La gran noche del cine español cumplió cuarenta años con Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, como ganadora frente a Sirat, de Oliver Laxe, que se llevó el mayor número de estatuillas (aunque no las principales). Desde el mirar tranquilo de Ruiz de Azúa hasta el misticismo incómodo de Laxe, pasando por la emoción radical de Sorda, dirigida por Eva Libertad, la coordinadora de MaF-Festival de Málaga y Voz Igluu 2025, Cristina Consuegra, ahonda en los protagonistas de una edición de los Goya que no terminó de reflejar el momento de gloria que vive la industria.
La gala no funcionó. Faltó ritmo, química y, sobre todo, imaginación. Es curioso: en un momento en el que el cine español desborda por estas y otras cuestiones, que goza de un reconocimiento internacional sin igual y recoge todo tipo de premios en el circuito y en los clase A, la fiesta de nuestro cine se queda a medio gas e incapaz de estar a la altura de la mejor era que atraviesa la industria y, además, en plena celebración de los cuarenta años de la creación de la ceremonia de entrega de los Goya.
«En cuarenta años han pasado muchas cosas; otras no han pasado y ocurrirán y, entre ellas, se encuentra el número de mujeres con un cabezón en la categoría de Dirección»
En cuarenta años han pasado muchas cosas en nuestro país, quizá demasiadas. Otras no han pasado. En esas cosas que todavía no han ocurrido, pero que sucederán, se encuentra el número de mujeres que se han alzado con un cabezón en la categoría de Dirección. Lo recordó ese prodigio que es Alauda Ruiz de Azúa en su impecable discurso de agradecimiento cuando se levantó a recoger su Goya por la dirección de Los Domingos. «En esta categoría, que yo sepa, solo han ganado tres mujeres: Isabel Coixet, Pilar Miró e Icíar Bollaín». Y ha de ser así porque el cine de nuestra industria pasa por nombres como Eva Libertad, Carla Simón, Celia Rico y Belén Funes -por citar a algunas de las compañeras sentadas en el patio de butacas del auditorio del Centro de Convenciones Internacionales de Barcelona-.
Esta referencia sosegada, de mano tendida a la reflexión, con la que Ruiz de Azúa aprovechó para colocar en el lugar adecuado las dificultades históricas que las mujeres han encontrado para rodar películas, o, para incorporarse a los equipos técnicos, no empañó la buena cosecha de Los domingos, que se hizo con Mejor Película, Mejor Guion, Mejor Interpretación Femenina –ese milagro que es Patricia López Arnáiz– y Mejor Actriz de Reparto – Nagore Aramburu-.
Más allá de debates absurdos sobre la dimensión de esta película, sobre si empuja –ya os digo que no- a una religiosidad frívola o ataca la fe cristiana –tampoco, en absoluto-, Los domingos tiene ese mirar tranquilo de la vasca que ya vimos en Cinco lobitos, un mirar tranquilo que lleva al espectador a distintas habitaciones desde las que poder reflexionar, desde las que poder decidir. Qué gusto que alguien no te diga cómo has de pensar, que te dé la libertad del mirar crítico, que te despoje de prejuicios, esa segunda piel con la que tan alegremente nos vestimos a diario. Ruiz de Azúa pone en el centro de su trayectoria a la familia y sus vínculos, los huecos y erosiones que toda familia provoca, y desde estos territorios elabora una filmografía exigente, ambiciosa y de vuelto alto.
Y si hablamos de volar alto, confiemos en que el 15 de marzo le den el Oscar a Oliver Laxe por la nominación de Sirat en la categoría de Mejor Película Internacional y que también suba a recoger el de Mejor Sonido. Mientras eso sucede toca celebrar el cine de este gallego –Sirat se hizo con el mayor número de cabezones en los Goya 2026, pero no con los principales-.
«El arte se mueve, únicamente, cuando pone a prueba»
El cine es un misterio, Laxe lo sabe bien: aborda cada película como si fuera un cuerpo con entidad propia, arrojando sobre ella ese mirar místico que impide que las palabras se queden agarradas en la garganta. Las palabras, como las historias, deben hacerse carne para poder existir. No podemos esperar de él ni simulacros ni artificios. Quizá por eso su película ha desatado tanta polémica: hay que moverse de lugar para llegar a Sirat. Laxe sabe que cuando se entra a una sala de cine se sale distinto. Siempre se sale distinto. Especialmente, en películas como la suya donde su director –recordemos que viene de rodar pelis como O que arde y Mimosas– suspende el pacto de la narrativa fílmica convencional y le pide al espectador un pacto nuevo que ha de encontrar, aunque moleste e incomode. Merece la pena recordar que el arte se mueve, únicamente, cuando se pone a prueba.
Este paseo por los Goya es un paseo por la emoción de las películas que le han dado vida. Podemos hablar de vestidos, trajes y alfombra roja, pero al fin y al cabo lo que hace que sigamos creyendo en esa suerte de religión que es el cine son las películas que se hacen en cada año de producción. Largos, cortos y pelis documentales. Homenajes y reconocimientos. Qué bien ver a Gonzalo Suárez recoger su Goya Honorífico, a Victoria Abril hacer las paces con todos nosotros y que se nombre a Rafael Azcona –habría que hacerlo, al menos, una vez al día- en el año de su centenario. Pero estamos paseando por este párrafo que he arrancado con la palabra emoción. Hemos paseado por el mirar largo y tranquilo de Alauda, del cine de entraña y pasión de Laxe, así que ahora toca despedirnos con un paseo por la que es, al menos para mí, una de las mejores películas de nuestro cine. Me refiero a Sorda, de Eva Libertad, por la que la murciana recogió Mejor Dirección Novel, Mejor Actriz Revelación –Miriam Garlo, su hermana, primera actriz sorda en ganar un Goya- y Mejor Actor de Reparto –Álvaro Cervantes-.
Una película profundamente inteligente, profundamente emocionante y profundamente humana. Que te rompe y desborda por ese díptico en el que te sumerge –quienes hayan visto la película sabrán a lo que me refiero-. Una película profundamente hermosa que pone en el centro de su latido el modelo de convivencia entre personas para mostrar cómo viven quienes viven con privilegios y cómo quienes viven bajo asimetrías. Un canto a la belleza de la vida cuando dejamos que la vida sea justamente eso.


