La vida debería estar medida por la capacidad para decidir. Porque decidir implica tener libertad, y la libertad es el suelo del que se nutre la dignidad. Sin embargo, nuestro presente se encuentra atravesado por multitud de variables que atentan contra lo humano y se asienta sobre factores que impiden una vida libre y digna: los problemas de acceso a la vivienda, los trastornos del sueño y las vidas mediadas por pantallas producen malestares que afectan a nuestra salud mental. En Oxígeno (Alfaguara), Marta Jiménez Serrano parte de una experiencia personal para hacer literatura y, desde ahí, mirar políticamente nuestro tiempo. Todo arranca con una negligencia de la casera en el piso donde vivía con su pareja, un episodio que la lleva al borde de la muerte. A partir de ahí, la autora cose un libro hecho de memoria, escenas cotidianas y preguntas generacionales para pensar la vulnerabilidad: la de quien la sufre y la de quien se aprovecha de ella.
Mientras leía tu libro pensaba mucho en la distancia que necesita tomar un creador para hacer literatura de un material personal. En tu caso, diría incluso que esa búsqueda de la distancia adecuada atraviesa el libro: está en lo formal, pero también en lo conceptual.
De hecho, se habla mucho de la literatura del yo, pero cabría preguntarse qué tipo de «yo» es el que una elige. Me han señalado que el yo de Oxígeno es en realidad casi una tercera persona, y estoy de acuerdo: analítico, distante, testigo. Es un «yo» que dice «yo no me estoy inventando esto», que se autoexculpa, que dice «yo solo voy a contar cómo fueron las cosas, no me voy a implicar». Pero es que hay cosas tan bestias que basta con contarlas de la manera más sencilla posible.
«Hay cosas tan bestias que basta con contarlas de la manera más sencilla posible»
Apuestas por una estructura flexible que, en ocasiones, parece asumir la lógica circular del pensamiento rumiante. Es como si trasladaras la ansiedad que narras a la propia respiración del libro, para que quien lee te acompañe en la geografía de lo sucedido y sus consecuencias.
La estructura responde a la ansiedad, pero también a la estructura del trauma: volver en espiral una y otra vez sobre lo ocurrido, hacer del pasado presente. En el momento en que decido que voy a escribir en primera persona y que la narradora y la protagonista serán un trasunto mío, me encuentro con el problema de que el libro es, en sí mismo, un gran spoiler: desde el principio sabemos que sobrevivo. Así que tuve que buscar otros modos de generar la intriga y los busqué a partir de la estructura.
Hay también una reflexión sobre la vida y las maneras de vivir. También sobre la muerte y las maneras de morir. ¿Cómo cambia el sentido de la vida cuando te ves en el final?
En mi caso, mucho. Sobre todo gracias al proceso de terapia que hice después. Lo que me pasó me ayudó a soltar el control, a disfrutar más y a relacionarme mejor con el miedo.
En un tiempo en el que todo parece acelerarse y lo que hoy tiene sentido mañana puede dejar de tenerlo, ¿cómo encontrar un lugar desde el que resistir ese desequilibrio? ¿Qué gestos, decisiones o formas de estar pueden ayudarnos a devolver valor a lo que de verdad sostiene la vida?
No se puede hacer absolutamente nada, son las reglas del juego. Y no creo que las vidas valgan menos que antes: vivimos en uno de los momentos de la historia de la humanidad en que las vidas tienen más valor y contamos con muchos medios para cuidarlas y prolongarlas. Pero, afortunadamente, todos moriremos algún día. Y eso está bien.
Oxígeno arranca en plena pandemia y una de sus primeras preguntas tiene que ver con cómo narrar lo contemporáneo: la tiranía del tiempo, el no llegar a nada, la mezcla entre lo humano y lo económico y sus efectos sobre cuerpos siempre cansados. El libro parece pensar esa relación violenta con el tiempo en vidas mediadas por pantallas y vidas convertidas en trabajo.
