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¿Por qué elegimos las playas?

Cuesta creerlo, pero las playas estuvieron vacías durante siglos: eran vistas como el último tramo de tierra firme antes de lo desconocido. Hoy, en cambio, son símbolo por excelencia del descanso y la desconexión. Te llevamos de viaje por la historia para repensar nuestra relación con uno de los paisajes más codiciados del verano.


Si nos paramos a pensarlo, las playas son un lugar extraño para descansar. Frías en invierno, con poca sombra en verano, con arenas pegajosas y piedras que agotan los pies. Incómodas en muchos sentidos. Y sin embargo, las elegimos cada año cuando necesitamos desconectar. ¿Qué es lo que nos empuja a convertirlas en uno de los paisajes más codiciados del verano?

Nuestra fascinación actual contrasta con la percepción que teníamos del mar en épocas pasadas. Cuesta creerlo, pero las playas estuvieron vacías durante siglos. Aunque el mar ha sido fuente de inspiración para la literatura, la música o la poesía, históricamente ha representado un territorio plagado de amenazas.

Así lo cuenta el historiador francés Alain Corbin, uno de los grandes referentes en el estudio de la playa desde lo social y autor de El territorio vacío: Occidente y la invención de la playa, quien señalaba que las playas eran vistas como el primer tramo del incierto mar, y no como el final de la tierra firme.

Todo cambió cuando, en 1621, el médico Robert Burton propuso combatir la tristeza con el  mar

Todo empezó a cambiar cuando el médico Robert Burton propuso en 1621 combatir la tristeza y la depresión con el mar en Anatomía de la melancolía.

Pero no fue hasta el siglo XVIII cuando el litoral comenzó a ganar prestigio gracias al doctor Richard Russel, quien publicó en 1752 un tratado sobre los beneficios médicos del agua de mar.

Así se popularizaron los chapuzones terapéuticos, dando forma a lo que hoy conocemos como talasoterapia. A eso se sumó el cambio cultural impulsado por la filosofía, la teología y el Romanticismo, que animaron a reapropiarse de toda belleza natural, convirtiendo la playa en espacio de lo sublime.

Dominguero se hace

Seguro que has oído hablar de las teorías higienistas: en la primera mitad del siglo XIX, surgieron políticas preocupadas por la salud y la higiene que provocaron grandes cambios en las ciudades. También en las playas. Como consecuencia, en plena Revolución Industrial el entorno urbano empezó a verse como algo opresivo y sucio frente a un mar cada vez más admirado. Así que una vez la talasoterapia se asentó en la mente colectiva, fue cuestión de tiempo que llegaran los primeros baños por puro ocio.

Al principio, las visitas a la playa no duraban todo el día como a lo que estamos acostumbrados. Pero en cuanto aumentaron los baños por placer nacieron los balnearios, precursores de los actuales resorts, que ofrecían múltiples actividades de ocio para que los domingueros de la época pasaran más tiempo allí.

Poco a poco, el componente terapéutico fue cediendo terreno a lo social. Empezó aquí la redefinición del bienestar.

Y entonces llegó Coco Chanel quien, por accidente, se bronceó en un viaje por la costa francesa e impuso una tendencia: broncearse. Así, el moreno, antes asociado al trabajo de campo, se convierte en un símbolo de estilo, por lo que el sol deja de ser enemigo y la ropa de baño se acorta. Con la llegada del bikini en 1946 queda finalmente inaugurada la estética playera y el mar se convierte en un lugar para disfrutar, ver y ser visto.

No hagas fotos a esa piedra tan graciosa

El acceso al mar, sin embargo, nunca ha sido del todo democrático. En Estados Unidos, el urbanismo de Robert Moses diseñó puentes bajos para evitar que los autobuses -utilizados especialmente por población afrodescendiente- accedieran a las playas. Y en España, durante décadas, las mejores estuvieron reservadas a reyes, condes y burguesía.

Fue en el siglo XX, con la modernización de la clase trabajadora (vacaciones pagadas y acceso a un coche), cuando se expandió el turismo de sol, lo que nos ha traído hasta donde estamos ahora: playas con alta demanda que se masifican en esa búsqueda del bienestar, haciendo difícil encontrar en la mayoría de las ocasiones ese sublime que inicialmente tanto nos atrajo.

Según un estudio publicado en Nature Climate Change, la mitad de las playas podrían desaparecer a finales de este siglo si no se toman medidas. Y aunque gran parte de esta amenaza se debe al cambio climático y al aumento del nivel del mar, la masificación y la urbanización también juegan un papel clave. «La principal amenaza es la pérdida de hábitat debido a la erosión de las playas», indica Margarita López Rivas, investigadora del Instituto de Investigación Marina (IN-MAR) de la Universidad de Cádiz.

Y es que este lugar idílico es muy vulnerable a la actividad humana. Por ejemplo, la construcción de puertos y espigones sin estudios previos alteran sus ciclos naturales y el aumento del nivel del mar provoca que «algunas zonas, como las islas, pierdan playa a una velocidad mucho más alta que otras». A eso se suma la contaminación humana: colillas y residuos arrastrados por ríos que degradan entornos y generan altos costes en zonas turísticas. Según la fundación Changing Markets, limpiar los residuos plásticos en las costas españolas cuesta entre 10 y 15 euros por ciudadano.

Tampoco ayuda el impacto de la instagramabilidad. Las aguas cristalinas, las rocas escénicas y las formas perfectas se viralizan rápido, lo que dispara su exposición y convierte ciertas playas en destinos de consumo. Esto alimenta un círculo vicioso: las playas se deterioran y quienes viven de ellas buscan mantener su actividad a toda costa dragando arena y construyendo sin control, presionando aún más los ecosistemas.

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Conocimiento frente a consumo

Como respuesta a la masificación actual, cada vez son más los municipios que limitan el número de visitantes, restauran ecosistemas, fomentan el acceso libre y organizan actividades culturales para concienciar sobre su cuidado: talleres, cine al aire libre, eventos familiares. Y es que, como escribía Corbin, las playas también han sido espacios de memoria, lugares que antes de ser romantizados fueron habitados por pescadores, migrantes, bañistas sin nombre. Y así deben mantenerse.

El problema, según Rivas, es que no existe una «normativa específica ni homogénea» para mantenerlas, tampoco una respuesta coordinada. Esta falta de regulación y acción conjunta permite, por ejemplo, que especies invasoras como la Rugulopteryx okamurae, la famosa alga japonesa, se expandan desde Cádiz a Almería, haciendo aún más daño en los ecosistemas y alimentando ese círculo vicioso.

Así, frente al consumo desenfrenado, algunas localidades apuestan por devolverle a la playa esta dimensión comunitaria -como La Caleta en Cádiz, muy vinculada a la memoria histórica de sus vecinos- o su derecho a ser preservadas, como la Playa de las Catedrales en Ribadeo, donde se ha limitado el acceso.

Conocer la historia de las playas nos permite reflexionar sobre cómo nos vinculamos con los lugares y cómo transformamos el territorio, pero también sobre cómo vivimos y lo que hacemos con lo que nos rodea. Disfrutemos de ellas, pero sin perder de vista que todo cambia: el paisaje, nuestras costumbres, incluso las ideas que creemos más firmes. Solo esa conciencia podrá proteger lo que, sobre todo en verano, tanto valoramos.

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