Caminar es una facultad propiamente humana. Nació hace muchos (muchos) años cuando el animal humano se puso en pie y así liberó sus manos y cara, llevándonos a nuevos movimientos y formas de comunicación. Se podría decir que nuestra especie comenzó por los pies. Sin embargo, en la era de la hiperconexión y el asfalto estéril, ese impulso primario parece haberse atrofiado. Hemos transformado el viaje en un simple trámite logístico, un vacío entre dos puntos que debe ser eliminado, añadiéndole velocidad. Ante un escenario en el que el trayecto ha dejado de existir, cabe preguntarse: ¿hemos olvidado que nuestra capacidad de pensar y sentir está íntimamente ligada al caminar?
La arquitectura de la prisa
Esta desconexión con nuestro origen no es casual. Tiene su reflejo en la arquitectura de la prisa y la eficiencia. El asfalto no es un lugar para las historias, los coches pasan por él sin dejar marca y a las personas que los conducen, les una única meta: que ese espacio que separa el origen del destino desaparezca lo antes posible. Por no hablar de la megacápsula de acero y cristal subterránea que es el metro, un escenario diseñado para la pura indiferencia al que entramos ya deseando salir.
Caminar, por el contrario, podría suponer una forma de nostalgia o de resistencia frente al ritmo desenfrenado en el contexto contemporáneo, como sugería Le Breton en su obra El elogio de caminar (2011). Al andar, se conduce a que el propio caminante se interrogue acerca de sí mismo, a la contemplación y a la reflexión. Si aspiramos a una sociedad crítica y reflexiva, una de las cosas que recuperar es el tiempo para aburrirnos.
El aburrimiento como acto revolucionario
Citando a Byung-Chul Han, “la aceleración elimina todo intermedio”, todo aburrimiento y, por extensión, gran parte del pensamiento profundo. El aburrimiento (tan odiado hoy en día) es donde germina la curiosidad. Sin ese espacio vacío entre dos quehaceres, el individuo se convierte en un simple ejecutor de tareas. Al final, del puro estrés no sale nada nuevo,no sirve más que para reproducir y acelerar lo que ya existe.
En esta era de la hiperproductividad, el simple acto de vagar se atribuye a gente vaga, holgazana, perezosa o poco trabajadora, tal como define la RAE. Hemos convertido el movimiento sin un objetivo productivo en un pecado capital. No es solo cuestión de disponer del tiempo, sino de poseer la calma de quien no se siente perseguido en algunos casos, como el de las mujeres históricamente, en sentido literal. Como bien se pregunta Adriana Herreros: «¿Puede una chica pasear sola y tranquila al mismo tiempo? Pues, muchas veces no. Ojalá poder vagabundear con la libertad de un hombre». Históricamente, esta falta de seguridad ha provocado que nuestros espacios de pensamiento fueran mucho más reducidos, limitados a lo doméstico o al trayecto directo, al reducirse la posibilidad de vagar.
Hemos convertido el movimiento sin un objetivo productivo en un pecado capital.
Pero más allá de estos límites, lo cierto es que hoy el caminar se ha convertido en un medio de escape. Ya no es un medio de transporte, sino de evasión. Por lo único que triunfa el caminar hoy en día es porque se usa como medida in extremis cuando ya no podemos más, cuando estamos saturados y nos vamos a dar un paseo por el campo o a hacer el Camino de Santiago.
Es un sinsentido: vivimos en ciudades en las que, para llegar a nuestros lugares de trabajo, tenemos que estar una hora encerrados en el metro o en un atasco, anulando cualquier posibilidad de que el trayecto sea algo más que tiempo “perdido”. Hemos aceptado como algo lógico tener que coger el coche para ir a un sitio donde poder, finalmente, caminar.”.
“Caminar, en el contexto contemporáneo, podría suponer una forma de nostalgia o de resistencia frente al ritmo desenfrenado”, Le Breton
La ciudad de los 15 minutos
Pero, calma, habemus solución. El verdadero reto no consiste en perfeccionar nuestras técnicas de escapismo para los fines de semana, sino en meterle mano a la ciudad que habitamos para que huir de ella no sea nuestra única opción de escape. Cada vez hay más ciudades que reclaman orientar las ciudades a la movilidad de proximidad.
Al tenerlo todo cerca, el caminar deja de ser esa medida de evasión in extremis para volver a ser lo que siempre fue: nuestro medio de transporte natural. Recuperar la cercanía podría ser un buen medio para recuperar la topofilia, descrita por el geógrafo Yi-Fu Tuan como los lazos afectivos por los lugares que habitamos y que la velocidad nos ha hecho ignorar.


