La ciudad es un espacio por el que poder transitar. Hacer deporte, enamorarnos, bailar. Recorremos sus plazas, aceras, callejones y pasos de peatones. A veces tememos algunos de sus rincones. La ciudad está formada por barrios pero, sobre todo, está habitada por personas con quienes establece un vínculo único. La arquitecta urbanista Reyes Gallegos ha estrenado recientemente el documental Ellas en la ciudad (Movistar +), protagonizado por las primeras pobladoras de los barrios de la periferia de Sevilla en los setenta. ¿Cómo serían las ciudades si las hubieran diseñado ellas?
Para empezar, es importante aclarar bien qué queremos decir para entendernos mejor. Cuando hablamos del espacio público, ese lugar donde vivimos y que va más allá de nuestras casas, ¿a qué nos referimos exactamente? ¿Y qué importancia tiene en cómo se desarrolla la sociedad?
El espacio público es el entorno urbano donde desarrollamos los lazos afectivos con el lugar donde vivimos (más allá de la propia vivienda). Experiencias colectivas como la socialización, la lucha o la celebración forman el escenario físico y emocional que construye nuestra identidad ciudadana. A la hora de construirlo, históricamente, la mujer ha tenido un papel primordial: desde gestionar su propio cuerpo a la vida cotidiana, la organización de espacios afectivos, la alimentación, la medicina o la creación de espacios para los cuidados, claves en la definición del patrimonio material e inmaterial de las ciudades que habitamos. Sin embargo, en la gestión de las ciudades fue excluida de las tomas de decisiones sobre los lugares donde vivía. Y posteriormente, la separación de los trabajos productivos y reproductivos dio lugar a la construcción de un mundo dicotómico: la esfera pública del mercado y el trabajo asalariado (masculina) y la privada, la de los afectos y cuidados sin remuneración económica (femenina).
Las protagonistas de Ellas en la ciudad son mujeres de una generación y clase social específicas, que llegaron a Sevilla desde pueblos o casas compartidas buscando una vida mejor. Terminaron viviendo en barrios periféricos, en grandes torres de homigón construidas para miles de familias durante los setenta. Esos barrios fueron diseñados por hombres y para hombres. ¿Qué efectos tuvo vivir en lugares que no estaban pensados para ellas ni para sus vidas?
Los barrios periféricos del desarrollismo se diseñaron desde una dimensión productiva y androcéntrica. Junto a los miles de viviendas se construyeron carreteras para que el hombre llegara en coche cuanto antes a las fábricas. Con ello vinieron las largas distancias y la zonificación funcional de las ciudades. Así, las funciones vitales -los cuidados, la cultura o la socialización- y el resto de las personas que vivían en los barrios -menores, ancianos y mujeres- quedaron completamente olvidados. Ellas, esa generación de mujeres que estrenaron los pisos con la ilusión de vivir en una ciudad moderna, se sintieron muy pronto decepcionadas: primero, porque no existían los espacios públicos y equipamientos que prometían las maquetas publicitarias y, después, por la sensación de desarraigo y aislamiento en bloques y pisos idénticos sin conexiones de ningún tipo, que nada tenían que ver con la arquitectura y los modos de vida de donde venían. Las mujeres tenían que atravesar kilómetros a pie cargando con niños pequeños y atravesando descampados, carreteras o vías del tren para ir a un mercado de abastos o al médico.
Sin carnet ni transporte público dejaron de tener autonomía de movilidad y económica, ya que en el momento en el que tenían hijos, la gran mayoría tenía que abandonar sus trabajos, bien porque a los maridos o las empresas no les interesaba que lo compatibilizaran con la maternidad o bien porque las pocas que lo intentaron -aún recayendo en ellas todo el trabajo de los cuidados- no lograron compatibilizar horarios y distancias. Una me contó que al año de ser madre se sintió «devaluada, como que ya valía menos».
«En las ciudades es muy urgente huir de los comportamientos cada vez más individualistas»
Y a largo plazo, ¿cómo ha influido ese diseño de la ciudad en la vida y las oportunidades de quienes ahora la habitan?
