La relación entre ciencia y sociedad se está reescribiendo. Y lo mejor: ahora también nos incluye. Ya no vive solo en laboratorios ni en papers imposibles de pronunciar. Vive en nuestros auriculares, en newsletters que guardamos “para leer con calma” y hasta en juegos online que, sin darnos cuenta, están ayudando a resolver problemas reales. Cada vez somos más quienes queremos entender qué hay detrás de los grandes avances, no por postureo intelectual ni por obligación académica, sino por pura curiosidad. Porque nos gusta conectar puntos, hacernos preguntas y sentir que formamos parte de algo más grande.
La investigación científica es una de las herramientas más poderosas para mejorar nuestra vida colectiva. Detrás de cada avance hay años (y años) de estudio, método y trabajo riguroso por parte de investigadores e instituciones, pero ese esfuerzo solo despliega todo su valor cuando el conocimiento conecta con la sociedad que lo hace posible.
Como defendía Carl Sagan, “la ciencia no es solo un conjunto de conocimientos, es una manera de pensar”. Y esa manera de pensar no ha de quedarse entre probetas. También está en las decisiones colectivas que tomamos, en las políticas públicas que debatimos, en innovaciones que transforman sectores enteros y en soluciones concretas que ya forman parte de nuestra rutina. En todo eso los ciudadanos somos mucho más que espectadores en la grada.
“La ciencia no es solo un conjunto de conocimientos, es una manera de pensar”. Carl Sagan
Hablamos como científicos
Sin darnos cuenta, la ciencia ya forma parte de nuestras conversaciones cotidianas. Hablamos del vórtice polar casi como si fuera un viejo conocido cuando llega una ola de frío; mencionamos la microbiota al pensar en lo que comemos y en cómo eso impacta en nuestro cerebro y el estado de ánimo; calculamos -aunque sea mentalmente- nuestra huella de carbono cuando tomamos decisiones de movilidad, o debatimos sobre algoritmos cuando una app acierta (quizá con demasiado detalle) recomendándonos qué ver o qué escuchar.
La terminología científica ya no suena lejana: se ha colado en nuestro día a día y, con ella, una nueva forma de mirar lo que nos pasa.
No se trata de convertirnos en especialistas, sino de algo mucho más sencillo y valioso: el deseo de comprender mejor lo que nos pasa y el impacto de nuestras decisiones. Que estos conceptos formen parte de nuestra conversación diaria es una señal clara de algo importante: la ciencia ha dejado de ser un territorio ajeno. Ya no está “ahí fuera”. Está integrada en nuestra manera de interpretar el mundo.
El interés científico lo confirman los datos
Desde hace años, las Encuestas de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) muestran algo bastante claro: la investigación tiene buena reputación en España. Confiamos en quienes investigan, valoramos su impacto y reconocemos que la ciencia y la tecnología son claves cuando hablamos de salud, medio ambiente o calidad de vida. Y, al mismo tiempo, trasladamos un mensaje bastante claro: queremos explicaciones más comprensibles y más oportunidades para participar.
Los datos más recientes refuerzan esa idea. Un informe de la Fundación BBVA, publicado en enero de 2026, revela que más de la mitad de las personas encuestadas en España puntúan su interés por la ciencia con un 8 o más en una escala de 0 a 10. Y lo más interesante no es solo cuánto nos interesa, sino el porqué: muchas veces, simplemente porque nos apetece aprender algo nuevo, sin que tenga que servir para nada concreto. Aprender ya no ocurre solo en aulas o conferencias. También sucede en esos momentos cotidianos en los que buscamos contexto, explicaciones claras y, sobre todo, buenas preguntas. Prueba de ello son los podcasts de divulgación científica. Propuestas como Planeta oculto, A ciencia cierta, Ciencia y saber, Sapiens o referentes ya consolidados como Coffee Break: Señal y Ruido, muestran hasta qué punto la divulgación ha encontrado su lugar en el mundo digital para dejar de ser un lujo intelectual y convertirse en parte de nuestra forma de vivir y de mirar el mundo.
Ciencia e impacto social
Un enfoque que comparte el Congreso de Divulgación, Transferencia e Impacto Social (CoDi) que pretende demostrar que la ciencia deja de ser un territorio lejano cuando la sociedad se implica.
Porque cuando las personas participan en la producción de conocimiento, este no solo se vuelve más eficaz, también se vuelve más democrático, más abierto y más legítimo. En esta 2ª edición el espacio del CoDi se presenta como un espacio pensado para compartir experiencias, analizar resultados y reflexionar sobre cómo acercar el conocimiento científico a la ciudadanía, al tejido empresarial y a las políticas públicas.
Y lo hace a través de proyectos concretos con impacto real. Plataformas como iNaturalist, que permite registrar la presencia de especies en entornos urbanos y naturales, creando mapas de biodiversidad que sirven para detectar cambios en la distribución de flora y fauna o iniciativas como Observadores del Mar, que implican a buceadores, pescadores y comunidades costeras en el seguimiento del Mediterráneo y aportan datos sobre especies invasoras, contaminación o los efectos del calentamiento del mar para tomar decisiones públicas basadas en evidencia.
En salud, la participación ciudadana también marca la diferencia de forma humana y directa. Desde plataformas como PatientsLikeMe, donde más de 800.000 personas comparten cómo viven con una enfermedad y qué tratamientos les funcionan, hasta la Cohorte IMPaCT o el MindKind Study en España, que dan un paso adicional, invitando a la ciudadanía a reflexionar sobre su bienestar y a participar incluso en el diseño de la propia investigación en salud mental.
La tecnología, además, está ampliando de forma muy tangible las maneras de participar. A veces lo hace de forma lúdica, como en Foldit, un proyecto que invita a personas sin formación científica a enfrentarse, en forma de juego, a problemas complejos de plegamiento de proteínas. Su potencial quedó claro en 2011, cuando la comunidad de jugadores logró resolver en apenas tres semanas la estructura de una enzima del virus de la inmunodeficiencia símica, un reto que llevaba años resistiéndose a los métodos tradicionales de investigación.
La participación también puede partir de algo tan cotidiano como la voz. Iniciativas como Mozilla Common Voice invitan a donar fragmentos de audio para crear bases de datos abiertas que ayudan a entrenar sistemas de reconocimiento de voz más inclusivos. Y en muchos casos, la participación adopta una forma híbrida, combinando tecnología e inteligencia humana, como ocurre en Zooniverse, donde miles de personas colaboran en proyectos científicos reales, desde clasificar galaxias hasta analizar imágenes de biodiversidad.
Todos estos ejemplos muestran que la ciencia ciudadana ya no es una excepción: es una práctica diversa, abierta y en constante expansión.