Sí, y aquí hay una tensión entre las limitaciones que dan la precariedad y la clase social, y la responsabilidad propia. Evidentemente, a veces no podemos hacer otra cosa que tener mil trabajos y estar agotados para llegar a fin de mes, y ese es un problema estructural por cuyo cambio hay que seguir luchando. Un sistema en el que el salario mínimo no da para pagar un alquiler es un sistema que no funciona bien. Dicho lo cual, también conozco a muchas personas que sí tienen los medios para bajar el ritmo y no lo hacen. A veces tenemos que hacer un ejercicio de revisión propia de qué queremos, qué necesitamos, qué nos hace bien. De pensar, en el margen de nuestra agencia, cómo queremos que sea nuestra vida. Hay gente que no decide ni qué desayuna, y de ese borreguismo sí podemos salir.
«Un sistema en el que el salario mínimo no da para pagar un alquiler es un sistema que no funciona bien»
Otro de los asuntos que abordas es el arraigo. Simone Weil decía que echar raíces era la actividad más importante para el alma humana. Tú piensas el arraigo desde su necesidad y ausencia. Viviendas que se habitan, mudanzas que se hacen, lógicas relacionales que se median por tecnologías, ausencias que sobrevienen por el paso del tiempo… ¿Qué consecuencias puede tener la falta de arraigo en la vida adulta?
Muchísimas. Todas. No tener un hogar impide cualquier otra cosa que uno quiera hacer en la vida, desde construir lazos afectivos sólidos hasta darle continuidad a un trabajo o profundidad a la relación con uno mismo. Hace falta un nido, tener un espacio al que volver para poder salir al mundo sabiendo que hay un sitio en el que podremos descansar.
¿Qué perdemos cuando no tenemos ese lugar llamado hogar al que regresar?
El hogar se configura con cosas concretas que, de algún modo, podemos tener siempre con nosotros. Llevo varios meses de gira, pasando muchas noches en hoteles, y hay rituales que me traigo conmigo y que me protegen de enloquecer: lavarme la cara todas las mañanas y noches, desayunar siempre lo mismo, colocar el libro y el cuaderno en la mesilla y la maleta en horizontal. El hogar material es imprescindible, pero también hay uno que llevamos con nosotros y que puede desplegarse en cualquier sitio. La rutina también es un hogar.
Siguiendo con este asunto, pero en el ámbito de los vínculos, narras cómo amigos y amigas que estaban en tu vida, en aquel entonces, no supieron acompañar ni estar. ¿Crees que el miedo a algo tan poco reflexionado como la muerte puede limitar nuestras relaciones hasta el punto de romperlas?
Las relaciones de amistad se rompen por un sinfín de motivos (como todas las relaciones, vaya). En el libro hago un relato de lo que podemos llamar «la crisis de los treinta», y creo que es normal que, según uno crece y evoluciona, algunos amigos se queden por el camino por conflictos o porque la vida simplemente nos lleva por lugares distintos. Con respecto al miedo a la muerte y las relaciones, creo que, en general, la falta de valores comunes y la falta de una sensibilidad común sí puede romper vínculos.
La precariedad aparece en Oxígeno como una cuestión troncal: económica, pero también afectiva. Si la literatura debe dialogar con su tiempo y ser espejo de él, a riesgo de sonar pesimista, ¿crees que este modelo de convivencia social, económico y político nos empuja a volvernos más dóciles para poder seguir respirando dentro de él?
Espero que no. Espero que encontremos los modos y lugares para salir de eso. Pero es cierto que quien actúa por necesidad no puede actuar por decisión. En el tema de la vivienda que retrato en el libro se ve muy bien: aceptamos alquileres y contratos indignos, pero es que necesitamos una casa. No hay mucho margen para la libre elección.

