El turismo es uno de los principales motores económicos del mundo. Sin embargo, su crecimiento descontrolado, con millones de personas visitando año tras año los mismos lugares, está dejando una profunda huella en los destinos y en sus comunidades, que se rebelan contra algo que todos deseamos: conocer el mundo. Frenar la hiperturistificación dependerá, en parte, de si somos capaces de recuperar el sentido de qué significa viajar.
¿Qué pasaría si un simple atasco de tráfico se convirtiera en un parón eterno donde los vehículos apenas avanzan unos metros en varios días, el tiempo se diluye y las normas sociales se desvanecen? Esa es la escena que describe Julio Cortázar en La autopista del sur, el relato sobre un embotellamiento interminable en una carretera que lleva a París. Durante largas jornadas, los personajes, desconocidos apenas identificados por las marcas de sus coches, comienzan a interactuar. Se unen para repartir y compartir el agua, la comida y las mantas, y se organizan para ayudarse. Crean vínculos de afecto, de cariño. Nace y muere el amor. También se producen peleas y surgen rencores. Todo sin moverse del sitio.
Para Rodrigo Castro, profesor de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid, esta historia es el claro ejemplo de que viajar no tiene que ver con la distancia recorrida, sino con cómo nos relacionamos con aquello que nos es ajeno. «El ser humano necesita salir de sí mismo, del espacio de su mismidad y relacionarse con lo exterior, con la otredad. Por eso viajamos», explica el experto, que recuerda cómo a lo largo de los siglos las personas se han desplazado de un lado al otro por motivos que van desde la voluntad de dominación, como la de los conquistadores, a la inquietud por aprender y formarse fuera, como la alta sociedad coetánea de Los Bridgerton o las más recientes becas Erasmus. En las últimas décadas, con la globalización, el aumento del poder adquisitivo, el abaratamiento de los transportes y el uso generalizado de las redes sociales –que nos muestran lugares de ensueño antaño inimaginables– los desplazamientos por placer se han disparado. En 2023, se superaron las 1.500 millones de llegadas internacionales por vacaciones, según la Organización Mundial del Turismo (OMT). Y la cifra va al alza.
Venecia intentó hace unos años instalar tornos en algunas de las zonas más emblemáticas para regular los flujos de acceso.
Hoy nos movemos más que nunca aunque, para Castro, viajamos menos que nunca. «El viaje es el vínculo que establecemos con lo diferente y que, inevitablemente, produce una transformación en nosotros», sostiene el académico. En su opinión, hemos cambiado el viajar por el hacer turismo. «Cuando turisteamos no buscamos una vivencia transformadora, sino visitar lugares sobre los que, por Instagram o las agencias, ya tenemos una idea de cuál debe ser nuestra experiencia, de lo que tenemos que ver, comer o fotografiar. Sobrevolamos los lugares en vez de vivirlos». El experto achaca este cambio al narcisismo propio de nuestra sociedad pero, sobre todo, a la dirección que ha tomado la industria turística.
Al fin y al cabo, el turismo es una potente industria que representa cerca del 10% del Producto Interior Bruto global. Aporta a la economía 9,8 billones de dólares, según datos de 2023 de la OMT y el World Travel & Tourism Council (WTTC). En algunos países, como Croacia o Grecia, su contribución asciende hasta un 25%. Juega también un papel esencial en la creación de puestos de trabajo: sostiene más de 300 millones de empleos, según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo. Cifras aparte, también contribuye al intercambio cultural entre comunidades y a la preservación del patrimonio natural.
De la turismofilia a la turismofobia
¿Por qué entonces hay gente que dispara con pistolas de agua a los turistas, cuelga de sus balcones carteles que rezan Tourist, go home! o se manifiesta en contra de una práctica que todos realizamos en cuanto podemos? El problema, como siempre, viene del exceso. En concreto, de la promoción de un turismo masivo y descontrolado que hace peligrar, paradójicamente, la propia sostenibilidad turística. En todos los sentidos.
Basta fijarse en las imágenes de la abarrotada Plaza de San Marcos en Venecia. O en las interminables filas para ascender por las escarpadas montañas de Machu Picchu. O en los centenares de cruceros apostados frente a las minúsculas islas de Santorini o Mykonos. Son apenas una pequeña muestra de un fenómeno que se extiende por los rincones más bellos del planeta: el de la hiperturistificación. Una saturación de visitantes que deja una profunda huella medioambiental e identitaria y, a la larga, también deja de hacer atractivo el lugar al que afecta.
Con la llegada de millones de personas, numerosos entornos han experimentado el deterioro de sus ecosistemas, desde la destrucción de hábitats naturales para la construcción de resorts hasta la contaminación del aire y el agua. La playa tailandesa de Maya Bay, por ejemplo, tuvo que cerrar hace unos años para que los arrecifes de coral pudiesen regenerarse. En Bali cada año se declara una situación de emergencia por las enormes cantidades de basura que ensucian las costas y las aguas de la isla.
Ámsterdam vetó la apertura de nuevos hoteles y prohibió el alquiler vacacional en el centro. Cada año registra un nuevo récord de visitas.
