Hay mujeres en las que habitan muchas otras. Mujeres hechas de preguntas sin respuesta, de una inquietud que no se apaga con el paso del tiempo, sino que crece, madura, se afila. Mujeres que no buscan el ruido, sino la verdad. Que se mueven por una necesidad casi visceral de entender el mundo, de transformarlo a través del arte, de la piel, de la palabra. La actriz Marta Larralde (Vigo, 1981) es una de ellas.
Fotógrafo: Carlos Villarejo
La hemos visto brillar en series como Fariña, Hospital Central, HIT o Seis hermanas; en el cine, en títulos como Mar adentro o León y Olvido. Pero ahora emprende un viaje distinto, más profundo, con Miss Bujía, su primera obra de teatro como autora, productora e intérprete.
En ella, Larralde narra de forma magistral la historia de una experta en arte barroco que quiere liberar la verdad de las mujeres atrapadas en los cuadros. Y lo que empieza como un gesto simbólico pronto se convierte en una reflexión descarnada sobre la salud mental, el trauma, la igualdad, el peso de la historia y el vértigo de sostenerse en mitad del caos.
Miss Bujía es un recorrido penetrante, un relato a corazón descubierto que, quizá, habla sobre todo de empatía. ¿De dónde surgió la idea de escribir y representar esta historia?
Miss Bujía surge de una historia, que me contaron hace 15 o 16 años, sobre una chica que estudiaba Historia del Arte y que, en época de exámenes, estuvo varios días sin dormir, sin descansar, dejó de tomar la medicación y sufrió un brote psicótico. Salió de casa y estuvo desaparecida durante tres días por Madrid. Esa historia me impactó mucho y empecé a imaginar situaciones que podrían haberle ocurrido, cosas que podría haber vivido. Empecé a escribirlas. Lo típico que dices: «aquí hay un corto, una peli». De hecho, tengo un amigo que tiene una cámara, y un día estuvimos grabando como si yo fuera esa chica, caminando. Ese fue un poco el principio.
El libro Las olvidadas apareció años más tarde. Estaba buscando un hilo conductor para la vida de esta chica, y fue casualidad: el libro cayó en mis manos. Me pareció súper interesante. Habla no solo de las mujeres pintoras en el Prado cuyas obras no están expuestas, sino también de las mujeres retratadas y de cómo se cuentan sus historias.
Me llamó la atención cómo muchas veces no se cuenta la verdad, o se edulcora, o se maquillan los relatos. Empecé a investigar y vi que ciertos cuadros podían vincularse con cosas que le habían pasado a esta chica. Fui al Prado y vi algunos de esos cuadros maravillosos, otros no están allí, pero inventé un lugar donde pudiera narrar esos cuadros al mismo tiempo que contaba acontecimientos de su vida.

Por primera vez eres autora, productora y protagonista de Miss Bujía. ¿Cómo fue el momento en el que decidiste asumir todos esos roles desde tu propia voz?
Tengo la suerte de llevar 25 años trabajando como actriz y me siento muy afortunada. Ahora, siento que hacer un trabajo como Miss Bujía es muy satisfactorio. Estar sola en el escenario, frente al público, mostrando lo que quieres contar desde tu punto de vista… es muy potente.
Como actores, muchas veces somos un canal: nos ponemos al servicio de las historias que quieren contar otros. Pero cuando tú misma creas algo tan íntimo es la bomba.
Es la primera vez que escribo, me ha costado mucho, pero espero que no sea la última, porque es muy gratificante. Hubo momentos en los que lo disfruté muchísimo, aunque también lo pasé mal. Enfrentarse a la página en blanco, a querer seguir y no saber cómo, es mucho trabajo. Para mí, fue un ejercicio de constancia y disciplina: me obligaba a escribir, mínimo, cuatro horas al día.
Tuve también la fortuna de tener tiempo para hacerlo. Aprovechaba los momentos en los que no tenía trabajo como actriz y pensaba: “ya que no estoy currando, tengo que aprovechar este tiempo”. Y no todo es deporte, que a mí me encanta correr, ir al gimnasio, escalar, así que fue todo un reto sentarme en mi escritorio, con el ordenador, a teclear. Pero también fue muy gratificante.
Cuando vi que tenía una historia, empecé a tocar puertas, a contactar con productoras. Muchas ni siquiera te contestan, lo cual es muy frustrante. Entonces pensé: “¿y si invierto yo en mí?”. Porque tengo la suerte de ser una actriz que, por momentos, trabaja. Y estoy muy contenta con esa decisión.