Hablemos sobre el aspecto más fundamental de Oxígeno: lo íntimo de lo cotidiano, los recuerdos de la infancia, la pareja, los amigos. Me interesa especialmente esa memoria a trazos que construyes a partir de la familia, con todo lo que siempre queda por decir o por saber. ¿Qué encuentras en ese espacio donde la memoria íntima y la ficción se cruzan hasta crear un territorio propio?
Iría más lejos: la memoria de lo íntimo es una ficción en sí misma. De hecho, lo primero que sabes de ti mismo a menudo es un relato que han hecho otros. Te cuentan que de pequeña dormías muy mal, que eras sonriente, que no sabías pronunciar «periódico», que no te gustaba el helado… Nuestra identidad empieza siendo un cuento que narran los demás. En ese sentido, me interesan la ficción y la narración para llegar a determinadas verdades sobre la identidad y la memoria a las que no se puede acceder con otras herramientas. Me interesa la palabra para iluminar la verdad, no para ensuciarla.
«Nuestra identidad empieza siendo un cuento que narran los demás»
La vida en pareja es la parte más luminosa del libro. Independientemente de su vigencia, del tiempo que dure, esa vida de dos que, en un momento como el que atravesaste, fue mano que sostuvo. Siempre estamos hablando sobre las concesiones que se hacen, pero también es interesante que pongamos sobre la mesa cómo la vida de dos crea un espacio de cuidado y estabilidad que ningún otro ámbito de la vida contemporánea ofrece.
La verdad es que no estoy de acuerdo: la vida de dos puede ser un espacio de cuidado y estabilidad, y también puede ser un infierno. Ese espacio sólido y de cuidado creo que se conforma con vínculos que nos hagan sentir vistos, queridos y cuidados. Y creo que pueden estar en la pareja, pero también en las amistades o la familia de origen, incluso en el entorno de relaciones más superficial: ser amables con los demás, llegar a los otros con buena disposición. Creo que hay una falacia en pensar que hay una determinada solidez en las estructuras, porque las estructuras (la pareja, la familia, el grupo de amigos) pueden ser maravillosas y también terribles. Todos lo hemos vivido.
«No es la estructura (pareja, familia o amistades) la que garantiza el cuidado, sino la calidad de los vínculos que nos hacen sentir vistos, queridos y acompañados»
Este podría haber sido un libro triste, pero optas por colocarlo en otro lugar.
No fue una decisión consciente. Creo que forma parte del arco de la protagonista, que soy yo. Es decir, fui llegando a ese tono luminoso a medida que avanzaba en la escritura del libro y alcanzaba mis propias conclusiones sobre lo ocurrido. Yo pensé que iba a ser un libro triste, pero luego resultó que el pánico por morir y el asombro por estar vivos penden de un mismo hilo.
La soledad no está presente de manera literal en el libro, pero sí que aparece como un estado de ánimo que impregna la lectura.
Hay una gran soledad en morirse. Es la soledad final. Todos siguen ahí, y tú te vas.
La salud mental aparece en el libro a través de las sesiones con tu terapeuta y de ese proceso de llegar al llanto, al hallazgo. Pero, si miramos más allá de lo íntimo, las cifras y la vida adulta parecen decirnos que algo no va bien. No todo el mundo puede pagar terapia y la sanidad pública no alcanza a responder al malestar contemporáneo. ¿Estamos ante uno de los grandes problemas de salud pública de nuestro tiempo?
Absolutamente. El sistema de salud, que hay que seguir cuidando, debería expandirse y tener los recursos, el dinero y los profesionales necesarios para atender los problemas de salud mental con el tiempo, el rigor y, a veces, la urgencia que requieren.
A modo de colofón, ¿por qué merece la pena seguir llenando nuestros pulmones de oxígeno?
Por un montón de cosas. Por una ducha lenta, por una caña bien tirada, por leer un libro entre sábanas limpias, por un buen beso, por las relaciones humanas en las que se da el milagroso trance de la comunicación y de la conexión. Porque estamos aquí y tenemos un cuerpo y una conciencia, y eso ya es mucho, muchísimo.