Hemos heredado ciudades zonificadas con más de un 70% del espacio público dedicado, directa o indirectamente, al coche. Solo un 30% del espacio público se usa para el desarrollo cultural y social; es decir, para la vida. Nos faltan lugares habitables para el encuentro, la cultura o los cuidados. Nos faltan sombras, bancos, fuentes, parques, accesibilidad. Ir con un carrito por cualquier parte de la ciudad es un indicador urbano infalible para comprobar esta realidad. Y cuanto más lejos del centro, más nítido resulta. Dice Rebecca Solnit que caminar es una forma de resistencia frente al urbanismo sin escala humana… ¿cómo habrían sido las ciudades si las hubiesen diseñado personas cuidadoras?

Y qué se penaliza más, ¿la clase o el género?
Creo que el género. Al menos, hasta que no se equiparen los trabajos de cuidados, hasta que las mujeres dejemos de sentir miedo por andar solas a ciertas horas o por ciertos lugares y hasta que seamos nosotras las que planifiquemos y tomemos decisiones sobre la ciudad que habitamos en la misma medida que los hombres. En mis estudios he comprobado que hay algo que atraviesa todo y que tiene que ver con la falta de libertad y autonomía en la gestión del tiempo y de la movilidad si combinas ambas cosas: clase y género. Por ejemplo, si eres una mujer con una renta baja y vives en un área aislada, no solo dedicas mucho más tiempo entre trayectos o rutas de autobuses y esperas -para trabajos precarizados y relacionados normalmente con los cuidados, la limpieza o el turismo-. Esto además puede conllevar problemas físicos si estás embarazada y a ciertas horas o en ciertos recorridos te expones a un grado alto de inseguridad en términos de acoso sexual.
Durante el proceso de investigación, he dado con estudios que reflejan que en los barrios periféricos con rentas más bajas aumenta el número de violaciones y embarazos precoces. También existen más casos de violencia de género y problemas de alimentación en la infancia, lo que confirma que es necesario trabajar el urbanismo desde una perspectiva de género que imprima una reconexión con el medio natural por nuestra propia biología y una perspectiva multidimensional para acercarnos a una ciudad que de verdad incluya a todos sus habitantes.
¿Qué tipos de enfermedades o problemas de salud surgen cuando pensamos en cómo afecta la ciudad según el género?
Muchas han sufrido la desigualdad territorial en su propio cuerpo: padecimientos físicos y enfermedades crónicas relacionadas con los kilómetros de caminatas y escaleras cargadas de peso, estrés o altas temperaturas. Piensa que la mayoría convivían a diario con enormes vertederos, fábricas muy contaminantes, carreteras, postes de alta tensión o aeropuertos. Una de las cosas que más me sorprendió es cómo puede afectar el aislamiento, tanto físico como emocional, en la salud mental de las mujeres: lo que significó para ellas la renuncia, el desarraigo y la soledad. «Algunas no podían ni peinarse», me decía una de ellas. Muchas han sufrido depresión y enfermedades como la fibromialgia, que han superado acudiendo “a escondidas” (y juntas) a grupos de terapia y gimnasia.
«Necesitamos un urbanismo con perspectiva de género que reconecte con el medio natural»
Hay algo que me interesa mucho en torno a la historia del documental y tu forma de hacer fotografía. Tu mirada no es solo la de una arquitecta, sino que mezcla dos disciplinas importantes para entender mejor la realidad que vivimos. ¿Cuál de las dos vino primero y qué te ha aportado cada una?
Siempre me ha gustado dibujar o fotografiar lo que miro. Y en mis trabajos intento usar formatos muy visuales que tengan impacto con el fin de comunicar la trascendencia que tiene el urbanismo en todos los ámbitos de la vida. La serie de fotografías surgió cuando cada mañana, ellas se me revelaban empujando sus carros de la compra, los carros de sus nietos o sus propios andadores y sillas de ruedas atravesando enormes islas de aparcamientos y viarios de asfalto. Lo que para ellas era caminar por un espacio mucho más habitable que el que conocieron hace 50 años, a mí me resultaba un acto heroico. Lanzarme al documental fue muy orgánico cuando, entre esos espacios hostiles, comencé a escuchar sus testimonios con esa fuerza y esa verdad. Entonces vi necesario darles voz y movimiento. Hacerlo no fue fácil porque he tenido que aprender a pasar del formato estático a contar una historia con acción y secuencias, pero lo he disfrutado mucho.
