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Las mujeres que lloran: pasión y luto en la España de Lorca y Almodóvar

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Setenta años separan a Volver y a La casa de Bernarda Alba. Difieren en contextos, en colores y solemnidad pero, en esencia, ambas narran la misma historia: la realidad de mujeres que aman, viven y mueren en el espacio rural y que llevan, cada una a su manera, el peso de una realidad que condiciona su existencia.


Suena la zarzuela La rosa del azafrán, concretamente la canción de Las espigadoras. Con un plano general, el espectador contempla un cementerio en el que únicamente mujeres se dedican a limpiar las tumbas mientras el viento solano –ese aire inclemente que arrastra el mal augurio en todas las estaciones del año– hace de las suyas. Debe ser poco antes del uno de noviembre, el Día de Todos los Santos, pues es tradición en esa fecha acudir a apañar los sepulcros de los muertos, o los propios.

De esta manera, costumbrista y sencilla para cualquiera que haya pisado alguna vez los pueblos de España, Pedro Almodóvar iniciaba una de sus más brillantes películas, Volver (2006). En esta escena se presentan las cuatro mujeres protagonistas de la película, Raimunda, su hija Paula, su hermana la Sole y su difunta madre. A la salida del camposanto, Paula le pregunta a su madre si es verdad que la Agustina –su vecina– va a cuidar de su propia tumba. Raimunda le contesta: «Sí, aquí es costumbre. Se compran primero su terrenico y lo cuidan en vida. Como si fuera un chalé».

Exactamente 70 años antes, era otro autor, con una escenografía menos colorista que la del cineasta castellanomanchego, quien miraba a las mujeres y a la muerte en el rural patrio. En 1936, Federico García Lorca escribía la que también sería una de sus piezas de teatro más sobresalientes, y que nunca llegaría a ver sobre las tablas, La casa de Bernarda Alba. En esta tragedia, es el patriarca de la familia y no la madre quien ha muerto. Bernarda, la viuda, vive con sus cinco hijas, a las que impone un severo luto de ocho años. «¡En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle! Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo», les ordena.

Más de medio siglo, colores y contextos separan a Volver y a La casa de Bernarda Alba, pero, en esencia, ambas narran la misma historia: mujeres que aman, viven y mueren en el espacio rural, en contextos en los que ser mujer era llevar sobre los hombros el peso de cosas que trascendían la propia existencia.

Un relato femenino, un hombre ausente

Decía Sylvia Plath que su gran tragedia era haber nacido mujer y, en esencia, es el espíritu que reflejan, a su manera, ambas obras. En el caso de Lorca, en varias partes del texto recitado por los personajes de Bernarda y sus hijas se repite la idea de que ser mujer es algo malo. En un momento dado Poncia, una de las criadas, Adela, Amelia y Magdalena tienen un intercambio de palabras muy significativo en el que cuentan que la noche anterior había llegado al pueblo «una mujer vestida de lentejuelas y que bailaba con un acordeón» y que varios hombres la contrataron para llevársela al olivar.

– Poncia: Hace años vino otra de estas y yo misma di dinero a mi hijo mayor para que fuera. Los hombres necesitan estas cosas.

– Adela: Se les perdona todo.

– Amelia: Nacer mujer es el mayor castigo.

–Magdalena: Y ni nuestros ojos siquiera nos pertenecen.

Pese a que ha pasado tanto tiempo, la reivindicación de Amelia y Magdalena suena hoy moderna, poniendo a la mujer no solo en el centro de la obra, sino otorgándole una voz propia que se eleva y superpone a la de los hombres. A la vez, la ausencia masculina también sirve para representar el poder ejercido por ellos aunque no estén: en una obra con reparto íntegramente femenino y en la que no hay una sola línea pronunciada por un hombre, es precisamente uno, Pepe El Romano, el que con su sola mención lleva la tragedia a la familia y pesa en el aire como una losa.

Algo similar sucede en la Volver, donde apenas vemos al marido de Raimunda en un par de escenas. Aunque, por las dinámicas del propio lenguaje audiovisual moderno, es imposible eliminar la presencia masculina por completo sin que quede impostado y artificial, los personajes aparecen con papeles muy poco o nada relevantes para el trasfondo de la historia más allá del hecho inicial que lo desencadena.

Así, tanto la obra como la película construyen un relato poderoso sobre las tradiciones y la feminidad: en él, son las mujeres quienes llevan la voz principal, pero los hombres son quienes centran indirectamente la trama, quienes son omnipresentes aun en su ausencia.

