Durante casi todo el año, la plantación de chopos en La Cellera de Ter sigue su propio ritmo: crece, se tala, vuelve a brotar. Pero durante tres días de junio, se abre a otra vida: un festival que hace de los huecos de los árboles un espacio cultural donde música, arquitectura efímera y diseño dialogan con lo que ya estaba allí antes que nadie: la naturaleza.
Cada verano las redes se llenan de carteles, line ups y de la misma pregunta de siempre: ¿a cuál vamos este año? Pero hay un festival que se sale de esa conversación porque no juega al mismo juego. No tiene headliners ni grandes superestrellas. Y tampoco los necesita. Le basta con su propia historia para que la gente se quede pegada a la pantalla durante los dos minutos que dura contarla.
Se llama Rizomes y ocurre en una plantación de chopos en La Cellera de Ter, Girona. Durante 362 días al año, ese terreno no tiene nada de festivalero. Es una explotación forestal en activo, con su ecosistema, su producción de madera y su ritmo propio. Hasta que, de repente, durante tres días, se transforma y aparece convertido en algo completamente distinto.

¿Resurge? Sí, literal
Este espacio cultural efímero protagonizado por más de una decena de artistas no se planta encima del bosque, se cuela en él. Se instala en los huecos que dejan 315 chopos de los 15.000 que forman la plantación, organizados en una cuadrícula perfecta de 5×5 metros.
Y ahí empieza la historia. Cada año, esos 315 árboles adultos se cortan para hacer madera, y en su lugar se plantan otros 315, que crecerán ahí durante más de veinte años. Vida, muerte, renovación, otra vez. Y en toda esta narrativa el festival no observa ese ciclo desde fuera, sino que lo usa como narrativa, como un marco que adorna y guía todo.
Y lo realmente interesante es que como ese marco cambia cada año, el festival tampoco puede repetirse. Nada de fórmula fija. Cada edición obliga a músicos, arquitectos, diseñadores y artistas visuales a repensar dónde y cómo construir, según los huecos que el bosque deje libres esa temporada.
Parte de esa creación pasa por REG, su convocatoria anual de residencias artísticas, y por Circular Labs, los talleres de arquitectura efímera que se llevan a cabo durante las semanas previas al festival y donde cualquiera puede ir a aprender sobre carpintería, construcción con bambú, sistemas de tensado o, directamente, ponerse a jugar con fuego, tierra y agua junto a gente que no conocía hace cinco minutos.

Sin dejar huella
Lo que de verdad distingue a Rizomes, más allá de lo bonito que suena —y es— todo esto, es que se lo toma en serio. Como nos gusta en Igluu: mirando hasta el último detalle. Miden su huella en consumo eléctrico, gestión del agua, materiales reutilizados y compost, persiguiendo —casi obsesivamente— el impacto cero. Llegar, dejar algo bonito, irse sin rastro. Esa es la idea.
Quizá por eso la lección de Rizomes no tenga tanto que ver con la música ni con quién toca este año, sino con una forma distinta de estar en un lugar. Con esa idea, casi rebelde en tiempos de festivales clonados, de que algo pueda ser efímero y arraigado al mismo tiempo. Rizomes no necesita gritar para hacerse notar: le basta con seguir creciendo, literalmente, entre festival y festival.



