Microbiota intestinal: Imagina una ciudad un lunes por la mañana. Aceras llenas, gente entrando y saliendo de las bocas de metro, camiones de reparto, persianas que se levantan y luces que se encienden. Algo parecido ocurre dentro de tu intestino. Allí vive una comunidad inmensa de más de 38 billones de microorganismos. Bacterias, hongos y otros seres diminutos que, juntos, conforman tu microbiota intestinal.
Como una sociedad, su composición es dinámica y sus habitantes desempeñan labores distintas. Influyen en cómo digerimos los alimentos, pero también en nuestro peso, nuestro estado de ánimo, el funcionamiento del cerebro e incluso las decisiones alimentarias que tomamos. O sea que no solo somos lo que comemos, sino también quién se come lo que comemos.
Entre bastidores (intestinales)
La digestión es el proceso mediante el cual el cuerpo transforma los alimentos en energía y materiales útiles. De ahí salen, por ejemplo, la glucosa que alimenta el cerebro y los músculos, o las hormonas y neurotransmisores, que coordinan casi todo lo que ocurre en el cuerpo. Si el sistema digestivo fuera una fábrica, los microorganismos serían los trabajadores. Y como en cualquier fábrica, el resultado final depende mucho de la calidad de la materia prima.
No se trata de superalimentos ni de productos milagro. Las bacterias intestinales no son exigentes: se nutren especialmente de la fibra que nosotros no podemos digerir por nuestra cuenta. Al fermentarla, producen compuestos beneficiosos que ayudan a mantener el intestino en buen estado y a frenar el crecimiento de bacterias menos deseables.
Los prebióticos, de los que seguro que has oído hablar, son precisamente eso: las sustancias que alimentan a nuestras bacterias intestinales, principalmente fibras. No tiene mucho misterio, están en frutas, verduras, legumbres, y alimentos como el ajo o la cebolla; así que si llevas una dieta variada, tu cuerpo ya recibe todos los prebióticos que necesita. Los probióticos, en cambio, son los propios microorganismos vivos, presentes en alimentos fermentados como el yogur con cultivos activos, el kéfir, el kimchi o el miso. Es decir, que ambos se obtienen de forma natural a través de la alimentación, sin necesidad de recurrir a suplementos salvo que un profesional de la salud lo recomiende.
Lo que pasa en el intestino… no se queda en el intestino
La microbiota intestinal está en comunicación constante con el sistema inmunitario y con el sistema nervioso. Por eso, cuando este ecosistema se desequilibra, se produce un efecto dominó que puede afectar al resto del cuerpo.
En la práctica, esto puede traducirse en síntomas bastante cotidianos. Hay personas con una microbiota alterada que toleran peor ciertos alimentos o que se sienten cansadas incluso después de dormir bien. En los últimos años, se ha relacionado una menor diversidad bacteriana con inflamación crónica de bajo grado, un fenómeno que se asocia tanto a fatiga como a una peor respuesta metabólica.
También se han encontrado diferencias claras al comparar la microbiota de personas sanas con la de personas con obesidad o diabetes de tipo 2. Además de esas variaciones metabólicas, se cree que también influye en el eje intestino-cerebro, y se han relacionado alteraciones de la microbiota con condiciones como la depresión y la ansiedad, posiblemente porque ciertas bacterias pueden comunicarse con el sistema nervioso y modular el estado de ánimo a través de vías inmunitarias, hormonales y nerviosas. Todo esto no significa que las bacterias “causen” directamente estas condiciones, ni que exista una microbiota universal “buena” y otra “mala”, pero sí que forman parte de la ecuación.
En los últimos años, se ha relacionado una menor diversidad bacteriana con inflamación crónica de bajo grado
Lo más interesante es ver hacia dónde se dirige ahora la investigación de la microbiota intestinal. Se ha observado, por ejemplo, que algunas mujeres que tienen partos prematuros presentan perfiles específicos de microbiota ya en las primeras etapas del embarazo, lo que abre la puerta a futuras herramientas de predicción. Y, en otro campo completamente distinto, el año pasado se consiguió tratar cálculos renales utilizando una bacteria diseñada para instalarse en el intestino y hacer su trabajo sin que alterase el resto del ecosistema intestinal. Dos ejemplos que muestran hasta qué punto este universo microscópico puede tener un impacto tangible en nuestra salud.
Algunas mujeres que tienen partos prematuros presentan perfiles específicos de microbiota ya en las primeras etapas del embarazo
Un ecosistema en constante cambio
La microbiota no es estática dentro de uno mismo, ni idéntica para todo el mundo. Cambia, crece y se adapta durante toda la vida. Por ejemplo, en algunas comunidades no industrializadas, como los hadza de Tanzania, la microbiota cambia de forma cíclica a lo largo del año. Algunas bacterias desaparecen por completo en una estación y regresan en la siguiente, reflejando los cambios estacionales en la dieta.
En las sociedades occidentales, donde comemos alimentos bastante similares todo el año, estos cambios son menos marcados. Aun así, aunque hay especies bacterianas presentes en la mayoría de las personas, dos individuos cualquiera suelen compartir menos de la mitad de sus microorganismos intestinales. Cada microbiota es, literalmente, un traje hecho a medida.
Vivir bajo el mismo techo influye más en la microbiota que la genética
También entra en juego la convivencia: dime con quién te juntas y te diré qué bacterias compartes. Compartimos bacterias con las personas con las que vivimos, comemos o pasamos mucho tiempo. De hecho, vivir bajo el mismo techo influye más en la microbiota que la genética, e incluso las personas que viven en un mismo pueblo tienden a tener más microbios en común que aquellas separadas por grandes distancias.
Vida interior: instrucciones de uso
En general, tener una microbiota “sana” se asocia a diversidad – muchos tipos distintos de organismos – a cierta estabilidad en el tiempo, y a la capacidad de adaptarse a los cambios sin perder el equilibrio.
Además, estos microorganismos no son simples acompañantes. Tienen sus propios genes, que influyen en cómo funcionan los nuestros. Es decir, que no podemos cambiar nuestro ADN, pero sí podemos modificar, hasta cierto punto, nuestro microbioma.
Cuando el equilibrio se ha roto de forma grave, existen intervenciones clínicas muy específicas. Entre ellas, los trasplantes fecales, que transfieren microorganismos de una persona sana para restaurar la microbiota, o las terapias con fagos, que utilizan virus capaces de atacar bacterias específicas. Son herramientas prometedoras, pero reservadas a contextos médicos muy concretos.
En el día a día, los hábitos cotidianos marcan una diferencia enorme. Dormir bien, comer sano y variado, moverse con regularidad, gestionar el estrés, evitar el uso innecesario de antibióticos, y pasar más tiempo en la naturaleza contribuyen a que la microbiota se mantenga estable.
Por último, aunque solemos hablar de la microbiota intestinal porque ha sido, hasta ahora, la más estudiada, no es la única. Llevamos encima (y dentro) millones de bacterias repartidas por la piel, la boca, los pulmones y otros rincones del cuerpo. Muchas ciudades diminutas, cada una con sus propias normas y tareas.


