Hubo un tiempo no tan lejano en el que cualquier viaje en coche empezaba desplegando la guía Michelin sobre las rodillas del copiloto. Un mapa grande y colorido, testigo de discusiones sobre si aquella línea era una nacional o una comarcal. Hoy, ese objeto que vivía mal doblado en la guantera resulta casi anacrónico. En su lugar, se ha comprimido dentro del móvil, calcula rutas en segundos y nos guía de A a B con una voz amable.
Lo que no solemos pararnos a pensar es que los mapas, ya sean digitales o en papel, son en realidad relatos. Interpretaciones deliberadas de la realidad. Y como toda historia, dicen tanto de lo que muestran como de quién la cuenta.
El mundo no cabe en un papel
Pongamos, por ejemplo, el tamaño de Groenlandia en la mayoría de los mapas en papel, tan gigantesco que rivaliza con continentes enteros. Concretamente, parece casi tan grande como África – continente que en realidad es casi catorce veces mayor. Algo parecido ocurre con Alaska y Brasil: en muchos mapas, el estado norteamericano parece comparable al país sudamericano, aunque Brasil es aproximadamente cinco veces más grande. Entonces, ¿no podemos fiarnos de los mapas?
No del todo. Representar un planeta esférico en una superficie plana es un desafío matemático considerable. Por eso, al pasar del globo al papel siempre aparece algún tipo de distorsión, ya sea de tamaño, forma, distancia o dirección. Un mapa, entonces, es un compromiso entre la realidad y lo que queremos enseñar.
Y es aquí donde entra en escena la famosa proyección de Mercator. Una proyección es, básicamente, una forma de “aplastar” la Tierra para dibujarla en un plano. La de Mercator fue inventada en el siglo XVI para priorizar las direcciones: si trazas una línea recta en el mapa, mantienes la dirección real. Era una herramienta muy útil para la navegación marítima, pero con un grave efecto secundario: cuanto más nos alejamos del ecuador, más se agrandan las superficies. De ahí que Europa y Norteamérica parezcan más grandes de lo que son, mientras que África, Sudamérica o el sudeste asiático parecen más pequeñas.
Hoy en día, la mayoría de los mapas siguen usando la proyección de Mercator porque facilita la navegación y el cálculo de rutas. Hay alternativas, como la de Gall‑Peters, que respeta mejor las áreas reales de los continentes, pero a cambio distorsiona las formas. Para comprobar cuánto influye el tipo de mapa que usamos en cómo vemos el mundo, también existen recursos interactivos que permiten superponer los países para compararlos en tamaño.
Del compás al satélite
Antes de que existiesen los satélites y los ordenadores, medir el mundo era una labor que requería décadas de paciencia. Hasta la época de la Grecia clásica, los mapas no tenían en cuenta la curvatura de la Tierra, y durante siglos, para hacer su trabajo los cartógrafos dependieron de relatos de viajeros, observaciones astronómicas, instrumentos como el astrolabio o el sextante, y, muchas veces, pura imaginación. Hacer mapas era una combinación de ciencia, arte y aventura.
Así, la latitud se calculaba midiendo el ángulo entre una estrella conocida (como la Estrella Polar) y el horizonte. El verdadero quebradero de cabeza fue durante mucho tiempo la longitud, es decir, la posición este‑oeste. Para calcularla, había que comparar la hora local con la de un punto de referencia fijo, una tarea imposible hasta que se inventaron relojes suficientemente precisos como para mantener la hora exacta durante largas travesías marítimas.
Aquí hay dragones (o no)
Los mapas antiguos están llenos de pistas sobre estas limitaciones. Costas exageradamente sinuosas, continentes mal encajados, islas que aparecen y desaparecen según la fuente. En muchos mapas, los territorios desconocidos se rellenaban con decoraciones de monstruos marinos, criaturas fantásticas o advertencias inquietantes solo para que no hubiese espacios en blanco, cosa a la que muchos cartógrafos le tenían una verdadera aversión. Tener un mapa era —y sigue siendo— tener información. Y tener información es tener poder. No es casualidad que algunos de los mapas más antiguos y codiciados alcancen hoy cifras millonarias en subastas.
