Por primera vez, el porcentaje de la población española que lee libros en su tiempo libre supera el 65 %. Los datos son innegables, pero la realidad cotidiana introduce un pequeño matiz: muchas personas acumulan una montaña de libros pendientes y, aun así, siguen comprando alguno más. Solo uno, en teoría. Hasta que aparece otro en BookTok o alguien recomienda ese título que “hay que leer sí o sí”. Entonces el ciclo se repite. El libro no se lee (todavía), solo se compra. ¿Por qué acumulamos libros que no leemos?
Los japoneses, que tienen palabras para todo, inventaron una para esto: “tsundoku”, o lo que es lo mismo, el arte de acumular libros sin leerlos. En el fondo, cada libro que compras y no abres es una promesa: algún día tendrás tiempo. Es como si solo el hecho de tenerlos te hiciera sentir más cerca de la versión lectora que quieres ser.
Pero mientras tanto, los libros siguen esperando y esa necesidad de acumular no tiene tanto que ver con la lectura como con lo que representa. El sociólogo Pierre Bourdieu lo llamó capital cultural: el valor que le damos a las cosas que consideramos “cultas” (los libros, la música, el arte…) sirve para definirnos frente a los demás. Puede que tengas algo de eso en tu estantería: los libros que enseñas dicen tanto sobre ti como los que realmente lees.
Los libros que enseñas dicen tanto sobre ti como los que realmente lees
BookTok: cuando leer se comparte
Las redes sociales han llevado esta idea a otro nivel. En TikTok existe una comunidad enorme conocida como BookTok, donde miles de usuarios recomiendan lecturas, comparten reacciones emocionales y muestran sus estanterías como si fueran una extensión de su personalidad. Allí abundan las portadas de colores, los libros subrayados, los cafés junto a un ejemplar abierto. Los libros ya no circulan solo como historias, sino también como imágenes. Leer se convierte en algo que se comparte, se graba y se muestra: una forma de decirle al mundo que eres “de los que leen”.
Aunque, lo que puede parecer solo estética también tiene una explicación más profunda. Vivir en un mundo rápido, líquido, como decía Zygmunt Bauman, donde nada dura, hace que busques cosas firmes, seguras. Y los libros se sienten así: algo que permanece. Tal vez por eso los clásicos están volviendo y en TikTok se recomienda a Dostoievski, Orwell o Kafka con la misma pasión con la que otros hablan de Taylor Swift o Blackpink. Detrás de todo ese entusiasmo no hay solo moda, sino una búsqueda de sentido, pertenencia e identidad.
Una pausa de papel
La tecnología nos lo pone fácil y, aun así, muchas personas siguen prefiriendo el papel. Puede ser nostalgia o simple costumbre, pero estarás de acuerdo en que hay algo en el papel de los libros que no se puede clonar. Un poco de polvo, color amarillento, esquinas dobladas, manchas de café… convierten cada ejemplar en un formato vivido. Leer en formato físico te obliga, de alguna forma, a parar. Y en un mundo donde todo va tan rápido, eso ya es bastante.
Quizá ahí resida la diferencia clave entre la pasión por leer y el ansia por comprar libros. La primera tiene que ver con el tiempo, con el silencio y con la atención; la segunda, con la inmediatez. Sacar un libro en el metro, entre notificaciones y gente con auriculares, es una forma silenciosa de recuperar tu tiempo y decidir, aunque sea por unos minutos, a qué —y a quién— se lo entregas.
Una imagen que también tiene otra lectura. Leer en espacios públicos no siempre es solo leer: a veces es mostrarse leyendo. Es la lectura performática: el libro como gesto, como símbolo, como declaración. No importa tanto la página que avanzas como el mensaje que emites: soy una persona que lee, que se detiene, que elige esto frente a lo demás.
No hay nada necesariamente falso en ello. Toda identidad necesita ser narrada, también hacia afuera. El problema aparece cuando el acto de leer se vacía de experiencia y se queda en representación. Cuando el libro se convierte en atrezzo, en parte del paisaje estético que construimos para los demás (y para nosotros mismos).
Acumular promete una versión futura de ti; leer te enfrenta a la presente.
Ahí vuelve la dicotomía inicial: la pasión por leer frente al ansia de comprar libros. La primera te acerca, la segunda te distrae. Acumular promete una versión futura de ti; leer te enfrenta a la presente. Puedes amar el objeto y también la historia, pero si algo enseña la lectura es que no basta con tener: hay que vivir. Los libros son bonitos, sí, pero su verdadera belleza está en lo que te hacen sentir cuando los abres. Al final, leer, de verdad, sigue siendo una de las cosas más íntimas, rebeldes y humanas que nos quedan.


