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Mi viaje al sur de Italia: una inmersión en la agricultura regenerativa

Brezo Sintes

El mes de septiembre empezó a lo grande. Pero no fue una simple vuelta a la oficina: me subí a un avión rumbo al sur de Italia para descubrir cómo la agricultura regenerativa está revolucionando el campo, la comida y las comunidades locales. Y lo digo sin rodeos: fue un viaje de sabores, pasta al dente, vinos infinitos… y, sobre todo, de grandes lecciones sobre cómo producir alimentos cuidando del suelo, de las personas y del planeta de la mano de la comunidad de conocimiento e innovación EIT Food South.


Día 1 · Nuovo Cilento: el aceite que cuenta historias

La primera parada fue en la Cooperativa Nuovo Cilento, en San Mauro (Campania). Giuseppe, el fundador; Antonello, el joven presidente; y Serena, la responsable de formación, nos recibieron con pan, aceite de la última cosecha y una auténtica masterclass sobre biodiversidad y abono. 

Allí entendí de verdad qué significa agricultura regenerativa: no se trata solo de producir sin químicos, sino de devolver vida al suelo, de diversificar cultivos para evitar su degradación y de recuperar la fertilidad natural ahorrando agua y combustible.

Desde 2020, EIT Food South apoya a cooperativas como esta a través de programas de formación y proyectos como Test Farms, que conecta a agricultores con startups que desarrollan soluciones innovadoras. Hoy, su red abarca 9 países y más de 150 agricultores comprometidos con este nuevo modelo.

Día 2 · La Petrosa: una familia, veinte cultivos y mucho corazón

Al día siguiente llegamos a La Petrosa, un agriturismo donde la hospitalidad y la sostenibilidad van de la mano. Fue imposible no encariñarse con Luigia y Simone, dos hermanas que, junto a su hermano Edmondo, lideran la tercera generación familiar dedicada a cuidar la tierra.

La finca se encuentra en pleno Parque Nacional del Cilento, una región reconocida por su biodiversidad y por ser cuna de la dieta mediterránea. En La Petrosa, la agricultura no es solo una actividad económica, sino una forma de vida. Cultivan trigo antiguo, legumbres locales, hortalizas de temporada y olivos centenarios, todo con métodos ecológicos y regenerativos. Además, elaboran sus propios quesos, conservas y aceite de oliva virgen extra, manteniendo las recetas tradicionales y cerrando el ciclo de producción dentro de la propia finca.

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El agriturismo combina el trabajo agrícola con la educación y el turismo sostenible: los visitantes pueden participar en talleres, degustaciones y recorridos por los campos para conocer de cerca cómo se cultiva y se cocina en armonía con la naturaleza. Es un ejemplo vivo de cómo el campo puede generar valor económico, social y cultural sin perder sus raíces.

Entre quesos de cabra, mermeladas caseras y pasta integral elaborada allí mismo, Edmondo nos contó cómo habían pasado de la agricultura convencional a la regenerativa: de 2 a más de 20 cultivos, abandonando los fertilizantes químicos y reduciendo el consumo de combustible de 15.000 a 6.000 litros al año.

Ese mismo día conocimos también a startups como LandPrint, que mide el impacto ambiental de pequeñas fincas, o Agrobit, que a través de una app guía a los agricultores para usar solo el agua y nutrientes necesarios. Tradición y tecnología, mano a mano.

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Día 3 · Bari: cena Slow Food y vinos misteriosos

El tercer día aterrizamos en Bari para una cena Slow Food en el restaurante Perbacco, donde cada plato celebraba los productos locales y el ritmo pausado de la tradición. La noche tuvo su propio misterio: catar vinos de Morasinsi sin conocer aún su historia. Brindis tras brindis, la intriga iba creciendo

El movimiento Slow Food nació en Italia en los años 80, de la mano de Carlo Petrini, como respuesta a la expansión de la comida rápida y a la pérdida de las tradiciones culinarias locales. Su filosofía se basa en tres principios: que la comida sea buena, porque respeta el sabor y la cultura; limpia, porque cuida el medioambiente; y justa, porque garantiza condiciones dignas para quienes la producen. Durante el viaje fue fácil ver cómo este espíritu sigue muy presente en el sur, donde la conexión entre tierra, tiempo y comunidad forma parte del día a día.

Día 4 · Morasinsi: vino, carpa y agroforestería

Al día siguiente, el misterio de la noche anterior se reveló. En el viñedo de Morasinsi, en el corazón de Puglia, nos recibió Sveva Sernia, etnóloga y viticultora detrás de aquellos vinos que habíamos probado sin contexto. En su finca descubrimos que su proyecto va mucho más allá del vino: aplica los principios de la agroforestería, plantando árboles entre las viñas para imitar el equilibrio de los bosques, mejorar el microclima y ser resiliente frente al cambio climático.

Morasinsi nació con la idea de recuperar una antigua finca familiar y transformarla en un modelo de viticultura regenerativa. Sveva, junto a su equipo, cultiva variedades autóctonas como Primitivo y Aglianico, combinando métodos tradicionales con prácticas innovadoras que respetan el ecosistema. El suelo se trabaja sin pesticidas ni fertilizantes químicos, se promueve la biodiversidad y cada intervención en la viña se hace con un profundo respeto por los ciclos naturales.

Más que producir vino, en Morasinsi buscan contar historias: las del paisaje, de las personas que lo cultivan y del tiempo que necesita cada proceso para madurar. El resultado son vinos con identidad, que reflejan la fuerza del suelo calcáreo de Puglia y la brisa del Adriático. Sveva lo resumió con una frase que aún resuena:

«La agricultura regenerativa es nuestra forma de adaptarnos al cambio climático y garantizar que el vino siga contando la historia de nuestra tierra.»

El sur, el “itañol” y los abrazos

Más allá de los proyectos, este viaje fue un curso intensivo de vida italiana. Horas en coche hablando de costumbres, políticas agrarias, turismo y comida. Descubrir que en el sur casi nadie habla inglés (mi itañol fue mi salvación). Y confirmar algo universal: los italianos dominan el lenguaje de los gestos y el buen comer o mejor dicho el “slow food”. 

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El impacto de EIT Food South en Italia

Desde 2018, EIT Food South ha invertido 94,9 millones de euros en Italia, impulsando 109 proyectos de innovación agroalimentaria, apoyando a 70 startups, formando a 442 agricultores y gestionando más de 15.500 hectáreas con prácticas regenerativas.

Pero más allá de las cifras, lo importante es el resultado: suelos más sanos, menos químicos, más resiliencia ante las sequías y una red de personas que creen que otra forma de producir alimentos es posible.

Volví a casa con la libreta llena de notas, la cámara repleta de fotos y la maleta cargada de pasta y aceite. Pero, sobre todo, regresé con una certeza: el futuro de la comida ya se está cocinando… y huele a Cilento, a Puglia y a vino natural bajo el sol del Mediterráneo.

Y sí, lo confieso: sigo pensando en Luigia y Simone.

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