Google Maps sigue introduciendo «lugares trampa» (elementos ficticios o poco precisos) para proteger sus datos.
Precisamente por eso, algunos mapas también se diseñan deliberadamente con errores. A veces servían para proteger frente al plagio: si otro mapa reproducía el mismo fallo, quedaba en evidencia que había sido copiado. Esto puede traducirse en simples erratas —como el famoso “Brook Mews” (en lugar de “Book Mews”) del reconocido mapa callejero londinense London A-Z— o en lugares ficticios añadidos a propósito, como las conocidas como paper towns o ciudades de papel “Goblu” y “Beatosu” que aparecieron en 1978 en un mapa oficial de Michigan como guiño contra la universidad rival de Ohio. “Goblue” se refería a “Go blue”, “Vamos equipo azul”, refiriéndose al equipo de fútbol Michigan Wolverines, y “Beatosu” quiere decir “Vence a OSU”, las siglas de la universidad de Ohio. Incluso hoy, Google Maps sigue introduciendo «lugares trampa» (elementos ficticios o poco precisos) para proteger sus datos.
En otros casos, estos errores no eran inocentes: servían para ocultar información estratégica, especialmente en mapas militares o comerciales, donde ciertos caminos, puertos o detalles se mantenían deliberadamente imprecisos. Incluso hoy, la precisión no es absoluta: ciertas instalaciones militares, fronteras sensibles o zonas estratégicas aparecen deliberadamente borrosas o desplazadas en los mapas digitales, recordándonos que la cartografía sigue dependiendo de decisiones políticas.

Una geografía del poder
No es casualidad que los grandes avances cartográficos ocurriesen durante la expansión colonial. Los mapas ayudaron a planificar rutas comerciales, campañas militares y administraciones imperiales. En aquel entonces, se fijaron muchas fronteras oficiales —con consecuencias que todavía hoy se arrastran— que nunca habían existido así sobre el terreno. Especialmente en África y Oriente Medio, las potencias coloniales trazaron líneas rectas sobre el papel ignorando realidades culturales, lingüísticas o incluso geográficas.
En África y Oriente Medio, las potencias coloniales trazaron líneas rectas sobre el papel ignorando realidades culturales, lingüísticas o incluso geográficas.
Al igual que delimitar, nombrar también es una forma de poder. En muchos lugares, montañas, ríos y regiones recibieron nombres europeos, borrando denominaciones indígenas mucho más antiguas. Hoy proyectos como Native Land, en Canadá, intentan revertir ese borrado mostrando los nombres originales de los territorios.
De la misma forma, decidir qué aparece en el centro y qué queda en los márgenes no es casualidad. La proyección de Mercator de la que hablábamos antes ha sido criticada precisamente por exagerar el tamaño de los países del norte y minimizar los del sur, otorgando a unos una prominencia simbólica mayor. ¿Y si el sur estuviera arriba? Esa pregunta la formuló visualmente el artista uruguayo Joaquín Torres‑García en su famosa obra «América Invertida«, donde aparece representada Sudamérica, pero orientando el sur hacia la parte superior.
Los mapas no solo describen el mundo: lo ordenan según una determinada mirada.
Por último, algo parecido ocurre con lo que representamos como el centro del mundo. ¿Por qué Gran Bretaña aparece tan a menudo en el centro de los mapas? Para comerciantes y administradores del Imperio británico, centrar el mapa en Londres facilitaba la gestión de territorios repartidos por todo el planeta. Ese mismo impulso llevó a la estandarización de los husos horarios y a una nueva forma de organizar el tiempo y el espacio. Los mapas no solo describen el mundo: lo ordenan según una determinada mirada.
Los mapas nos ayudan a orientarnos, a viajar y a comprender el planeta. Pero también nos hablan de distintas visiones del mundo. Podemos decir que tienen una vida secreta. Y descubrirla es una forma de mirar el mundo con un poco más de curiosidad.


