Una de las cuestiones que siempre he defendido con especial firmeza durante la crianza de mi hija ha sido su mirada infantil sobre el mundo. Durante todos estos años he procurado cuidar su curiosidad y su ingenuidad, ese lenguaje único de la niñez que, ante una sociedad cada vez más poblada por adultos infantilizados, se presenta como una suerte de llama que no se apaga. En la infancia se conforma la dimensión humana del adulto y, por eso, debe ser un paisaje diáfano, un territorio fértil y bien nutrido. Volver a los lugares donde se ha vivido permite comprender los propios itinerarios. Dejar que la infancia de mi hija sea justamente eso, infancia, es concederle una memoria sólida desde la que pueda (re)construir una realidad a la que pertenecer y en la que la preocupación por lo común ocupe un lugar central. También significa ser ese lugar seguro al que pueda volver cuando la línea de tiempo avance.
De entre todas las cosas hermosas que me ha concedido mi hija, destacaría, sin lugar a dudas, que me haya ayudado a verlo todo a través de los ojos de una niña: su ternura desmesurada; la convivencia con aquello que nos hace profundamente vulnerables y exige una confianza total en otro; el paisaje que se abre y se hace ancho gracias a la compasión; el descubrimiento de la generosidad como un cinturón capaz de ajustar lo individual a la medida de lo común; la renuncia a la comodidad del espacio propio para adentrarse en un territorio nuevo, compartido, sin mapas ni hoja de ruta, que sólo se puede habitar desde el amor más desinteresado. La infancia es un contrapoder frente a la lógica individualista que se impone. Quizá por eso los niños y niñas están siendo asediados y arrinconados. Quizá nos recuerden que hay otras vidas posibles, más dignas y más plenas, pero que, para habitarlas, hace falta dejar de simular que vivimos y vivir de verdad. Quizá el problema radique en lo que hemos hecho los adultos con la infancia.
La infancia es un contrapoder frente a la lógica individualista que se impone.
El filósofo argentino Santiago Gerchunoff acaba de publicar un ensayo breve, excelente y altamente necesario, En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento (Lengua de trapo, 2026), en el que reivindica la importancia de la infancia y ofrece un retrato amplio y eléctrico sobre el lugar que la contemporaneidad le ha reservado. Un retrato atravesado por vidas mediadas por pantallas y por las coordenadas de una época obsesionada con todo aquello que pueda someterse a la lógica de la sobreproducción. Tal como señala el autor, el contexto siempre importa. Por eso conviene recordar que la infancia, tal y como hoy la conocemos, con derechos propios, tiene una historia muy breve: apenas tres siglos en los que ha adoptado distintas formas hasta llegar al presente.
Parte del músculo de esa contemporaneidad consiste en llevar a los niños y niñas al galope, ocupar su tiempo con tareas que jibarizan su curiosidad, precipitarlos hacia edades que aún no les corresponden y criar niños ansiosos e insomnes. Niños hechos a imagen y semejanza de sus padres y madres. Niños que deben hacerse cargo de los fracasos y complejos de los adultos. Esa misma contemporaneidad pone también buena parte de su empeño en llevarlos allí donde no molesten ni puedan ser vistos, a una esquina del mundo en la que quedan reducidos a mobiliario y donde, tremenda paradoja, compiten con adultos por ver quién se queda con la franquicia de la infancia. Sin olvidar, como bien señala el autor, esa extraña —y esquizoide— equiparación entre mascotas y niños. «La diferencia está clarísima: los niños son personas y las mascotas, no».
Es un mundo adults only en el que los niños ven asediado el transcurrir de sus días imaginando otras vidas desde las ventanas de sus habitaciones pantalla. Ahí se abre la posibilidad de huida que describe Gerchunoff: una vida al margen de los mecanismos de control social y de una educación escolar basada en dispositivos digitales que merma toda mirada crítica. Si el sistema te acorrala, sé el sistema.
Pero esa esquina del mundo no debería existir. Ni siquiera debería haber estado en nuestros planes. A un niño no se le puede responsabilizar de su propia vida ni del peso del mundo. A un niño hay que dejarle ser niño. Así que la próxima vez que dudemos si llenar las agendas de nuestros hijos con tareas que aseguren su éxito en el mañana, dejemos que el aburrimiento se apodere de ellos. No sé si esto asegura que mi hija dirija una empresa en el eje del Pacífico, pero sí me asegura la limpieza de su sonrisa antes de apagar la luz esta noche.


