a este fenómeno: el christiancore, un término nacido en las redes sociales que transforma los símbolos del cristianismo en lenguaje visual. Porque no sólo la música refleja este retorno de lo religioso. Hace unos días, sel Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades reconocía a Byung Chul-Han, autor de Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. Por no hablar de Los domingos, la película que estrena Alauda Ruiz de Azúa sobre el recorrido devocional de una joven que quiere ser monja y que está llenando las salas de cine.

Y claro, esto cala. Mi hermano adolescente escucha en bucle desde hace meses el disco Me muevo con Dios de Cruz Cafuné (“Intento poner amor en todo lo que hago, / el cien en todo lo que hago, / a Dios en todo lo que hago”) y, hace unos días, me respondía tajante en una conversación mientras cenábamos: “Los tiempos de Dios son perfectos”, dijo. Yo me callé, claro.

Todo esto… ¿de dónde viene?

Frankie Pizá, analista cultural y context creator explica el nuevo giro religioso de la cultura pop: “Responde a un momento donde la ansiedad, la hostilidad pública y la fatiga política empujan a la gente hacia lenguajes que devuelvan cierta ‘claridad moral’. No es que los artistas se vuelvan creyentes, más bien que ‘lo espiritual’ se vuelve un registro socialmente legible”.

Por otra parte, Luis Argüello, Presidente de la Conferencia Episcopal Española apunta:

“Puede hablarse de una moda, pero seguramente hay una corriente de fondo. (…) Si Rosalía y su equipo de marketing ven que hablar de Dios, vestirse como una monja y cantar las consecuencias del vacío existencial del materialismo tiene algo que decir (a los jóvenes), seguramente haya una corriente de fondo (…), a la que debemos estar atentos”.

En su libro La marca de Dios, Leopoldo Abadía y Toni Segarra reflexionan acerca del cristianismo como la marca con más capacidad de influencia de la Historia. Y lo analizan desde la perspectiva del marketing. Así, su éxito se debería, entre otras cosas, a la fuerza de su comunicación: una narrativa sólida, universal y milenaria.

Porque la Iglesia ha sabido rodearse de sus propios influencers —desde los grandes artistas del Barroco hasta el joven seminarista Pablo Garna—, mantener un mensaje claro y adaptable a cualquier cultura, y, por supuesto, consolidar el logotipo más icónico de todos los tiempos: la cruz. Simple, memorable, atemporal y, sobre todo, versátil. Ni siquiera el swoosh de Nike puede competir.

En definitiva, sea a consecuencia de una sociedad que se replantea sus pilares o por lo cíclico de las tendencias que siempre terminan volviendo (aunque sea 2000 años después), la simbología cristiana vuelve a encontrar su lugar en la generación Z.

Y mientras escribo estas últimas palabras el modo aleatorio de mi playlist de fondo escoge a Barry B: “Yo nunca había creído en Dios, / ahora estoy arrodillado”. Será casualidad.

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