Ahora es un proyecto muy mío, en el que decido, marco mis tiempos, sé lo que quiero y lo que no, y puedo compaginarlo con mis trabajos como actriz para otros. De momento esto no me está dando plata [ríe], pero me está generando muchísima satisfacción y riqueza personal como actriz, así que la ganancia es incalculable.
Tras una maravillosa carrera como actriz y muchos años en pantalla, ¿qué marcó la decisión de contar esta historia a través de la fuerza y la intimidad del teatro?
Me interesa muchísimo el lenguaje teatral. Al principio pensaba que Miss Bujía iba a ser una peli, un corto. Luego me di cuenta de que el teatro me gusta, también como espectadora, por los lugares a los que te lleva.
Y, a la hora de crear, el teatro tiene algo mágico: ese «ahora estoy en una playa» y lo ves con la imaginación. Me gusta mucho el teatro sin apenas decorado, donde todo te lo cuentan los actores, la luz, la música. Para mí, el teatro es algo muy vivo.
El teatro puede ser muy aburrido, a mí me pasa como espectadora, pero también puede ser fascinante. Yo quiero subirme a ese carro: el del teatro que te agarra, te atrapa y te estruja. Que salgas diciendo: «¡Qué bien! He llorado, he reído, he pasado por mil sitios». Ese es el teatro que yo quiero hacer.
He tenido la suerte de que la gente ha confiado en mí, empezando por Norma Martínez, la directora, a quien conocí en una obra de teatro en Montevideo. Le dije que me gustaría trabajar con ella, y desde entonces mantuvimos correspondencia por email durante varios años, hasta que se mudó a Madrid y empezamos a explorar si esto valía la pena.
Al principio pensaba en otra actriz para el papel, pero hice un curso de dramaturgia en el que compartía lo que iba escribiendo, y me animaban a seguir y a interpretarlo yo.
Ha sido un proyecto que ha ido evolucionando. Las cosas van despacio, con constancia, sin tirar la toalla, sin prisas, con mucha paciencia y sabiendo que tienes toda una vida para hacerlo.
La protagonista es una experta en arte barroco que quiere contar la verdad sobre las mujeres en el arte. ¿Cómo surge esa potente metáfora en torno a la salud mental y la identidad femenina?
La protagonista es experta en arte barroco porque la chica en la que me inspiré era estudiante de arte. En la historia, ella trabaja en un museo contando las historias de los cuadros.
En el libro Las olvidadas descubrí que había muchas historias de mujeres no contadas, o no contadas como deberían. Por ejemplo, hay textos que dicen: «Calisto es seducida por Júpiter», y no: Calisto no fue seducida; Júpiter la engañó y luego la violó. O esos cuadros donde aparecen niñas menores prostituidas, que ofrecen incluso una visión romántica del abuso… Eso no se cuenta.
Si se dijera la verdad sobre esas cosas, empezaríamos a ver la realidad de otra manera. Tomar conciencia de la violencia y el abuso en la sociedad es importante, también en el arte.Me pareció interesante contar las cosas como son. Cuanto más visibilicemos los los abusos que han sufrido las mujeres a lo largo de la historia, más conscientes seremos. Así dejará de parecer un escándalo, y veremos que las mujeres hemos sido explotadas, engañadas, calumniadas durante siglos, y que aún continúa. Darle visibilidad ayuda a tomar conciencia de lo que pasa.
Miss Bujía es «la suma de varias mujeres»: algunas reales, otras imaginarias. ¿Cómo fue el proceso de elegir esas voces? ¿Hubo algún testimonio que te impactara especialmente?
Siempre digo que Miss Bujía no soy yo: es la suma de varias. Hay cosas que cuento que son mías, otras que me he inventado o imaginado, y otras que son testimonios de personas a las que quiero mucho, que han sufrido algún tipo de enfermedad mental o abuso. No fue un proceso de selección consciente: todo se dio de forma natural. Fui mezclando historias que han pasado, y también hay mucho de mí.
La obra mezcla el arte, la salud mental y la reivindicación por la igualdad de forma magistral. ¿Cómo fue acercar tu personaje a ese «delirio» desde la empatía y sin prejuicios?
No sé cuál ha sido la fórmula para mezclar todos esos temas, pero lo he hecho desde la humildad, desde el trabajo, desde el deseo de contar algo sin ser experta. Desde lo que me preocupa, desde lo que me toca.
También haciéndome preguntas: ¿cuál es mi responsabilidad como persona que forma parte de esta sociedad?, ¿qué puedo hacer yo para que esto mejore?, ¿para que no haya tanto estigma, tanto sufrimiento?, ¿está en mi mano hacer algo?
Todo surge del «qué puedo hacer yo», porque una no puede cambiar el mundo con el teatro, pero puede ofrecer un punto de vista, cambiar una manera de pensar, hacer reflexionar. Y, con eso, ya me conformo.