El impacto del turismo masivo no solo es una cuestión medioambiental. Las comunidades locales y sus dinámicas también se ven alteradas. «Muchos de los grandes destinos son meros decorados en los que se aplica un enfoque puramente económico, se premia a los grandes comercios y a los usos residenciales y se expulsa a las personas oriundas», explica el sociólogo Roberto Barbeito, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. El experto apunta a la disminución de la calidad de vida de los residentes por el aumento del coste de vida, la gentrificación, la congestión de las infraestructuras de transporte o la eliminación de los comercios tradicionales. «Lo que antes era un vecindario en el que se creaban vínculos entre las personas y el entorno, se convierte en un lugar de tránsito, de paso, donde el arraigo desaparece».
Es en este contexto en el que surge la turismofobia, un sentimiento de rechazo al viajero que viene de fuera. Es una de las grandes contradicciones de nuestros tiempos: todos disfrutamos del turismo, pero nos desagrada cuando otros lo practican en nuestros propios lugares de residencia. Isabel Ralero, doctora en Antropología Social y autora de un estudio sobre la turismofobia en Toledo, considera que el problema no es tanto el turista en sí mismo como sus prácticas, que cosifican el lugar. «Consideran el espacio público, al residente y su paisaje cotidiano como un escenario, simplifican la realidad histórica y social de la ciudad y generan imágenes irreales que vulneran su patrimonio inmaterial».
Hacia un turismo sostenible
¿Podemos frenar este tipo de turismo? Algunos destinos ya se han puesto manos a la obra, implantando medidas –algunas más efectivas que otras– para aliviar la presión en áreas saturadas. Hace poco más de seis años, en Venecia se intentó poner tornos en algunas de las zonas más emblemáticas para regular los flujos de acceso. No funcionó: un grupo de manifestantes los arrancaron en apenas unas horas. Este año, la ciudad italiana ha añadido un peaje de entrada de cinco euros para los turistas que no tengan una reserva de hotel. Por su parte, Ámsterdam hace unos años vetó la apertura de nuevos hoteles y prohibió el alquiler vacacional en el centro de la ciudad, subió las tasas turísticas e impulsó campañas de disuasión. Tampoco les fue muy bien, porque cada año registran un nuevo récord de visitas.
Quizá el modelo que ha tenido un impacto más significativo es el de Kioto, donde se implantó una estrategia que busca la preservación cultural, ambiental y comunitaria para gestionar de forma sostenible un alto volumen de visitantes. Para ello, han usado herramientas como la promoción de destinos alternativos, el control del acceso a ciertos lugares y el uso de tecnología para monitorizar y redirigir a los turistas.
No existe una fórmula única. Pero, mientras las ciudades buscan un enfoque global que permita conciliar economía y preservación humana y natural, nosotros también podemos hacer algo. «Hay que volver a un turismo más respetuoso, poniéndonos en la piel del residente y comprendiendo que nuestro disfrute no puede ir en perjuicio de los lugareños», propone Barbeito.
Una buena práctica es apostar por la desestacionalización. Es decir, «trasladar parte del turismo de verano a otras épocas del año como el invierno, reduciendo la presión sobre los recursos naturales», propone Fuensanta García-Orenes, directora del Área Ambiental de la Universidad Miguel Hernández de Elche.
«Si nos despojamos de las guías y de las recomendaciones de TikTok, al volver a casa nos habremos llevado una experiencia y no un souvenir»
Rodrigo Castro, filósofo
Otra manera, añade Antonio J. Guerrero, ambientólogo y técnico del Área Ambiental y Desarrollo Sostenible de la misma universidad, es «escoger medios de transporte con menor impacto ambiental o participar en actividades que promuevan la conservación del patrimonio, como visitas guiadas por organizaciones de la zona». Elegir alojamientos con estándares más ecológicos y apoyar economías locales mediante el consumo de productos y servicios autóctonos son, al fin y al cabo, gestos simples que contribuyen a la supervivencia de los destinos. «De lo que se trata es de adoptar fuera de casa hábitos que minimicen nuestro impacto ambiental y promuevan beneficios sociales y económicos en la comunidad», concluye el experto.
El filósofo Rodrigo Castro comparte una fórmula que nace de la toma de conciencia de que podemos cambiar nuestra manera de hacer turismo porque, al fin y al cabo, también repercute en nosotros mismos. «Debemos abandonar el imperativo turístico», sostiene. Eso no significa dejar de viajar, sino lo contrario: hacerlo, pero levantando el pie del acelerador. «Si nos despojamos de las guías y de las recomendaciones de TikTok y observamos, dotamos de sentido la trayectoria, descubrimos y nos perdemos en la ciudad, hablamos con sus gentes. Solo así estableceremos un vínculo que nos hará cuidar los lugares que visitamos. Así, al volver a casa, te llevarás una experiencia y no un souvenir», concluye.
En el cuento de Cortázar, cuando se restablece la circulación y cada uno vuelve a la rutina, la normalidad, lejos de convertirse en un alivio, deja en los protagonistas un poso de nostalgia. Esa sensación es la consecuencia de un viaje que, sin importar el destino o los kilómetros recorridos, ha cumplido su propósito: nos ha cambiado para siempre.