En el documental vamos conociendo poco a poco a sus protagonistas, que son parte de una generación a la que no hemos hecho mucho caso. ¿Por qué?
No solo no las hemos atendido sino que les hemos atribuido el estereotipo de analfabetas sin conocerlas. Siempre pienso lo injusto que es que quienes toman las decisiones, mayoritariamente hombres en despachos alejados, sigan cometiendo errores por no acercarse a la realidad mientras ellas, desde los márgenes, no solo sostienen sus casas y familias, sino todo lo que tiene que ver con la política local y la vida cotidiana. El porqué lo cuenta Nati muy bien en el documental cuando dice que «siempre estuvimos ahí, pero no en la primera línea de la pancarta». No solo interesó dejarlas relegadas al papel de amas de casa y al margen de toda decisión pública, sino que a los que tomaron puestos políticos con la llegada de la democracia tampoco les interesó terminar con el machismo. Esto no ha cambiado tanto: aún hoy somos muy pocas mujeres urbanistas las que ejercemos y, probablemente, ninguna se libre del techo de cristal.
«La socialización, la lucha o la celebración son lo que construyen nuestra identidad ciudadana»
Esta generación encuentra en los centros de adultos de los barrios una manera de estar en el mundo.
«Para mí fue la libertad, la sabiduría», cuenta Maribel. «Era una ventana al universo», dice Juani. Sin duda, para ellas los centros de adultos fueron el despertar. La educación y la cultura fueron las herramientas de salvación de todas sus dificultades. Hoy los centros de adultos están en peligro de extinción cuando podrían hacer una importantísima labor en los barrios con la población migrante o ser contenedores culturales para la gente joven, ya que la mayoría de estos barrios carece de espacios dedicados a la cultura.
Precisamente, otra de las ideas que surgen del documental es que toda vida tiene una dimensión política. Cuando nos reunimos y creamos espacios de encuentros, ampliamos la realidad.
Desgraciadamente, la planificación urbanística va de la mano del sistema capitalista. La especulación, la gentrificación y la turistificación vienen impuestas por las grandes corporaciones y poderes políticos cuando en la pandemia o durante el apagón pudimos comprobar de primera mano la importancia del sostenimiento de la vida desde lo micro. Para mí, el diseño del futuro se impondría si hubiese una participación activa. Quizá, actuando desde lo más cotidiano (qué y dónde consumimos, cómo nos desplazamos, cómo vivimos o cómo nos relacionamos) y exigiendo fórmulas de participación activa (como referéndums) pudieramos influir sobre el diseño de la ciudad en mayor medida.
«Solo un 30% del espacio público se usa para el desarrollo cultural y social; es decir, para la vida»
¿Cuáles son los principales retos de las ciudades ahora?
La ciudad futura es una descentralizada, inclusiva y justa para todas las personas. Hay una urgencia clara por reconectar con la gente joven y evitar comportamientos cada vez más individualistas. La vocación última del documental es precisamente hacer un ejercicio sobre la memoria de las ciudades para interpelar a las nuevas generaciones y preguntarles (y preguntarnos) hacia dónde queremos ir. Esto, de primeras, parece poco rentable para los gobiernos y, sin embargo, ya hay datos que demuestran que cuando la gente tiene más oportunidades y mejor calidad de vida es más feliz, algo que repercute en la salud, la educación, la seguridad y los trabajos. Por otra parte, creo que es importante, aunque pueda sonar manido, renaturalizar las ciudades; es decir: rescatar la memoria del territorio, permeabilizar zonas que hemos urbanizado, devolver el agua a su ciclo natural, proteger suelos inundables, conservar el patrimonio (material e inmaterial), etc. Personalmente, hay tres conceptos que siempre tengo como eje en mi trabajo y como docente: el cronourbanismo, que se trata de dar un nuevo ritmo a la ciudad compatible con la vida y la naturaleza; la cronotopía, para hacer un mejor aprovechamiento de los recursos materiales e inmateriales y la topofilia, el amor y apego al lugar y a la memoria.