Si vienes a ver la obra y te preguntas «¿qué puedo hacer yo?, ¿qué está en mi mano?, ¿cómo puedo ayudar a esa persona?» para mí eso ya es la hostia. No lo he escrito con grandes pretensiones, sino desde la humildad y las ganas de mejorar, de aportar mi granito de arena.
¿Cómo nos lastra la falta de normalización de la enfermedad mental a la hora de alcanzar un mayor bienestar global?
Creo que hemos avanzado mucho. Hoy la salud mental está en boca de todos, queda mucho camino, pero antes nadie decía que iba al psicólogo. Había mucha vergüenza, estigma, miedo a que pensaran que estabas loca o que tenías algo raro. Yo misma tardé mucho en enterarme de que una de mis mejores amigas tenía un problema de salud mental. Ahora se ha normalizado más, pero aún hay mucho prejuicio.
También me parece importante hablar del tema de los diagnósticos. Si un psiquiatra te pone una etiqueta, esa etiqueta puede acompañarte para siempre, y eso me parece peligroso. Los diagnósticos son muy subjetivos. La medicación no siempre es la solución: hay que entender de dónde viene el malestar.
Creo que nos precipitamos, tomamos enseguida una pastilla para no sentir, para dormirnos. Pero en la vida hay que sufrir, pasar baches. Esta sociedad va a un ritmo vertiginoso, te exige ser feliz, y cada uno responde como puede. Es un tema complejo, profundo, y yo no soy psiquiatra, pero sí una persona que quiere seguir investigando.

La obra está enmarcada en los claroscuros del Vigo de los 90: drogas, abuso, precariedad… ¿Qué te ha llevado a situarla en ese entorno?
Eso es lo que yo conozco, lo que he mamado y vivido. Crecí en un barrio muy marginal. De pequeña veía a los yonquis, como Parazza, del que hablo en la obra, y es totalmente real: hablaba con nosotros, lo vi pincharse mil veces… y era lo normal. Mis hermanos se salvaron de milagro, porque no cayeron en eso. Mi madre se lo curró muchísimo, pero no todos los chavales corrieron la misma suerte.
Creo que tenemos que hablar de lo que conocemos, y eso fue lo que a mí me tocó, lo que me marcó. Por eso pensé que mi personaje podía partir de ese tipo de pasado.
¿Qué respuestas personales te llevas tú tras haber representado todas estas reflexiones tan necesarias en la sociedad actual?
Más que respuestas, me llevo reflexiones. Me cuestiono muchas cosas, como: ¿hasta qué punto un psiquiatra tiene el poder de etiquetarte como bipolar o con un trastorno límite de la personalidad? ¿En qué estudios se basan? ¿Quién financia esos estudios? ¿Hay algún laboratorio detrás? ¿A quién le conviene que tomemos medicación, que estemos adormilados? ¿Es más fácil darte una pastilla que dedicarte tiempo y ver qué te lleva a ciertos comportamientos?
Vivimos en una sociedad que, a veces, parece más enferma que sana. ¿Nos ayuda a vivir bien? ¿Qué papel juegan las redes sociales? ¿Por qué hay tantos suicidios entre los jóvenes? ¿La ansiedad, la falta de tiempo, el éxito, ganar dinero, comprarte una casa, la presión laboral, el miedo al despido, el deseo de ser madre, el correr contra el reloj…? ¿Podré mantener a un niño?. Son demasiadas exigencias. No me digas que no es para volverse loca.Me llevo muchas preguntas, pero pocas certezas.
Tienes muchos otros proyectos en marcha al mismo tiempo, pero parece que este ha supuesto un logro muy especial. ¿Estás donde quieres estar o sigues soñando con nuevas metas?
Ahora mismo estoy muy contenta. A nivel personal, estoy genial. Tengo una vida estable: mis padres y mis hermanos están bien, mi marido es maravilloso, mi hijo está sano —y solo de pensar en los niños que están enfermos, me emociono—, es terrible.
A nivel profesional, una siempre quiere más: que se acumulen las llamadas, los guiones en la mesita de noche… Pero no me puedo quejar: vivo de esto, me llegan cosas chulas. También recibo muchos noes, no te voy a engañar, pero hay muchos “síes” también.
Y aprovecho los momentos en los que no estoy trabajando para crear, para pensar nuevos proyectos, y para hacer deporte. Ahora, por ejemplo, con 44 años me he enganchado a la escalada, que me parece maravillosa. Y también tener tiempo para eso está muy bien. Porque no todo en la vida tiene que ser trabajar, producir y aportar al sistema. Hay que saber disfrutar del tiempo libre. En definitiva, me siento muy afortunada.