Las figuras de los padres y los amantes son las que acaban dinamitando parte de la vida de las protagonistas. En La casa de Bernarda Alba la desaparición de los hombres tiene un efecto negativo, acaba provocando el luto agotador y la muerte de la pequeña de la familia. En Volver –y aquí posiblemente sea donde más evidente es el cambio sociocultural entre ambas obras– sucede al contrario: el terrible comportamiento de los hombres les lleva a la muerte, y su desaparición acaba empoderando y no destruyendo a las mujeres que se desembarazan de ellos.

A partir de esta desaparición de los hombres, las mujeres Alba se vuelven más desgraciadas que nunca y reniegan de lo que son. Por el contrario, las hermanas dibujadas por Almodóvar acaban encarando la situación y haciendo algo para cambiar sus circunstancias, consiguiendo, no solo liberarse, sino reconciliarse con sus raíces, con lo rural y con su propia feminidad e identidad.

El negro y el luto antes y ahora

El negro siempre ha sido un color muy poderoso. Hoy es símbolo universal de la elegancia, un básico que oculta lo que queremos ocultar y resalta lo que queremos resaltar, el tono que combina con todo. Es el color del vestido de Audrey Hepburn frente a Tiffany’s en Desayuno con diamantes, el de Rita Hayworth cantando el tema principal de Gilda, el color del man in black Johnny Cash, el fetiche de Coco Chanel y su little black dress que ha marcado un antes y después en el mundo del cine y la moda.

En la España de 1936, sin embargo, todo era distinto y el negro era, sencillamente, un sinónimo de luto. Cuando alguien moría, era el color que se debía vestir para que el resto de personas supiera que se estaba sufriendo. Y eso es precisamente lo que cuenta Lorca en La casa de Bernarda Alba.

Aunque no era algo exclusivo del entorno rural, los usos del negro ligados a la muerte tienen mucho más peso en los pueblos que en las ciudades. Con sus propias particularidades y contexto temporal, ambas obras así lo reflejan: en Volver, cuando muere la tía de Raimunda y la Sole, esta última, que tiene pánico a todo lo que rodea a la muerte, acude al pueblo para velar a la difunta y la casa se llena de vecinas. Para los ojos más contemporáneos y ajenos al mundo rural, la estampa puede resultar anacrónica o artificial, pero sigue siendo una realidad en muchas localidades donde, para empezar, mujeres y hombres están separados: ellos en el patio, bebiendo y fumando; ellas en la plata superior (encerradas), vestidas de negro y rezando.

En el universo tecnicolor de Almodóvar –quizá, junto a Wes Anderson, uno de los cineastas con un uso más característico y personal de los colores– el negro solo aparece para representar este momento de muerte y ritual. En el libro de Lorca, sin embargo, el negro es casi un personaje más de la trama, es un símbolo de opresión y asfixia para las protagonistas femeninas del relato.

La casa de bernarda alba
La casa de Bernarda Alba. Montaje de José Carlos Plaza.

Hoy nos quedamos con el matiz actual de sofisticación del negro –de hecho, ya ni siquiera es de uso obligatorio en los funerales, y nadie se escandaliza si vas vestido de otro color–, pero durante décadas fue sinónimo de dolor y muerte. En la España de  Lorca, el luto riguroso no se limitaba a ponerse ropa negra, sino que llevaba aparejado usos y costumbres especialmente duros con las mujeres: implicaba no salir a la calle, no ir a fiestas, no ir al cine ni al teatro y, por supuesto, no casarse. Ahí reside el poder simbólico que el color tiene en La casa de Bernarda Alba y no en Volver, hija de su tiempo en cuanto a los usos y costumbres relacionados con la muerte.

El luto cruel impuesto por una madre severa le lleva a perder a una de sus hijas y trae consigo una desgracia que rompe a la familia protagonista de la obra lorquiana. Sin embargo, en Volver es la muerte la que actúa como vehículo de reconciliación entre Raimunda y su madre, haciendo que se sinceren y perdonen en un escenario –este sí, como el de Lorca–, poco propicio a ello. Es este último punto quizá sea el principal motivo de diferencia entre unas obras con muchas similitudes que reflejan, cada una a su manera y estilo, la realidad de mujeres que llevan consigo una identidad que va más allá de ellas mismas.

Almodóvar Volver
Volver, de Pedro Almodóvar. (2006)

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